miércoles , 23 mayo 2018
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"Es el dolor universal de todos los grandes nirvanistas, desde Ezequiel hasta Nietzsche y Dostoyevsky, seres en que una mitad arde en el infierno mientras la otra se extasía en el paraíso".

Dostoyevsky y la biografía psicológica (Jaime Alcalay).

“Y a pesar de todo, la vida es bella”.
Goethe

Escena de la película “Crimen y castigo” dirigida por Josef Von Sternberg en 1935.

Poniendo orden en mi trastero encontré, doblado dentro de un libro de arte, el artículo que transcribo a continuación y que se titula Dostoyevsky y la biografía psicológica. Este breve ensayo -es mucho más que un comentario de opinión- se publicó en 1966, en el periódico argentino La Nación.

Rescato el escrito para mi sección Un poco de todo, porque en ella intento volcar textos que considero interesantes y que han sido olvidados. Jaime Alcalay, autor de este trabajo reflejado en un papel que el tiempo ha pincelado de amarillo paja, analiza la relación que existe entre la narrativa y el temperamento del autor ruso. Alcalay afirma, luego de adentrase en la biografía y en los personajes principales de su literatura, que la mente humana en movimiento es el nervio que enlaza las obras de Fiódor Dostoyevsky (1821-1881), es su núcleo, su razón de ser.

Jaime Alcalay señala las personalidades con las que el escritor ruso dotó a sus protagonistas, y lo hace para demostrar cómo los personajes de ficción, siempre agitados y destemplados, revelan el interés de Fiódor Dostoyevsky en reflejar el deseo inconsciente, hecho que, por cierto, Freud advirtió y analizó en su libro Dostoyevsky y el parricidio (1928).

Dostoyevski se autoanalizaba frente a un espejo que le devolvía demonios abrasados por la culpa. Stavroguin, Kirilov, Shatov, los Karamazov, Goliadkin, Raskolnikov…, son personajes en busca de una redención que implica un castigo como única salida para compensar la falta.

¿Cuántos desdoblamientos, cuántos yo pecadores residen en un ser humano? Creo que depende de la esplendidez de nuestro subconsciente.

DOSTOYEVSKY Y LA BIOGRAFÍA PSICOLÓGICA
Jaime Alcalay

Escena de la película “El idiota” dirigida por Akira Kurosawa en 1951.

Dostoyevsky es una de las más enigmáticas y complejas naturalezas que se conocen. Su biografía no es necesaria, porque toda su obra no es sino una transpuesta múltiple biografía sobre él mismo, o memorias confesionales sobre la humanidad íntegra en él. La naturaleza, la historia, el pensamiento, el arte, no son sino ilustraciones: el hombre es el que se mueve por doquier, porque todo en Dostoyevsky es la proyección del hombre sobre todos sus posibles planos. El eje alrededor del cual todo gira, y que gira alrededor suyo, son el ser humano, su destino y sus movimientos a través de torbellinos, impulsos, pasiones e intuiciones descomunales. Llevados por sus propios elementos desencadenados, el ser humano se descarga y retuerce en su mundo catártico, ya que todo es su emanación e imagen. El cosmos entero está en su meollo, en sus carnes, en su espíritu, en sus nervios, en su sangre, en su corteza cerebral. Aquí están sus interrogantes, aquí sus enigmas; también aquí todos los secretos, todas las perspectivas de soluciones, todos los destinos. Aún más: toda la psicología, toda la antropología, toda la metafísica. Dostoyevsky están tendido sobre la tierra y, al estremecerse allí, toca las estrellas.

Ya sea que se trate del príncipe Mishkin (El idiota), rodeado de personajes que no son sino partes reflejas de su propia personalidad; ya sea de Stavroguin (Los endemoniados), alrededor de quien todo se convulsiona; ya sea de Dimitri Karamazov (Los hermanos Karamazov), cuya presencia desencadena remolinos, todo no es sino interrogación sobre los secretos del hombre y de su existencia, en inacabables desasosiegos y ansiedades, porque el hombre dostoyevskiano es de un dinamismo exacerbado, con pasiones y huracanes como elementos principales. No hay en él nada estable ni enmarcado: se escurre incesantemente y se debate, sin parar, en el círculo, que, más que vicioso, es extático. Al ser humano en la obra de Dostoyevsky no es posible cercarlo para luego llevar encuestas acerca de él, porque se extiende demasiado lejos, inalcanzable en su multiplicidad panhumana. Habría que crear todo tipo de laboratorios: psicológicos, psiquiátricos, antropológicos, filosóficos, ético-religiosos, etc., para colocar tan sólo uno de sus personajes agitados sobre la mesa de observación e investigación, y llegar a la conclusión sobre la necesidad de cientos de experimentos conducentes hacia extrañas y enigmáticas químicas y magias, antropologías y metafísicas humanas. Es casi imposible definir al hombre dostoyevskiano; quizás sea posible captar, con instantáneas, algunas de sus partes, ya que se necesitarían rayos Roentgen cerebrales para penetrar en las tenebrosas interioridades, revivificadas por este obscurantista iluminador que fue Dostoyevski.

El hombre dostoyevskiano está en un nivel excepcional: o está demasiado abajo o demasiado arriba, mas en ambos casos está en sueños, divagaciones, éxtasis o balbuceos; los personajes de las novelas de Dostoyevsky se configuran y desarrollan en estados oníricos o pesadillescos: nunca son racionales en las circunstancias decisivas de sus presentaciones ni en las de sus esenciales planteamientos; con frecuencia siempre más repetida, estos pertenecen al mundo del subconsciente, para ser llevados, en instantes excepcionales, a niveles simultáneamente delirantes y supraconscientes. Los procederes y las reacciones psíquicas de sus personajes a menudo ocurren sin autocontrol alguno.

Es impresionante la frecuencia con que se dan varias personalidades -problema desarrollado autorreveladoramente en El doble– en un mismo personaje: “Me parece que me parto en dos”, dice un personaje suyo, mientras que otros están compuestos de una tal variedad de personalidades que un “yo” apenas conoce a su otra variante, o no la conoce del todo. Así, Stavroguin en Los endemoniados, es un personaje hecho de realidades aterradoras, de fiebres visionarias, de pesadillas crueles, de ímpetus aniquiladores, de balbuceos supraconscientes. Las criaturas de Dostoyevsky se muerden mutuamente para quererse inmediatamente después, y viceversa; los acontecimientos y las circunstancias en sus obras aparecen reflejados en espejos cóncavos y convexos, y los estados de nervios de sus personajes siempre son descomunales, excitados e irritados inconmesurablemente. Desde el momento en que un niño en Los hermanos Karamazov muerde el dedo de la mano que le es extendida hasta el instante en que fervorosamente besa esta mano, el lapso es brevísimo. Se peca o incurre en error, y al rato se pide perdón; se mata y la inmediata consecuencia, si no es el remordimiento, es el desplome de la voluntad (Raskolnikov). El creyente, el agnóstico y el ateo se suceden, como secuencias en la pantalla, uno tras otro en un mismo personaje, o se fusionan de nuevo con la misma rapidez. Estos personajes recorren toda la gama de lo infrahumano, de lo humano y de lo superhumano, y esto trae consigo un nuevo estado de ánimo en cada instante.

No hay contención ni límites y los seres humanos actúan como en sueños, a saber: el subconsciente y la lucidez extática imperan soberanamente. La epilepsia de Dostoyevsky, evidentemente, es creadora de trances en los que él saca sus psiquismos, sus actos y los de sus personajes, desde los más antiguos y honrados estratos de la naturaleza humana: desde allá brotan las alucinaciones, los fantasmas, los encantamientos, los sueños, los relámpagos. En estos estados, la dicha se pasma sobre el dolor, sólo es una dicha virtual… Esta psicología que tanto entusiasmó a Nietzsche (Dostoyevsky: el único que me enseñó algo en psicología), se caracteriza por sus contradicciones patológicas, por sus elevaciones metafísicas y por sus angustias metapsicológicas. Sin embargo, cuarenta años antes que Freud tiró Dostoyevsky su sonda más allá de la espiritualidad oficial y encontró, poniéndolos en marcha –y no solamente presa de ellos-, elementos que aparentemente estaban fuera de los estratos psíquicos reconocidos: de este modo, la psicología de Dostoyevsky reveló que no provenía sólo de un cerebro enfermo, o sea de la epilepsia, sino, mucho más, de una elemental y grandiosa fuente psicológica prehumana y humana. Se vio que él escribió con su propia sangre la verdad de lo que le ocurría y de lo que ocurría a los demás; seguía por las calles, pero en sus fueros internos, hasta sus domicilios, a hombres, mujeres, niños, viejos, artistas…, y aunque haya confeccionado muchos gruesos tomos de psicología humana novelada, declaró a los sesenta años que todavía no había expresado ni la vigésima parte de lo que hubiera podido expresar…

En efecto, al analizarse toda su obra, desde los comienzos hasta Los hermanos Karamazov, se va, por saltos, hacia un conocimiento psicológico siempre más asombrosamente hondo y amplio, desde la pequeña psicología humana hasta la grandiosa y panhumana. Penetró en casi todo lo humano y, desde lo supraconsciente hasta lo subterráneo, raras veces se encontró en parajes que fueran ignorados por él; a través de los más oscuros laberintos abismales hallaba el rumbo que conducía al principio y al final de las cosas y de los fenómenos. Quiso decir todo: en Los hermanos Karamazov creó personajes que, en lo psicológico, son sobrehumanamente gigantescos; sus cabezas tocan el cielo mientras sus pies están profundamente arraigados en el fango. Aquí están, a su modo, expuestas todas las oscilaciones de las ideas, los sentimientos y actos humanos en su tensión más poderosa: mortalidad e inmortalidad, temporalidad y eternidad, hombre y mujer, amor y odio, crimen y castigo, remordimiento y arrepentimiento, dicha y desolación, indiferencia y éxtasis, pecado y perdón, fe y duda, etc., y, por sobre todo, el ñichevo, la nada, con su vértigo, de desembocaduras y recomienzos. Los hermanos Iván, Dimitri y Alyosha, y el hermanastro que los acompaña, Smerdyakov, implican muchos secretos ubicables entre los asuntos más sórdidos de la tierra y los anhelos de cielo: escalofríos e incandescencias, violencias y euforias, desgarramientos que torturan y compadecimientos que alivian, súplicas, suplicios, maldiciones, redenciones…, y todo esto tiene su especial tono y temperatura, incendiando o congelando sus interioridades, llenándolas de explosiones o de paz, de horrores o de sosiego. Esta psicología de infinitas efervescencias conduce en él a revelaciones e inspiraciones casi proféticas. Como los fenómenos no se desenvuelven en las obras de Dostoyevsky en niveles usuales o vaticinables, el ser humano está permanentemente en trance, febrilmente busca un destino distinto, por lo cual se desdobla, decuplica, centuplica, incansablemente. ¿Qué ocurrirá? ¿Qué hay que hacer? Dostoyevsky no puede sino plantear preguntas sin fin, pues, en su insatisfecha sed de lo humano, soñaba y alucinaba hasta consubstanciarse con la visión profética y la intuición suprarreal. Penetraba en lo infinito porque no reconocía ningunos límites, formas o geometrías para el ser humano y sus expresiones. El demonio y el ángel que convivían en él siempre rompían la corteza de las cosas: clavaba en todo hasta llegar a la última dureza y, luego, al romperla, seguía buscando, en trances y balbuceos, lo verdadero y lo final del mal y el bien, de lo diabólico y lo angelical, de lo falso y lo verdadero; y todo esto lo hacía de un modo genuina y brutalmente visionario. “Hasta que el secreto sea descubierto, para mí existen todas las verdades: una, la que está más allá y que yo desconozco por el momento, y la otra, que es mi propiedad. El mundo no sabe todavía cuál de las dos vale más”. Sus personajes novelescos se retuercen bajo el peso de parecidos interrogantes, o se derrumban en los precipicios sin fondo con carcajadas demoníacas o totalmente trastornados. Se le habla, y, al preguntárseles, contestan que no saben quién les había hablado, aunque digan que algo les fue “comunicado del más allá”. Estas indefiniciones y brumas, confusiones y arrebatos, ellos los sienten dentro de sí mismos como algo real: Iván Karamazov, el más intelectual de los tres hermanos, está siempre encaramado en espacios interestelares, más allá del bien y del mal, y ante la consternación de su hermanito Alyosha, repite: “¡No fue un sueño, juro que no fue un sueño: ocurrió de verdad!” En cada instante pueden deslizarse los protagonistas dostoyevskianos y caerse como si continuamente estuvieran sobre tablas escurridizas… Sus nervios no dejan de estar en estado de excitación y esto deriva en arrebatos o abatimientos demoledores.

En Los endemoniados, por ejemplo, Llebatkin siempre algo farfulla en voz alta, mientras que Esteban Trofimovich Verjovensky eternamente erra sin voluntad ni rumbo. Otros personajes en la misma obra viven en un clima asfixiante y con los sentidos a todo vapor o completamente extenuados. La mayoría de las veces parece como si Dostoyevsky, auscultándose a sí mismo, los hubiese colocado en un extraño laboratorio para realizar con ellos experimentos comprobatorios de tesis patológicas, o son llevados muy por encima de las actitudes psicológicas previsibles, o están ceñidos a dimensiones de un amorfo manojo humano que trata de protegerse, pues toda su voluntad de vida y lucha les ha sido extraída. Aún más, de vez en cuando, la vida como si se ausentara de ellos, aparentan ser cadáveres vivientes que, psicológica, fisiológica y moralmente, se mueven por la línea de la menor resistencia, para luego, o inmediatamente, saltar a alturas en que sólo es posible sostenerse con vértigos. Los demonios los conducen a diestra y siniestra, o en todas las direcciones; por esto, nunca están en algún lugar determinado, ni saben por qué realmente hacen o piensan aquello que hacen o piensan. Son toda una serie de diferentes cerebros que, a pesar de encontrarse en un mismo cerebro, el de Dostoyevsky, no están mutuamente ligados por alguna trabazón; al traspasar un pensamiento a este cerebro, se desparrama y dispersa a través de todos los cerebros de sus protagonistas, y, como expresión final, resulta lo que uno de ellos. Esteban Trofimovich, apunta: “Nuestras cabezas son el máximo obstáculo para que algo entendamos”. Todos se hallan en callejones sin salida o errando sin metas: azares y casualidades se suceden unos tras otros para desembocar, justo en los momentos más dolorosos, en insignificancias o tragedias desmedidas. A veces cínica, a veces patológica y a veces sufridamente, estos seres se ríen de sí mismos, llegando a la burla cruel o patética acerca de su propio destino.

Stavroguin es poderoso y débil, huracanado y destrozado; un arranque de impulsos y deseos lo mueve sin cesar, mas estos son tan indefinidos que, cuando apareciera con la mayor claridad el supuesto conocimiento de sus finalidades, resulta que no sabe lo que quiere. Es sano y enfermo, caballero y crápula, hondo y estúpido, gigante y piltrafa: siendo todo ello, el ser humano nunca puede afincarse en él. En plena paz y tranquilidad psíquicas, brotan los demonios de él y arrasan con todo como verdaderas llamas; de repente, todo se acalla y reina el más profundo silencio. Cuando los demonios están en lo más hondo de sus raíces anímicas, está aparentemente tranquilo. Luego se abren los cráteres y todo se desborda. Al presentarse ante el Gobernador para pedir excusas por haber tirado de la nariz a un cierto Gaganov, Stavroguin muerde a su excelencia el Gobernador en la oreja… Transitan en él los donjuanes y los irascibles, los Pechorin (Lermontov) y los Oñeguin (Pushkin), los Hamlet y los Vautrin, los enajenados y los energúmenos de las literaturas rusa y universal: todos los daimones lo hacen bailotear como a una brizna entre tornados. Tanto el bien como el mal los hace por placer, y a ratos, por placer, no los hace. Sus acciones son las de un ser humano al que algunos nervios le hubiesen sido extirpados y otros injertados de algunos seres humanamente bastante desconocidos: se busca y se encuentra, pero al revés, pues se busca y no se encuentra; quiere ir en una dirección, y va en otra. Las fuerzas más encontradas actúan en él y lo llevan a través de brumas y ensordecimientos: es el ñichevo total, la nada, con muchos deseos y reflexiones de que lo que es, no lo fuera, y viceversa.

También los seres de espíritu algo más racional en esta obra-clave de Dostoyevsky, como Shatov y Kirilov, cuando se esperaría que de ellos se apoderara el auténtico entusiasmo por las ideas, son ejemplares ñichevistas (nihilistas), asustados de formular cualquier cosa con exactitud y sin reservas, o de entregarse a algo sin crisis patéticas y despistadoras. Las discusiones entre Shatov y Stavroguin son más que significativas de una tal actitud de espíritu y de conciencia: el alumno (Shatov) reconoce al maestro y asevera que este le había impartido tal y tal enseñanza, mientras que el maestro (Stavroguin) no lo admite, aunque le haya realmente enseñado así. Después de una discusión inacabable se percibe el aturdimiento genial que rige en estos dos espíritus simultáneamente turbados, luminosos y superparadójicos: es que la fenomenología novelesca dostoyevskiana se extiende hasta aquel punto difuso en que, de las grandes ideas, queda sólo una amorfidad inquietante o un balbuceo impar, pues sus protagonistas principales son seres sin convicción. Piensan mucho, hablan más aún, pero nunca proceden conforme a un pensamiento ni remotamente estable; todos buscan a Dios sin desprenderse nunca del diablo, pues son de aquellos buscadores que anhelan alguna inconcebible propia resurrección, o alguna ebriedad espiritual o apocalíptica. Son seres que a la vez son vida, cadáver, desgarramiento, máscara, fuego, extinción, resurrección. Así, aunque escéptico y descreído, Stavroguin inspira y hace vivir en Los Endemoniados a todos los que necesiten algún entusiasmo o fe para vivir; Verjovensky, Krilov, Shatov, sólo son diferentes superficies –demoncitos– de Stavroguin, este demonio psicológico-filosófico en la nirvana dostoyevskiana, tan entremezclada con sufrimientos masoquistas y esperanzas ilimitadas. Iván Karamazov considera que la tierra está tan saturada de lágrimas humanas que ya no puede más seguir absorbiéndolas, y que la única salida sería conseguir un tal estado de cosas en que el verdugo y la víctima se abrazasen… Es el dolor universal de todos los grandes nirvanistas, desde Ezequiel hasta Nietzsche y Dostoyevsky, seres en que una mitad arde en el infierno mientras la otra se extasía en el paraíso, y entre el éxtasis paradisíaco y la experiencia infernal hay un sólo nexo que a ratos posibilita también la vida, porque logra conservarla en este permanente y laberíntico vaivén entre la autotortura y la autopurificación: es la nada equilibradora, la nirvana del respiro, en que el ser humano se recupera para volver a perderse y reencontrarse, sin que nunca el perderse signifique la extinción de la esperanza ni el recuperarse traiga algo semejante a la certeza o salida. Dostoyevsky es de aquellos espíritus que, al bajar a la miseria del propio ser, abren la puerta de la euforia, y, abriéndola, suben a sus cumbres para enfrentarse allí con la más genuina bestialidad humana y, desde luego, la propia: toda su obra no es sino la novelización de este pandemonio en el que incesantemente están en juego la pureza, la dignidad, el ansia de reencuentro consigo y con la inocencia imposible del vivir humano.

 

 


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