“Quiero comprender”.
Hannah Arendt

La mano, el sueño, la noche… aparecen una y otra vez en los poemas de Hannah Arendt, en sus poemas maduros y en sus hijos prematuros. Poemas que muestran la necesidad de expresar, de una manera distinta a cómo se narra en los ensayos, los pensamientos que surgen de las experiencias personales.

A partir de 1943, fecha en que Auschwitz se convirtió en certeza para los incrédulos, el exilio y el antisemitismo dejaron de ser para la teórica alemana, según manifiesta en 1964 al periodista Günter Gaus, un asunto político para convertirse en algo personal. Esta observación puede comprobarse en la poesía recogida en el período que va desde 1942 a 1961. Hannah Arendt no fue versificadora que se dejara llevar por la fantasía, utilizó la palabra poética como herramienta para mostrarse. Su lírica responde a lo que se ha llamado  “poesía de pensamiento” (Gedankenlyrik).

Al leer sus poemas observo en ellos una fragilidad que no se da en sus investigaciones sobre la vida y la condición humana. Y no es que la condición humana no sea protagonista de sus versos, es que, a mi parecer, es tratada con otro tono. Igualmente, su lírica aborda la cuestión desde el punto de vista filosófico -“todo pensar es un repensar”, afirmaba-, pero en ella apreciamos ese estado de ánimo que se manifiesta siempre que lo íntimo, lo profundo, aflora. El verso, como herramienta al servicio del pensamiento que desea comprender, es bendecido por un soplo propio que anula toda señal de libelo. Este suceso mágico -la llama, el alma mostrándose a través de los símbolos- no se manifiesta en un estudio científico.

Hay actos que no precisan ser explicados porque ellos en sí mismos son respuesta clara. ¿Quién necesita explicación al hecho de que Hannah Arendt escribiera todos sus poemas en el idioma materno, los de su juventud y los de su madurez, vivida en su largo y definitivo exilio neoyorkino? A la pregunta “¿Qué queda de la Europa prehitleriana?”, Arendt contestó a Günter Gaus: “La lengua queda”.

“La poesía ha sido muy importante en mi vida”, declaró en varias ocasiones. Para mí, pero esto es un juicio personal, ya sabemos que los poemas al igual que los perfumes son juzgados una y otra y otra vez y sólo son salvados por los jurados que logran descifrar los misterios que encierran, para mí, digo, el valor de su poesía no está en su hechura, sino en su carácter testimonial, porque en el poema se ampara.

La editorial Herder acaba de sacar al mercado un libro que ha titulado Poemas, en él recoge setenta y una poesías de Hannah Arendt. El volumen cuenta con una serie de anotaciones que explican el origen de los poemas y con un texto firmado por Irmela von der Lühe; en él, la profesora de literatura alemana repasa la obra de la pensadora judía que supo del antisemitismo por los niños que jugaban en las calles de su barrio, niños que, como ella, apenas rozaban los diez años de edad.

Poemas está dividido en dos capítulos: la primera parte recoge las poesías que fueron escritas entre los años 1923 y 1926 y la segunda parte agrupa las concebidas entre los años 1942 y 1961. Todas han sido traducidas por Alberto Ciria. Con la intención de convencerte, para que te acerques a una librería en busca de un ejemplar de esta edición dedicada a una faceta poco conocida de la teórica política Hannah Arendt, dejo a continuación algunos poemas recogidos en este volumen. Los versos irán acompañados de los cuadros de la expresionista abstracta norteamericana Helen Frankenthaler (1928-2011).

Poemas presenta el pensamiento de Hanna Arendt en verso; en el conjunto de su obra, este poemario es como esa gota de perfume que frotas en las muñecas justo antes de salir.

POEMAS DE JUVENTUD (1923-1926).

Aro naranja, litografía, 1965.

(SIN TÍTULO)

Paso los días desorientada.
Pronuncio palabras sin peso.
Vivo en una oscuridad sin visión.

Carezco de timón en la vida.

Sobre mí se cierne monstruoso,
como un nuevo pájaro enorme y negro,
el rostro de la noche.

Southwest Blues, litografía, 1969.

EN TONO DE COPLA POPULAR

Cuando volvamos a vernos
florecerá la blanca lila
y yo te envolveré en almohadas
para alejar de ti las nostalgias.

Alegrémonos entonces
de que el vino seco
y los frágiles tilos
nos encuentren todavía juntos.

Pero cuando caigan las hojas,
entonces separémonos.
¿Exasperarse para qué?
Habrá que arrostrar ese sufrimiento.

Marco del cielo, acrílico, 1964.

A LA NOCHE

Tú que me consuelas, inclínate sobre mi corazón sin hacer ruido.
Tú que callas, dispensa alivio a mis dolores.
Interpón tu sombra ante todo lo que es demasiado claro
y tráeme el entumecimiento que me brinda una huida estridente.

Déjame tu silencio, esa liberación atemperante.
Déjame que oculte el mal en la oscuridad.
Y cuando la claridad me mortifique con nuevas visiones
dame fuerzas para cumplir en todo momento con mi deber.

Variación en la esquina malva, litografía, 1969.

ENSIMISMAMIENTO

Cuando contemplo mi mano
-una cosa ajena pero emparentada conmigo-
de pronto no estoy en ningún país,
no quedo sujeta a ningún aquí ni a ningún ahora,
ni quedo ligada a ningún por qué.

Entonces me siento como si tuviera que
despreciar el mundo:
pues bien, por mí que transcurra el tiempo
con tal de que no sucedan más señales.

Contemplo mi mano,
que guarda un parentesco conmigo
inquietamente cercano,
siendo no obstante una cosa distinta.
¿Es más de lo que yo soy?
¿Tendrá un sentido superior?

POEMAS DE MADUREZ (1942-1961).

Escalera de Jacob, óleo sobre lienzo, 1957.

(SIN TÍTULO)

Entonces correré como antaño corría
por la hierba, el bosque y el campo.
Entonces tú estarás de pie como una vez estuviste,
a modo de intimísimo saludo del mundo.

Entonces habrán quedado contados los pasos
que recorrieron la lejanía y la proximidad.
Entonces habrá quedado narrada esta vida
como sueño soñado desde tiempos inmemoriales.

El reloj del capitán, acrílico sobre lienzo, 1986.

LA MUERTE DE ERICH NEUMANN

¿Qué quedó de ti?
Nada más que una mano,
nada más que la trémula expectación de tus dedos
cuando al ser estrechados se cerraban para saludar.

Pues este estrechamiento quedó como huella
en mi mano, que no olvidó
y que todavía sentía cómo eras cuando ya hacía tiempo
que tu boca y tus ojos te rehusaban.

Provincetown, acrílico sobre lienzo, 1964.

(SIN TÍTULO)

Incesantemente nos aparta la vida de aquello
que hace apenas un momento estaba a las puertas con todas sus energías.
Incesantemente se acerrojan puertas y se hunden puentes
en el flujo de la corriente apenas los tocas con el pie.

Cuadrado uno, acrílico sobre lienzo, 1985.

(SIN TÍTULO)

Esta fue la despedida.
Algunos amigos se vinieron,
y el que no se vino había dejado de ser amigo.

Esta fue la velada.
Vacilante retardó el paso
y sacó nuestras almas a la ventana.

Este fue el tren.
Midiendo el país en volandas
y deteniéndose por la angostura de alguna que otra ciudad.

Esta es la llegada.
El pan ya no se llama pan
y cuando el vino lo nombramos en lengua extranjera
la conversación ya no es la misma.

Puertas de Troya, óleo y esmalte sobre lienzo, 1955.

(SIN TÍTULO)

Sé que las calles han quedado destruidas.
¿De dónde nos llega el destello de la rodada,
asomando prodigiosamente incólume de entre las antiguas ruinas?

Sé que las casas se han derrumbado.
Entrando en ellas ingresábamos en el mundo, con la prodigiosa seguridad
de que ellas eran más conscientes que nosotros mismos.

La luna -que esta vez olvidamos-
¿seguirá ayudando a brindar soporte
con su luz más constante
a los cascos de los caballos,
como si fuera un eco proveniente del silente rostro del río?

Paisaje interior, acrílico sobre lienzo, 1964.

W.B (WALTER BENJAMIN)

De nuevo oscurece la tarde
y de las estrellas cae la noche
mientras yacemos con los miembros extendidos
en las cercanías y en las lejanías.

Suenan desde las tinieblas
pequeñas y plácidas melodías.
Agucemos los oídos para deshabituarnos.
Ya es hora de ir desalojando las hileras.

Si remotas son las voces, cercana es la congoja:
aquellas voces de aquellos muertos
que enviamos como nuncios que nos anteceden
para escoltarnos hacia el adormecimiento.


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