Lunes , 21 Agosto 2017
Download http://bigtheme.net/joomla Free Templates Joomla! 3
Inicio / Poemas y Poetas / Diez poemas de Joaquín Gabaldón Márquez y unas palabras de Miguel Otero Silva.

Diez poemas de Joaquín Gabaldón Márquez y unas palabras de Miguel Otero Silva.

Una de las primeras observaciones que hubimos de hacernos cuando empezamos a tener conciencia de nosotros mismos y del medio en que habíamos empezado a crecer, fue la de un evidente divorcio -de parte de la élite intelectual- entre el pensamiento del individuo y su actuación en la doble vertiente de la gestión pública y de actuación ciudadana”.

Rómulo Betancourt, Joaquín Gabaldón Márquez y Jóvito Villalba.

Por marginar exotismos, por centrarse en la realidad social de su nación, por no poner la mirada en horizontes lejanos, por jubilar los ritmos marcados y la retórica de las rimas modernistas, por aparcar la mitología como fuente de inspiración, Joaquín Gabaldón Márquez está considerado el primer poeta vanguardista de Venezuela.

Joaquín Gabaldón Márquez (1906-1984), historiador, abogado, diplomático y poeta, pertenece a la Generación Literaria de 1928. Fue un escritor comprometido con la libertad, la soberanía, los derechos humanos y los desarrapados. Y fue un hombre apegado a su familia y a los recuerdos de infancia.

Los poemas, escritos en su juventud, narran, además de la vida corriente de la gente pobre, la convulsión causada por el caciquismo del general Juan Vicente Gómez. Un ejemplo es su  Cristo de Piedra, escrito en 1929. Este poema es una síntesis de la vida personal del poeta y de su época. En él hay huellas de su niñez y de las revueltas estudiantiles y sus consecuencias.

El poeta desaparecido y sus poemas se publicó en 1958, casi treinta años después de escritos los versos. Este libro reúne toda la lírica de Joaquín Gabaldón Márquez. Y es de este poemario de donde extraigo las poesías que podrás leer aquí y que van acompañadas del texto que sirvió de introducción al libro. Esas palabras fueron escritas por Miguel Otero Silva, el autor de Casas muertas, amigo y compañero generacional de Joaquín Gabaldón Márquez.

Acompaño los poemas con cuadros del pintor Federico Brandt (1878-1932), quien, al igual que el poeta, posara su mirada en su hermosa tierra venezolana. 

Calle con automóvil, óleo sobre lienzo, 1928.

NOTA LIMINAR
(Miguel Otero Silva)

Joaquín Gabaldón Márquez, hoy historiador acucioso e investigador de tradiciones, fue un poeta insurgente en su primera juventud, en nuestra primera juventud.

Éramos “un puñado de hombres con fe, con esperanza y sin caridad”. Teníamos veinte años, o menos, y nos enfrentábamos a un régimen político medieval, a un ambiente sórdido, al muro de la resignación y del silencio. Nuestros pechos eran propicio campo abierto para los ventarrones nuevos de la historia, de la filosofía y del arte.

En la poesía latino-americana periclitaba el modernismo. Desde México, Enrique González Martínez nos predicaba torcerle el cuello al cisne de Darío. Antonio Machado se lo retorcía en España, trabajando sus versos con sobriedad y elevación dignas del Siglo de Oro. En Venezuela, los mejores poetas de la brillante generación de 1918 buscaban la salida: Andrés Eloy Blanco se expresaba en un post-modernismo fluido, personal y luminoso, mientras Fernando Paz Castillo tomaba con finísima sensibilidad la ruta umbrosa de Machado y Juan Ramón Jiménez.

Eso no bastaba, no podía bastar, a nuestra demoledora rebeldía. Y fue entonces cuando apareció Antonio Arráiz y cuando se levantó, en nuestras propias filas, la voz de Joaquín Gabaldón Márquez. Antonio Arráiz venía del Nueva York de 1925, de un Nueva York fabuloso y alucinante como El Dorado. Se había pringado las manos de grasa y hollín. Tenía los bolsillos llenos de versos selváticos, sin métrica y sin ritmo; la cabeza iluminada por el clarín de Walt Whitman. Y nos fuimos tras la bandera de sus rudos, fluviales, magníficos poemas.

Joaquín Gabaldón Márquez fue el primero, entre nosotros, que escuchó el llamado, el primero que rompió con la trayectoria musical de nuestra lírica. Sus compañeros sabíamos de memoria fragmentos de su “Listen, my brother”, de su “Lápida” a Leopoldo Lugones, de su “Canto a Don Trino”. Sin duda más que yo, tanto como Luis Castro, Joaquín Gabaldón Márquez se ganó entonces el título de “poeta de la generación del 28”.

Empero, al regreso de la montonera y de las cárceles, Joaquín Gabaldón Márquez acalló su voz, ocultó sus poemas, no llegó jamá a recogerlos en libro. Las generaciones posteriores no llegaron a sospechar que aquel grave hermano mayor había escrito versos alguna vez. Y es ahora, transcurrido más de un cuarto de siglo, ya conocido como historiador acucioso e investigador de tradiciones, ya en el umbral de la Academia de la Historia, cuando Joaquín Gabaldón Márquez decide reivindicar su obra poética de los veinte años y juntarla en el presente volumen.

No han perdido su aliento, su vigor ni su frescura los versos del poeta desaparecido, reencontrado digo yo. Al releerlos, nos hemos emocionado como ayer, un ayer con veintisiete años a cuestas, cuando los escuchamos por vez primera en el patio universitario, a la sombra ejemplar de la estatua del viejo Vargas.

Caracas, mayo 1954.

POEMAS

Paisaje, óleo sobre lienzo, 1924.

 LÁPIDA

Camino por el bosque milenario y millonario.
Hay lápidas de mármol y de arcilla.
Este bosque es el último templo.

Labradas en oro sin mezcla
y en la piedra jocunda de América,
en viejo español inmortal,
se leen estas letras:

“En tiempos de Homero y Darío,
trabajó la cera y el bronce.
Fue malo y artista.
Le amaron los reyes.
Murió de vejez y poemas.
Se llamaba Leopoldo Lugones,
poeta y atleta”.

Camino por el bosque milenario y millonario,
bajo los árboles rotundos,
¡alzados en pirámides al Sol!

(Caracas, 1927).

Casa de hacienda de Bello Monte, óleo sobre lienzo, 1927.

LOS HERMANOS

Por múltiples senderos,
de todos los países,
marchan los emigrantes.

Estos vienen de las estepas blancas,
que acorta el ferrocarril transiberiano.
Traen los ojos hondos de niebla y de tormenta.
Han visto las cosas antiguas
de los emperadores y de los lobos hiemales.
Desgarraron las nieves
-mineros extraños-
para sacar el mármol reciente
de los cadáveres familiares.
Caminaron por caminos de sangre,
bajo la alegría inédita de las estrellas próximas.
Se diría que tienen aún sobre las carnes
la ruda suavidad de la piel de los osos.

Estos otros
navegaron en bajeles de pino,
casi al borde del polo,
bajo la mirada de Selma Lagerlöf.

Estos otros,
de la faz amarilla,
tienen el alma simple
y los músculos encabritados.
Por eso les tienen miedo
sus vecinos en el balcón de enfrente…

Estos otros…

Son tantos los que necesitan de nosotros
como nosotros de ellos:
tenemos los campos yermos
o llenos de selva virgen!

Mas otras son las banderas
que agita el viento de las bahías.

Cargamentos de pianolas
y barrenos
hacen llorar las grúas
de nuestros puertos.

Y tuercen hacia otras playas
las banderas de los barcos
llenos de nuestros hermanos!

(Caracas, 1927)

Flores, óleo sobre lienzo, 1915.

FRATERNIDAD

Esta mañana he visto,
al pasar por la Plaza Bolívar,
un muchacho amarillo.
Apenas tres cuartas sobre el suelo,
alza su rostro lívido,
suavemente marcado por el sello
de los ojos oblicuos.

Lleva un “Fuenmayor” bajo el brazo
-claro libro
que revive la serena suavidad
de mis años de niño…-
Hacia la escuela venezolana,
con el venezolano libro,
se dirige el muchacho de Confucio.
Aprenderá nuestro idioma y nuestros signos.
Comerá nuestro pan
y beberá nuestro vino.
(El brebaje que nos dejaron los abuelos,
en los odres antiguos
de las hazañas
y los peligros.
El de la vendimia de Eduardo Blanco:
paisaje de Homero en el llano dormido,
en la montaña borrascosa,
en el lago ancho y en el grueso río,
bajo el sol de los trópicos
y las balas de los canarios y los vizcaínos…)

Y ha de ser nuestro hermano
fuerte lazo tendido
por encima de Panamá
y del Pacífico,
entre la melancolía de los hijos de Sem
y la criolla amargura del mestizo…

Ha de ser nuestro hermano
el muchacho de los ojos oblicuos…

(Caracas, 1927)

El mendigo, óleo sobre lienzo, 1915.

EL LIMPIABOTAS
(A Pedro Sotillo)

Le vio Pedro Sotillo
en el incendio de anteanoche.
Es el muchacho sencillo,
el muchacho de la calle, el gavroche
de nuestra tierra,
limpiabotas que en la Plaza Bolívar
acomete insistente,
para cobrar un cuarto de bolívar,
a la gente paseadora.

Audaz, entre las llamas
se envuelve, como en una bandera.
Las rojas ramas
del árbol de la candela
le dan su sombra fantástica.
Y avanza sin miedo
a luchar a brazo partido
en la batalla del incendio…

Traicionera,
la pólvora -savia del árbol trágico-
dormita bajo la corteza.

Súbito,
ante el horror de los ojos y las almas,
cuando la savia despierta,
tiende al cielo sus ramas
el árbol de la candela!

La corteza,
hecha trizas, como si fuera de cristal,
azota el ámbito de sombría claridad…
¿Quién ha visto bajar del cielo un río
infernal,
que no haya enmudecido?

De las ruinas
han sacado un cadáver pequeño,
desfigurado por el fuego.
Yo digo, más bien, transfigurado!

Limpiabotas,
muchacho sencillo, desarrapado,
tú eres la sangre más pura de mi tierra,
la sangre nueva.
Savia del porvenir,
arranque inédito
que ha de impulsar el vuelo fantástico
portador del mensaje sagrado.

Enséñame a ser hombre.
Hazme sentir ajena
de mis hermanos
la vida que me alienta.

Te confieso:
cuando tú luchabas con la candela,
yo estaba en mi casa,
sabedor de la tragedia,
tendido en mi cama!

(Caracas, 1927)

Interior con mecedora, óleo sobre cartón, 1931.

EL POETA PARALÍTICO
(A Ismael Urdaneta)

Sobre una terraza de la ciudad lacustre,
sus ojos guerreros,
salteadores de cimas,
están oscurecidos de quietud necesaria.

Las piernas paralíticas,
veteranas de un vivir andarín,
yacen en rigidez permanente,
sobre la silla de extensión.

Sus manos,
aquellas buenas manos venezolanas,
que empuñaron el arma cosmopolita,
bajo un cielo que manchaba la alegría del mundo,
duermen contra su voluntad
sobre la frialdad exánime de un libro cerrado.

A lo lejos, el Lago, blanco de velas
y oscuro de taladros,
le mira con sus pupilas que empestaña
la verdura de la palmera.

¡Oh, siél pudiera caminar por la playa,
o marchar hacia el muelle, bajo la inmensa noche que avanza!

(Caracas, 1927)

Techos de Caracas, óleo sobre tela, 1928.

SOL DE DOMINGO

Este sol dominguero no es el mismo de antaño.
¡Aquel de cuya lumbre fue brasa mi niñez
se ha perdido en la negra noche,
y sabe Dios si más nunca he de tornarlo a ver!

Sol claro de Rubén Darío,
plaza de estival domingo, de Selma en Dalecarlia,
lumbre que rueda sobre Jerusalén dormido,
como una larga bendición!

¡Dios sabe cuántos años y meses y semanas
os llorará mi corazón!

¡Sol de domingo en que mis ojos
eran sellados para el mal,
cuándo será que vuestra aurora
vuelva a brillar!

(Caracas, 1926)

Calle con árboles, Macuto, óleo sobre lienzo, 1928.

MI BURRO

Zarcos,
eran los ojos de mi burro.
Una lista blanca
en la cruz,
y en la frente una mancha.

Sus cascos pequeños
parecían de porcelana,
lavados en el río…
Y daba unos rebuznos,
que eran como relinchos.

Por las calles del pueblo,
su trotar alegraba el domingo.
Zarcos eran sus ojos,
sus cascos de porcelana.
Espejo de mi niñez,
los ojos zarcos.
Ritmo de mi niñez,
el trotar de sus cascos.

¡Se me enturbian los ojos,
cuando me acuerdo de mi burro!

(Tres Torres, octubre 1929)

Isaac bendice a Jacob, óleo sobre lienzo, 1899.

CRISTO DE PIEDRA

Grueso guijarro del río,
Cristo de piedra que haces milagros al campesino,
hace tiempo te debo este poema.
Hoy te lo envío como una flor en el viento.

¡Tú sabes mis ideales,
y has visto la noche de los días venezolanos,
y la que ahoga el alba de mis sueños!

¡Recuérdalo!
¡Yo llevaba los pies desnudos;
vendía quincalla por aquellos cerros;
cortaba leña por los cafetales;
conducía al potrero los becerros;
y traía en el hombro,
de la playa asoleada,
la caña-brava para la mula del viejo!

En las noches el río cantaba a lo lejos,
y la voz de mi padre,
como una oración cotidiana,
hablaba de la Patria feliz,
la que hemos soñado todos y no ha visto ninguno!
¡Esa era nuestra oración,
Tú lo sabes, oh buen Cristo de Piedra!

¡Y esa oración aprendida a los diez años,
no puede olvidarse nunca!

Una madrugada, mi madre y mis hermanas,
bañaron de lágrimas mi rostro,
y me fui con mi padre a la ciudad lejana.

Entonces los años fueron bellos.
La novia ciudadana,
que hacía olvidar los textos de Derecho;
la guachafita de la Universidad,
y la alegría sonora de los compañeros,
y la gloria de los sueños de oro,
y la gloria de los cálidos versos…
¡Y en la lengua locuaz encendida,
la oración a mi Dios campesino,
a mi Cristo de Piedra!

¡Monte Ávila,
patriarca de los montes de América,
dame tu testimonio,
tú que viste la turba de los compañeros,
llevando banderas en las manos
en un día de febrero!
¡Rebosaban todos los labios
una oración como la mía,
flor de las oraciones del mundo!
Y la dijimos en voz alta,
sin sospechar acaso que era la Oración en el Huerto!
¡Después, la ruta del Calvario,
y la crucifixión entre ladrones!

¡Buen Cristo de Piedra,
mira tu oración despedazada,
como un manto tejido de sueños,
entre las mandíbulas
de una trailla de perros!

¡Mira los compañeros!
Unos llevan argollas al pie,
bajo el sol de los Llanos, con las palas al hombro.
Otros muerden guijarros de rabia y dolor,
en un pueblo extranjero…

¡Y Caracas, la buena,
que es casi difunta,
con el codo apoyado en el Ávila triste,
solloza, vestida de viuda,
contemplando los rojos festines
de su hermana, Caracas la impura,
que en los brazos de torvos esbirros,
borracha y desnuda,
provoca la cólera santa de todos los Cristos!

¡Cristo de Piedra,
que has visto todos los caminos,
y sabes la hora de las redenciones,
y el minuto del rayo de los castigos!
¡Cristo de Piedra,
que has visto la estrella venezolana,
extraviada en el corazón del vacío!
¡Cristo de Piedra,
que haces milagros al campesino,
oye mi voz!
¡Es la misma de antaño,
la que oíste de mi labio infantil,
cuando había caído la noche y cantaba a los lejos el río!

(1929)

Calle de Petare, Circa, óleo sobre lienzo, 1927.

MACUTO

La plaza llena de palomas,
la playa llena de muchachas patinadoras,
y al fondo el viejo azul, peinándose las ondas
de su encrespada testa canosa.

Yo recuerdo ese pueblo que bosteza en la costa.
¡Y recuerdo que Ella,
acaso a esta misma hora,
mira los anchos horizontes,
las olas,
los niños
y las palomas!

Y suspira, seguramente,
y apoya la frente triste,
sobre la mano convaleciente.

¡Y yo pienso en mis versos,
en mis viejos versos,
cuando el alma sonora
era como una campana
que al menor toque retoza en el aire,
como un pájaro que nunca ha sido preso,
y acaso ni conoce la jaula!
(¡Ya más nunca mis versos serán esa campana!)

¡Ella mira las olas,
y las barcas que pasan,
y las gaviotas que vuelven de mar adentro
y juegan sobre la espuma
y no saben de cárcel!

Ella las mira y piensa,
o no piensa,
pero de todos modos,
siente ganas de llorar.

¡Versos de preso,
versos que no son versos,
y que apenas si cantan,
es como los mendigos,
para espantar el hambre,
o el dolor, o la muerte!
¡Versos que rodarían por las mejillas,
como cuando uno está a la orilla del mar
y las olas le salpican la cara!
¡Versos
que rodarían por las mejillas,
si no fuera por las barbas negras
y por la costumbre de pensar las mismas cosas,
sin que rueden los versos por la cara
como gotas que arroja la mar amarga!

(Abril 14, 1931)

Calle con figuras, óleo sobre lienzo, 1928.

LA CLOACA

Como siempre, vaga mi corazón por los sitios oscuros,
por los sitios secretos, por los sitios desventurados,
por los callejones lóbregos donde se ocultan de noche los mendigos,
bajo los techos de las casas donde los crímenes pequeños de los ladrones pobres
encuentran un abrigo contra la saña de los ladrones ricos.
Vaga mi corazón entre las sombras,
Vaga mi corazón y voy con él, que me guía, como una lámpara sorda.
Paso cerca de las ventanas diminutas, ante las puertas casi desmanteladas.
Oigo los llantos de los niños.
Oigo las maldiciones de los obreros borrachos.
Oigo las palabras soeces de las prostitutas ancianas,
que blasfeman con sus bocas sin dientes.
¡La calleja se estrecha, se quiebra, las casas son más bajas,
las blasfemias más negras y más tristes los llantos de los niños!
La calleja se trunca entre las sombras.
Mi corazón me guía como una lámpara sorda.
El piso es áspero, de piedras, de basuras, de cascos de botellas.
De pronto, mi corazón tropieza.
Es una mole oscura, silenciosa, fría, inmensa.
Como una serpiente.
¡Como un reptil de extraña forma, con escamas de piedra,
se arrastran bajo los puentes, bajo las casas, bajo las avenidas,
bajo los parques llenos de flores,
las misteriosas entrañas de la ciudad!

¡Mi corazón se estremece,
mi corazón, como una llama,
se estremece en el viento!
¡Mi corazón, como una flor de fuego,
como un lirio de llamas,
se estremece en el viento!

Mi brazo se apoya,
tembloroso,
sobre el oscuro cemento.
Mi oído se inclina.
¡Mis ojos se cierran!
¡Oigo. Oigo. Oigo!
La canción de la noche, la canción de los eternos ritmos,
la canción luminosa, la canción sin palabras!

¡Yo soy la madre,
yo soy la novia,
yo soy la esposa,
yo soy la hermana de la ciudad!

Por mí los brazos de las madres son fuertes,
Por mí los pechos de las madres son puros
Por mí los ojos de las madres ven los peligros,
adivinan las sombras,
y apartan de las sombras a los niños!

¡Por mí las arterias de las novias son azules y puras y dulces de besar,
las arterias que en la muñeca, con sosegado ritmo,
marcan las horas del corazón!
¡Por mí los labios de las novias, fluidos en las palabras, reprimidos en besos,
son frescos para el beso de la dulce ocasión!

¡Por mí los ojos de las novias retratan los ojos de las madres
en igual o diferente color!

¡Si los niños me vieran,
los niños que juegan en los jardines,
entre flores y fuentes,
madre me llamarían!

¡Por mí son blancas las torres
y musicales los campanarios!
¡Por mí las avenidas
se alegran con árboles y con mujeres y con mandarinas!

¡Y entre las sombras voy cantando, sin cesar,
cargada con el oscuro
peso de la ciudad!
El Cordero de Dios que borra los pecados del Mundo
es mi hermano en la Eternidad…

¡Oigo. Oigo. Oigo!
¡Arriba, más allá de los puentes,
más allá de las casas,
más allá de las torres,
más allá de las nubes,
entre un reguero confuso y luminoso de estrellas danzarinas,
entre una interminable orquestación de cometas,
pasa, como un gran soplo que sacude las ramas del Universo,
el eco dulce, blanco, esplendoroso,
de la canción subterránea!

(Las Tres Torres, mayo 1931)


Compártelo con tus amigos:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.