jueves , 21 junio 2018
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El público consumista de la Belle Époque aprobó con entusiasmo la cartelería de Toulouse-Lautrec. Sus litografías muestran el asentamiento de la modernidad.

Los carteles de Toulouse-Lautrec.

“Siempre he sido un lápiz”.
Toulouse-Lautrec

Autorretrato.

El cartel publicitario forma parte indisoluble de la obra artística de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Son treinta y dos los carteles que realizó y que elevó a la categoría de arte gracias a que puso en ellos el mismo tesón que en sus dibujos y lienzos.

El cartel publicitario, a diferencia de otras expresiones artísticas, requiere poder de síntesis y de convocatoria, hay que contar todas las bondades del producto de forma nítida y provocativa, de manera que el transeúnte ensimismado en sus asuntos, y casi siempre dominado por la prisa, sienta el reto que el papel pintando le lanza al pasar por una valla divulgativa.

May Belfort, litografía sobre papel dibujada con lápiz, pincel y estarcido, 1895.
(Esta artista irlandesa, que trabajaba en el Café des Décadents, vestía con ropas infantiles. Esta peculiaridad atrajo a Lautrec, quien la convirtió en una de sus modelos preferidas. Aquí aparece con su gato representando su éxito “Tengo un gatito, le tengo mucho cariño”).

Toulouse-Lautrec era consciente del cambio social que estaba revolucionando la vida de su tiempo. Los artistas innovadores de la Belle-Époque dejaron de soñar con el pasado lejano, dejaron de pintar poesía, dejaron la melancolía romántica y se centraron en el sentimiento de libertad que regía la existencia por entonces. Ese sentimiento de libertad está presente en el trazo enérgico, veloz, definido y puro de las figuras de Lautrec.

El pintor de Albi llevó a sus carteles el ardor de la calle. Pero, a diferencia de sus antecesores y contemporáneos dados a los excesos de imágenes, Lautrec despejó el cartel de todo lo superfluo, abarcando, incluso, la tipografía, que ajustó a la temática en cuestión. La moderación es una de sus características fundamentales. Esa moderación ayudó a centrar el mensaje y despejó los fondos, que quedaron limpios de trivialidades.

Jane Avril, litografía sobre papel dibujada con pincel, 1899.
(Puede apreciarse la línea sinuosa del Art Nouveau. Este cartel tan conocido por nosotros fue rechazado por el agente de la bailarina, tuvo solamente dos ediciones limitadas).

En Jane Avril las líneas curvas están acentuadas por la serpiente que rodea el torso de la bailarina. Avril canta y gesticula dramáticamente ante el gesto amenazante del reptil. El dinamismo gráfico se suma aquí a la concisión y a otra característica de sus carteles: el decorado neutro.

La Goulue danza sobre el tablado del Moulin Rouge. Su falda se mueve ante la atenta mirada de un público que se muestra en sombras chinescas. El auditorio se evoca a la manera de las estampas japonesas. Un perfil masculino rompe el plano.


Moulin Rouge. La Goulue, litografía sobre papel dibujada con pincel y estarcido, 1891.
(Aparecen Le Désossé, el compañero de baile de la vedette, y La Goulue, que está en plena actuación, girando con furor. El  modo de tratar el tema causó sensación en el público. Lautrec personalizó la profesión de La Goulue, la plasmó en el papel. El impacto que produjo en los espectadores el realismo y la mordacidad que reflejó en sus carteles lo consagró a la fama desde el inicio. Este fue su primer cartel publicitario y aquí ya encontramos, en el hombre de perfil, otra peculiaridad de sus carteles: la figura cortada).

En uno de los carteles que hizo para publicitar al famoso cantante Aristide Bruant encontramos otro guiño de Lautrec al japonismo. Se trata de su monograma HTL, que comenzó a utilizar, en sustitución de su firma, a partir de esta litografía fechada en 1892.

Eldorado. Aristide Bruant, litografía dibujada con pincel y estarcido estampada sobre dos caras de pergamino, 1892.
(Este es el segundo de los tres carteles que realizó en plano americano para el cantante. Aquí puedes apreciar, a la derecha y abajo, el monograma HTL).

En El Alba el pintor cuenta sin contar el objetivo de su anuncio. Es una litografía de atmósfera que muestra a unos hortelanos trasladando su mercancía a la ciudad -el foco de luz nos dice que están acercándose a su destino y la ausencia de casas que aún no han llegado.

Es curioso que Lautrec haya preferido destacar la figura del percherón, al que ha regalado el haz de luz. Lautrec conoció el mundo del caballo desde niño, pues acompañaba a su padre a las competiciones ecuestres. El pintor dejó constancia en sus obras de la pasión que en él despertaba ese generoso animal; para mí esa luz que lo destaca es un guiño de complicidad.

El alba, litografía sobre papel dibujada con lápiz, pincel y estarcido, 1896.
(Fíjate cómo describe el alba: con un cielo que aún no clarea y una farola que ilumina la escena.)

Diván japonés es otro ejemplo de su particular manera de crear ambientes. En este cartel apreciamos parte de la figura masculina cortada por estar al borde del papel. Ese señor de labios carnosos y bastón a juego con el cabello y la barba es Édouard Dujardin (1861-1949), editor, crítico de arte y autor de Han cortado los laureles, la novela que James Joyce (1882-1941) reconoció como inspiradora de su Ulises y que tengo la idea de reseñar en breve.

Diván japonés, litografía sobre papel dibujada con lápiz, pincel y estarcido, 1893.
(En el café reconvertido en cabaret aparece la artista Jane Avril como elegante espectadora y no como bailarina. Al fondo del escenario se ve una figura con guantes negros que creo puede representar a Yvette Guilbert, a quien Lautrec pintó con esos guantes que eran habituales en la famosa vedette. El cartel lo hizo Lautrec para anunciar el cambio de negocio).

La gitana muestra un rasgo típico de las litografías con temática literaria y artística del pintor, que utiliza el lenguaje corporal para reflejar la psicología y el carácter de los personajes. El cartel anuncia el estreno de La Gitana en el Teatro Antoine, obra protagonizada por la actriz Marthe Mellot.

La gitana, litografía sobre papel dibujada con lápiz, pincel y estarcido estampada sobre pergamino, 1899.
(Lautrec utiliza el efecto de la verticalidad para mostrar la superioridad de la mujer sobre el amante rechazado que marcha hacia los bordes del encuadre. Nos cuenta que la seductora triunfa -observa su sonrisa y su postura-. El anuncio dice mucho con muy poco, es riguroso y elegante como lo son las estampas japonesas. Es el último cartel del pintor. Lautrec murió un año después de hacerlo).

En El artesano moderno apreciamos cómo utilizaba la técnica de la caricatura en la cartelería, técnica que era habitual en las ilustraciones de la prensa escrita.

El artesano moderno, litografía sobre papel dibujada con lápiz, pincel, estarcido y raspadores, 1896.
(Este trabajo se debe a un encargo de su amigo André Marty, quien cambió la editorial por la decoración de interiores. Aquí aparece el artesano disfrazado de médico ante el asombro de la criada que se encuentra en un tercer plano. Se trata de una escena pícara. Y no sé si es mucho arriesgar, pero esta escena me recuerda una acuarela de Picasso conocida por “Pipo” -obra fechada en 1901, el año en que murió Lautrec-. La posición de la señora y el perrillo en la cama pueden haber inspirado la acuarela casi porno de Picasso, quien reconoció siempre su admiración por Lautrec).

La castellana o el augurio nos muestra su gusto por las líneas compositivas diagonales presentes también en las estampas japonesas. Este cartel se realizó para publicitar La Castellana, una novela romántica con toques góticos escrita por Jules de Gastyne (1847-1920). Es una litografía hecha a dos tonos y con un dibujo de perfil nervioso, hecho que sirve de ejemplo para reflejar cómo Lautrec buscaba transmitir el carácter de lo que publicitaba.

La castellana o el augurio, litografía sobre papel dibujada con pincel y estarcido, 1895.
(¿Por qué abandona el castillo, en una noche lúgubre, esta señora compungida y el perro triste? ¡Ah!, esa respuesta se encuentra en el libro. “La castellana o el augurio” es un cartel de atmósfera que incita a comprar la novela).

El público consumista de la Belle-Époque aprobó con entusiasmo la cartelería de Toulouse-Lautrec. Una obra gráfica donde el pintor dio a la figura humana la libertad que hasta entonces desconocía. Sus litografías muestran figuras que hablan y se mueven y que representan la llegada y el asentamiento de la modernidad. Pero Lautrec vende productos haciendo arte.

La compañía de Mademoiselle Églantine, litografía sobre papel dibujada con lápiz, pincel y estarcido, 1896.
(Jane Avril estaba en Londres cuando envió una foto de su compañía al pintor para que le hiciera, en tiempo récord, el cartel de la gira. El movimiento que se desprende en esta escena se debe al arabesco esparcido por todo el dibujo y a la posición de las piernas, que crean una perspectiva que es acentuada por los penachos de los sombreros. Avril está a la izquierda, bailando como si no hubiera un mañana. Ese toque negro en los complementos femeninos es característico de Lautrec).

Toulouse-Lautrec fue un búho agarrado a la noche. No hubo actividad de placer nocturno que desdeñara. No hubo café-espectáculo, teatro alternativo, cabaret o burdel en Montmartre que no lo conociera. Lautrec cató a conciencia los placeres que le ofrecía la noche parisina. Y aquel modo de vida, que le ayudaba a mitigar los complejos creados por una enfermedad consanguínea que le hacía sufrir el rechazo de los extraños, se convirtió en alimento para su arte -los primeros cuadros que muestran escenas de prostíbulos están fechados en el año 1887.

Jane Avril. Jardín de París, litografía sobre papel dibujada con pincel y estarcido, 1893.
(Maurice Joyant describió este cartel así: “baila como una orquídea en delirio”. Avril baila cancán y su rostro muestra concentración y placer; mientras, una mano que sostiene un contrabajo aparece en un primer plano. Es un cartel que desprende ritmo y movimiento. Ella parece un compás trazando circunferencias en el aire).

En 1884, Lautrec decide trasladarse al norte de la capital francesa, al distrito de Montmartre, cerca de sus musas: las noctámbulas, las inspiradoras de sus dibujos. Ellas son las modelos desenfadas de sus obras. Sus carteles las convierten en verdaderas influencers de moda.

En La estampa original contemplamos, por ejemplo, a la bailarina del Moulin Rouge elegantemente vestida. Jane Avril se nos muestra, una vez más,  como una señora de clase alta -lleva un sombrero prohibitivo para la mayoría de sus contemporáneas-. Esta litografía inaugura la colección publicada por André Marty en el Journal des Artistes, serie que tenía la intención de reunir obras gráficas de artistas vanguardistas. Dicen que el operario que aparece manejando la máquina es Père Cotelle, litografista que fue decisivo en la carrera de Lautrec como ilustrador publicitario.

La estampa original, litografía sobre papel dibujada con pincel y estarcido,  1893.

En Montmartre el pintor se sintió acogido. El hombre que sufría fuertes dolores provocados por sus dolencias, unas dolencias que generaban cuchicheos y tocaditas de codo entre aquellos que no lo conocían, unos males cuyos dolores reclamaban el sopor que provoca el alcohol, fue sensible a la tragedia de las mujeres que lo consolaban. Esta es, para mí, la particularidad principal de su obra artística. La empatía que sintió por esas mujeres fatales hizo que su dibujo las mostrara en toda su humanidad. Bellas o feas, tristes, alegres o histéricas, son todas ellas entrañables.

Reina de la alegría, litografía sobre papel dibujada con pincel y estarcido, 1892.
(Cartel publicitario para la novela de Victor Joze Dobrski llamada “Reina de la alegría”).

El crítico Gustave Coquiot describe en su libro Toulouse-Lautrec (1913) cómo fue la relación que mantuvo el pintor con sus cocuyos. En uno de los párrafos nos cuenta que “(…) las chicas, tanto de la rue des Moulins como de la rue d’Amboise, o en otras casas, se portaban bien con ese muchacho que las acariciaba con franqueza; y en las fiestas, en los cumpleaños de cada una de ellas, las prodigaba con flores, pasteles, regalos de todo tipo; y si le tocaba presidir, en esas calurosas casas, alguna cena de gala, desempeñaba su papel con una distinción y una cordialidad que encantaba a las cortesanas”. El crítico, paisano de Lautrec, nos dice que “esas casas eran para él (Lautrec) su familia”.

Confeti, litografía sobre papel dibujada con lápiz, pincel y estarcido, 1894.
(Hasta 1892 los confetis eran bolitas de yeso coloreadas que obligaban a las personas a ponerse máscaras para su uso. A partir de 1894, la empresa J.& E. Bella sacó al mercado confetis hechos de papel. Este cartel fue encargado a Lautrec por los nuevos fabricantes para publicitar el producto. Aquí la mujer es el “gancho”. Es un cartel delicado, muy bonito).

No hay sentimentalismo en el artista, hay ternura en el tratamiento de la figura femenina con rasgos de sus amigas. Y hay algo más, hay una crítica a la sociedad refinada y perversa, un reproche declarado mediante una imagen expresionista y caricaturesca que extiende a todos los tipos sociales que retrató.

El pintor fue un cronista de su tiempo. La Belle-Époque recoge la etapa de esplendor de los grandes almacenes que brillantemente abocetó Honoré de Balzac (1799-1850) en sus novelas, es la era que inaugura las ligas de consumidores y la venta a plazos. El consumismo es la marca de la modernidad. Y Lautrec tiene presente este hecho a la hora de diseñar sus carteles.

La cadena Simpson, litografía sobre papel dibujada con lápiz, pincel y estarcido, 1896.
(Formato panorámico para mostrar, en un primer plano, las ideales cadenas de los vehículos a dos ruedas entonces de moda. En un segundo plano aparece el propio empresario, W.S. Simpson, y en un tercero vemos una orquesta de música y al resto del pelotón. Podríamos decir que las bicicletas se mueven a gran velocidad. Constan Huret, el ciclista profesional de la Belle Époque, es el rubio con cara de vencedor).

Toulouse-Lautrec fue amigo de Jane Avril (1868-1943), La Goulue (1866-1929), May Belfort (1872-1929), Yvette Guilbert (1867-1944)…, las musas de sus carteles, las damas de la noche, las dueñas de una dura existencia. Lautrec retrató máscara y rostro a la vez, porque no quiso ocultar las almas que avivaban el teatro de la vida.

El pintor también retrató a la burguesía próspera aplaudiendo desde las mullidas butacas de los teatros; como dice el refrán, el artista no dejó títere con cabeza.

El ahorcado, litografía sobre papel dibujada con lápiz, pincel y estarcido, 1892.
(“El ahorcado” fue encargado por el director de un diario de Toulouse para publicitar un folletín que aparecería en tres capítulos. A Lautrec le tocó ilustrar el primero  de ellos, que estaba basado en el caso “Calas”, caso que hizo famoso Voltaire. Voltaire dedicó tres años de su vida a intentar reparar el daño que se le había hecho al señor Calas. Calas había sido acusado de asesinar al mayor de sus seis hijos, cuando resulta que este se había suicidado. El padre del suicida fue sometido a la rueda y desmembrado vivo. Durante el tiempo que duró el litigio impuesto por Voltaire, el escritor redactó el “Tratado sobre la tolerancia”. Lautrec escenifica el momento en que el padre encuentra al hijo ahorcado).

En el mes de junio del 2017 dediqué una entrada al tema de la cartelería que se titula El cartel publicitario y el cartel Art Nouveau. En el artículo no incluí los anuncios de Toulouse-Lautrec porque deseaba dedicar un espacio en exclusiva al pintor de Albi.

La Belle-Époque (1871-1914) fue una época de esplendor para el arte y la literatura. Son muchos los escritores y artistas que hicieron de ese tiempo un tiempo a rescatar por todo aquel que se sienta atraído por la cultura. El que sigue este blog sabe que el imán de la Belle-Époque tira de mí. Pero, sin desmerecer a otros grandes maestros que me hacen pasar muy buenos ratos, tengo que reconocer que siento una gran debilidad por la obra artística de Toulouse-Lautrec.

APÉNDICE

Música en las Tullerías, Édouard Manet, óleo sobre lienzo, 1862.

Finalizaré la crónica con una obra que no es de Toulouse-Lautrec, una obra donde no aparece él y que no es un cartel. Terminaré el escrito con el óleo de Édouard Manet (1832-1883) titulado Música en las Tullerías. ¿Que por qué introduzco una pieza que se supone que no tiene que ver con el tema que reseño hoy? Porque suponer no es más que eso, creer que… En realidad, Música en las Tullerías es un cuadro que describe muy bien el ambiente burgués y próspero en el que se desarrolla el arte francés de la segunda mitad del siglo XIX, arte que dará lugar a la era de las vanguardias.

En el jardín del palacio de las Tullerías se daban conciertos de música tres veces a la semana. Se trataba de una actividad cultural y social destinada a la burguesía acomodada, que asistía a los recitales con la intención de exhibir sus trajes de moda y de mantenerse al día en el oficio del cotilleo mientras los violines sonaban.

Édouard Manet sacó la paleta de colores y el atril de los estudios iluminados con luz artificial. Manet se dispuso a crear a cielo abierto, aunque Música en las Tullerías, que recoge el ambiente en el jardín, fue concebido en un estudio. En el lienzo aparecen su modelo predilecta Victorine Louise Meurent (1844-1927) -también pintora-, un grupo de amigos y urbanitas de renombre. Este cuadro describe una escena del alma moderna y burguesa de la época. Dibuja un suceso corriente: un día de ocio compartido con seres queridos.

Música en las Tullerías fue una obra incomprendida, maltratada por los articulistas aferrados a las viejas costumbres, por críticos que renegaban de los temas cotidianos, del dibujo al aire libre, de los colores vivos y duros -¡ni qué decir del negro puro!-, de la composición fotográfica en la pintura, de las manchas planas inspiradas en las estampas japonesas, de los elementos rescatados de los grabados, de la ausencia de un punto focal preciso… Esos críticos conservadores repudiaron todas las peculiaridades que hicieron de Música en las Tullerías, junto con Concierto campestre (1863) y Almuerzo en el taller (1868-1869), obras también de Manet, el epicentro del ciclón que borró lo viejo en el arte y trajo consigo la modernidad.

(1. Édouard Manet; 2. Champfleury; 3. Comte Albert de Balleroy; 4. Eugène-Cyrille Brunet; 5. ¿Auguste Manet?; 6. Caroline Brunet; 7. Zacharie Astruc; 8. Henri Fantin-Latour; 9. Valentine Thérèse Lejosne; 10. Charles Baudelaire; 11. Théophile Gautier; 12. Baron Isidore Justin Séverin Taylor; 13. Marianne Offenbach; 14. Fréderic Bazille; 15. ¿Suzanne Manet?; 16. Léon Koëlla Leenhoff; 17. Eugénie-Désirée Manet; 18. Eugène Manet; 19. Jacques Offenbach; 20. Charles Monginot).

Toulouse-Lautrec no había nacido cuando Manet dio a conocer Música en las Tullerías -el pintor de Albi nació en 1864 y el lienzo es de 1862-. Pero esto no importa porque lo que me interesa es señalar la influencia de Manet en los artistas de la segunda mitad del siglo XIX francés. Esa necesidad de reflejar con nuevos procedimientos los asuntos mundanos, tan presente en Toulouse-Lautrec, forma parte de la herencia que legó Édouard Manet a sus sucesores y que este recibió, a su vez, de Charles Baudelaire. El autor de Las flores del mal (1857) afirmó en un artículo escrito a raíz del Salón de 1846 que “todo tiempo tiene su belleza propia, oculta bajo la aparente uniformidad de la vestimenta moderna”. Es decir, que era estúpido mirar al pasado dejando marchitar lo que los ojos captaban en continuo movimiento.

A continuación dejo dos videos que he encontrado en YouTube. En el primero, filmado allá por los años 20, podemos ver a La Goulue, la protagonista del cartel “Moulin Rouge” que entregó la fama a Lautrec en 1891.

El segundo video está concebido como un álbum fotográfico, es un paseo en imágenes por la vida de Toulouse-Lautrec.


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