Martes , 27 Junio 2017
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Vladimir pintor de nubes (Rainer María Rilke).

“El rostro se habituó a la muerte, pero las rosas brotaron como ojos que miraban hacia otra vida”.

Si tuviera que utilizar una palabra para definir la impresión que me han causado los relatos recogidos en Vladimir pintor de nubes, esa palabra sería inquietud. A los protagonistas de las once tramas recogidas en esta antología siempre les sucede algo que acarrea la desgracia. Son personajes en feroz lucha contra su destino, que no es otro que la soledad.

Vladimir pintor de nubes es un libro misterioso que se lee con deseo.

Conflictos surgidos de la vida cotidiana sirven a Rainer María Rilke para construir sus historias: un hombre que no puede aceptar la pérdida de su mujer y vive atrapado en el recuerdo (El fantasma); un joven que se siente atraído por una muchacha muy enferma y que, al volver de vacaciones, encuentra que la joven ha muerto (Primavera sagrada); una anciana que despierta en la calma de su habitación y muere esa misma mañana (Tía Babette); un desconocido que se sienta a la mesa de un hostal lujoso donde una clientela selecta aprueba una donación benéfica (El apóstol); un hombre acaudalado en busca de una esposa que le dé descendencia (La risa de Pan Mraz); dos solteronas con gustos dispares que deciden un buen día ir a vivir juntas (Unidas); un enterrador que llega a un pueblo para ocupar la vacante de otro enterrador muerto (El sepulturero)

Estas tramas, que se multiplican en la literatura dando un sinfín de fórmulas, tienen, bajo el mandato de Rilke, dos encomiendas concretas. Una es la de evidenciar que la vida real está soldada a la tristeza, la infelicidad, la enajenación, la desesperación. Y la otra es manifestar que el tormento termina con la muerte -el ideal-. El autor entiende que la muerte es la única fuerza capaz de reconciliar al hombre con su destino, porque le permite estar solo sin tener que sufrir la conciencia de saberlo.

Vladimir pintor de nubes está habitado por seres atormentados y activos, aislados en historias fragmentadas, en episodios puntuales, y con parlamentos destinados a afirmar que la soledad es el precio a pagar por la existencia.

He descubierto, al terminar de leer el libro, una figura secundaria que está presente en todas las narraciones. Este peculiar personaje del que hablo me recordó a Rodin, el escultor que impresionaba a Rilke. En concreto, trajo a mi memoria los torsos y las manos del artista francés, tan dado a despiezar el cuerpo humano -Rodin decía que lo hacía como un ejercicio para desarrollar sus habilidades técnicas-. Me acordé  de Rodin porque en estos relatos Rilke muestra inclinación por destacar una parte del todo: Rilke se centra en los ojos.

Los ojos, altezas sensoriales, están minuciosamente descritos en estas historias. Son codiciosos, tristes, resignados, sabios, expectantes, contemplativos, piadosos, malsanos, pacientes, desesperados… Y lo sabemos por cómo se mueven, lagrimean, lloran, se achinan, sonríen, bostezan, se estremecen, se secan, enrojecen…

Los ojos testifican la relación del hombre con su espacio y su tiempo. Miran hacia dentro y escupen hacia fuera lo que adentro encuentran, sabedores como son de que los gestos que los acompañan son universales.

Los ojos de los protagonistas de Vladimir pintor de nubes son ojos conmocionados por la herida que ha abierto en sus pupilas la soledad.

Vladimir pintor de nubes está publicado por la editorial Eneida.

 

 

 


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