MERUELO, UN RINCÓN DE CANTABRIA

El sol amaneció generoso, ilumina cada resquicio del bosque, se cuela por entre las ramas desnudas de los árboles caducos que, con paciencia infinita, soportan largas enredaderas de plantas invasoras. Acariciando los verdes brazos de pinos y eucaliptos, el astro zigzaguea hasta llegar al rincón donde las babosas conversan.

Sombreado y luminoso —según la perspectiva del caminante—, el prado se muestra entre ladridos de perros que ocultan sus siluetas tras las tomateras.

Al fondo, una montaña vestida de zarzamoras y arbustos espinosos proyecta su cónica imagen sobre la alfombra verdeada.

Qué azul está el cielo, ¡qué añil tan intenso en este día de invierno!

¡Y las nubes…, tan blandas sobre la corona pétrea de la montaña!

Relincha un caballo percherón y hunde en la tierra arada sus pezuñas castigadas.

Unas cabezas cornudas pastan.

Y sombras observan tras las persianas.

Siguiendo los pasos del caminante, en lo alto, entre el cielo y la tierra, vigilante, vuela —plumas de penacho inca— un gerifalte.

Fotografías de Gabriela Díaz Gronlier.

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