Recreando un día de Pascuas en La Habana del XIX.


Portada del libro “Viage pintoresco al rededor de la Isla de Cuba”, 1848. Litografía realizada por Francisco Luis Marquier en su taller de La Habana. 

Buenaventura Pascual Ferrer (1772-1851) fue un articulista habanero que manejaba la pluma como estilete. Ácido y crítico, hasta provocar enojo, Buenaventura diseccionó los hábitos cotidianos de sus contemporáneos. Junto a Manuel de Zequeira y Arango (1764-1846), Pascual Ferrer introdujo los cuadros de costumbres en la prensa cubana.

Buenaventura Pascual Ferrer fundó El Regañón de La Havana en 1800, un periódico de corte satírico que competía con El Papel Periódico de La Havana (1790), primer rotativo oficial de la capital. Buenaventura se inició como articulista en El Papel Periódico de La Havana, pero lo abandonó cuando Manuel de Zequeira, el primer poeta cubano según los historiadores, fue asignado al puesto de director que él pretendía. Este hecho fue para Buenaventura una afrenta que nunca perdonó a Zequeira, a quien dio, como dice una frase popular española, “la vida mártir”.

Sobre las Pascuas, el artículo de Buenaventura Pascual Ferrer que hoy rescato para acompañar el grabado de Pedro Federico Mialhe Toussaint (1810-1881), da un buen repaso a las costumbres de la Isla con el pretexto de las celebraciones de la Navidad. Este diseccionador de tipos y tradiciones, autor, entre otros títulos, del primer libro de viajes editado por un cubano –Viaje a la Isla de Cuba, 1798- nos traslada a unas navidades de principios del siglo XIX.  Buenaventura en su artículo critica que la guaracha, la bulla y la chabacanería sean las verdaderas protagonistas de diciembre.

La imagen distendida de la Navidad en la que Mialhe, el litógrafo francés radicado en Cuba, muestra lo que observa, sin pretensión analítica y sin juicio de opinión, lleva por nombre Día de Reyes y se realizó entre 1847 y 1848.

Federico Mialhe es considerado el primer cronista gráfico de Cuba. Llegó a La Habana en 1838 para incorporarse a la Imprenta Litográfica de la Real Sociedad Patriótica (1839) y allí se quedó hasta que regresó a Francia en 1854. Mialhe es el autor del volumen La Isla de Cuba Pintoresca (1838), que es donde se encuentra el grabado Día de Reyes. Mialhe publicó varios libros que recogen litografías sobre paisajes urbanos y rurales, escenas costumbristas y animales de la Cuba decimonónica.

El Día de Reyes, como se puede apreciar en la litografía, refleja la gozadera que se montaba en las fiestas de Navidad. Mialhe opta por representar una escena de celebración popular, donde la música y la danza de los negros acaparan el protagonismo. Mialhe se centra en el festejo criollo y la evidente presencia del folklorismo africano, sin hacer mención alguna al sufrimiento de los esclavos, mostrando una postura apolítica -pintoresquismo-. Por entonces, los negros esclavos recibían como regalo, el día de la Epifanía, un día de libertad, y eso significaba que podían exteriorizar su júbilo a través de sus bailes y cantos por toda la ciudad.

Federico Mialhe, quien fuera director de la Academia Nacional de Bellas Artes de La Habana en 1818, y Buenaventura Pascual Ferrer nos pasean por la Cuba colonial a través de la temática de la festividad de la Epifanía.

Buenaventura, además, nos permite disfrutar de las expresiones de su tiempo, hoy olvidadas, describiendo con su “anteojito mágico” lo que le alcanza. Mialhe no compromete su grabado, realiza una representación visual de la transculturación sin posicionarse. Pero el cronista con aguijón de avispa abole toda distancia y se zambulle en una realidad que le parece trágica. Buenaventura no veía con buenos ojos la trenza que lo sagrado y lo profano tejían en su Cuba.

Para celebrar los Reyes Magos quería rescatar el grabado de Mialhe, pero quería que el Día de Reyes fuera acompañado de alguna referencia de cómo eran las Pascuas navideñas en la Cuba del siglo XIX, quería recuperar un trocito del pasado de mi añorada tierra. Y recordé que en una librería cántabra, de esas donde las torres de libros viejos se sostienen gracias a las redes tejidas por las arañas, había comprado, por módico precio, un libro que me ha dado muy buenos momentos y que lleva por título Costumbristas cubanos del siglo XIX. De este volumen es de donde rescato Sobre las Pascuas, breve texto que da la razón al ensayista cubano Cintio Vitier cuando escribió que Buenaventura es voz de la “crítica biliosa en Cuba”.

SOBRE LAS PASCUAS


“Día de Reyes”, Federico Mialhe (1847-1848). Litografía de los talleres de Francisco Luis Marquier.

SOBRE LAS PASCUAS

Con más acierto y vigor
que la severa invectiva,
una crítica festiva
corta el abuso mayor
D. T. Iriarte

SEÑOR PÚBLICO

No sé de qué modo referir a vuesacé la multitud de cosas que he visto estas Pascuas con mi anteojito mágico. Es imponderable lo de todo cuanto pasa sin necesidad de ahondar las calles, ni de trasnocharme, ni de alquilar volantes numerarias, ni de levantarle un chichón a mis amigos pidiéndoles prestadas las suyas, ni de tomar sofocaciones, ni de volverme lazariño, sufriendo por fuerza a ciertos elementos con figura de hombres, capaces de darle un tabardillo al mismo dios Neptuno que está en una fuente de la Alameda a pesar de ser de piedra. Aquí encerradito, como digo, desempeño las funciones del empleo que obtengo en el día que es de Vista de la ciudad, pues con el auxilio de tal vidrio la recorro casi toda, observando todas sus mutaciones, habiéndome dejado algunas cosas que he visto esta Pascua con una boca tan abierta que se me podían ver muy bien las asaduras.

No volvía a paraje alguno el anteojo que no viese bailes, bromas, bullangas y fiestas, reparando en ellas una multitud de copias de aquellos mocitos que retraté en mi número VI, con la particularidad que ahora me han parecido más veloces, pues no había diversión de estas en que no se encontrasen unos mismos, infiriendo de esto que andaban casi tanto como anteojo, que es buen andar. Según lo que les oí decir a estos jóvenes modistas, son más introducidos que el flato y más pegajosos que una chinche. No hay función en que ellos no se hallen, y son tan adelantados que cuando se trata en algún baile de contradanza, ya ellos han recorrido toda la sala buscando pareja, de tal suerte que la suelen tener pedida hasta para bailar la contradanza veinticinco si pudiera llegar este caso, siendo de notar que entre las mujeres es tan sagrada esta palabra que dan, que jamás faltan a ella como si fuera escritura cuarentigia. En tratándose de cena o cosa que lo valga, ellos son los primeros y con pretexto de hacer plato a alguna señora se engullen lo mejorcito de la mesa, desluciéndola enteramente, llenándose el vientre y aún las faltriqueras.

En muchas casas he visto Nacimientos que así llaman a algunos altarcitos donde se ponen imágenes que representan la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, y muchas figuras impertinentes para divertir a cuantos van a verlos. Con este motivo concurre mucha gente, no para adorar este misterio, sino para reírse unos con las representaciones ridículas que se ponen en ellos, en que se remedan a algunos sujetos conocidos, otros para tener dónde menear la lengua y ver los sujetos que concurren, otros para zancajear las calles con este pretexto y otros con diversos fines, y ninguno de devoción. He visto algunas comedias particulares de aficionados donde había algunos papeles muy buenos y que a pesar de tener algunos defectos en general se hicieron mucho mejor que las que se representan en el circo teatril. He oído por las noches algunas músicas no muy buenas de aguinaldos que se daban por las casas, pegándoles este petardo a sus dueños, quieran o no quieran sufrirlo, pues los perillanes que se ocupan de esto, como a la cuenta no tienen otro oficio que el de vivir a costa del prójimo, no dejan lugar a la excusa.

He visto en algunas volantes muchos señoritos que se tenían ellos mismos por lindos, que iban más soplados con sus vestidos nuevos que una vejiga; y algunas señoritas más tiesas y finchadas que parece que habían comido portugueses o asadores. He oído tanta copia de matracas, fotutos y otros de estos instrumentos rústicos, que nadie podía sufrirlos, bien que ahora es nada en comparación a los años antiguos que en los días antes de Pascua, todo el género humano de esta ciudad tenía forzosamente que dejar el sueño desde mucho antes del día, porque la bulla de las matracas y de la gente que andaba alborotando la calle se lo impedía poderlo conciliar, llegando este abuso a tal grado que en el mismo templo se ejecutaba este desorden con el mayor escándalo antes de acabarse la misa que llamaban de aguinaldo.

Pero sobretodo lo que me ha incomodado más de cuanto he visto con el anteojo, ha sido la libertado con que se entonan por esas calles y en muchas casas una porción de cantares donde se ultraja la inocencia, se ofende la moral y se violan las leyes religiosas y civiles por muchos individuos no sólo de la más baja extracción, sino también por algunos en quienes se debía suponer una buena crianza. La poesía, pues, que se emplea en las canciones de esta especie, acompañada de un tono fastidioso, a pesar de ser la más soez, insolente y sin gracia alguna, sirve de diversión a muchos y muchas aún las muy honradas que la oyen con indecible gusto y sin el menor escrúpulo de conciencia.

Es incalculable lo que cunden estos cantares que no tienen más mérito ni aliciente que el de las indecencias en que van envueltos, y este jamás podrá serlo sino para las almas enteramente corrompidas y entregadas al vicio y al abandono de todo pudor.

¿Cómo es posible que haya quien guste de oír cantar la Morena, que es la canción menos mala quizás de cuantas corren por ahí en boca del vulgo? Ni a la más baja plebe puede causar placer el contenido de sus versos que es una insulsa y chabacana producción, ni menos la música que es una grandísima friolera sin estilo ni gracia alguna. ¿Qué diré pues de un desgraciadísimo Cachirulo donde se oyen unas coplas del Padre Pando, de la Beata y otras llenas de las mayores obscenidades? ¿Qué diré de la Guavina, que en la boca de los que la cantan sabe a cuantas cosas puercas, indecentes y majaderas se pueda pensar? ¿Qué diré de la Matraca, del Cuando, de la Cucaracha y últimamente del Que toquen la zarambandina, donde en nombre de Fr. Juan de la Gorda Manzana se refieren y pintan las cosas más deshonestas y escandalosas del mundo? No se necesita más que oír todas estas tonadas y sus versos para encontrar en ellas la obscenidad más torpe y la invención más propia para provocar al desenfreno y la prostitución, las pasiones que bien regidas harían la dicha de la sociedad.

¡Ah! Yo me estremezco cada vez que veo el mal estado de la educación y que la sana moral y hasta la religión van a ser públicamente desmentidas en los mismos niños por estos y otros abusos comunes. ¿De qué servirá el fervor del celo paternal cuando los males generales atacan la costumbres, haciendo que la misma virtud forme de la moral un sistema de pura especulación, en vez de ser una serie continuada de prácticas útiles al individuo y a la sociedad? ¿Qué vendrán a ser aquellos ínfimos afectos que constituyen la felicidad de las familias cuando la seducción tiene ganados todos los caminos, espiando el momento en que ha de triunfar del pudor y de la inocencia? ¿Qué habrá pues que admirar de que la disolución envanece los placeres sociales, de que el amor no sea más que una cadena de perfidias y de celos y de que el escándalo venga por fin a consumar la total ruina de la buena fe y de las costumbres? Cuando se oye a la tierna infancia repetir estas inmodestas canciones y anticipar el impulso del vicio en la naturaleza misma, ¿qué recurso le quedará al hombre de bien que quiera imprimir sus costumbres en sus descendientes, sino el de echar mano de una vulgar educación negativa, sin poderla justificar casi nunca con la comprobación del buen ejemplo? Nunca será demasiado todo el celo del Gobierno, y de los ministros del altar, cuyos altos destinos tienen por objeto la virtud pública, para exterminar ese formidable monstruo de iniquidad que se burla de las leyes del recato y de la modestia; que hace ilusorias las máximas más virtuosas y que opone su potestad infame a la autoridad legítima y al dulce imperio de la razón.

Yo espero que estas consideraciones dictadas por el más ardiente deseo del bien, lleguen a noticia de personas que conservando el amor a la virtud esfuercen conmigo sus discursos para extirpar semejantes ofensas públicas hechas a la inocencia y para que se salve a esta del abismo en que peligra. Yo quisiera que no sólo se extinguiesen las tales canciones de los oídos del público, sino que se opusiese para siempre una barrera a los demás acometimientos del desorden; yo quisiera ver un establecimiento que tuviera precisamente la censura de las costumbres públicas, con la autoridad necesaria y cuya severa inspección privase al vicio de todos sus recursos, dejándolo desterrado a los tristes y obscuros retiros de la prostitución; y que en público no hubiese cosa que contribuyese a alterar el progreso del buen orden. Estos deseos son los de todo hombre de bien que vive en la sociedad humana.

Con este anteojito pienso examinar todavía otras cosillas que pasan en esta ciudad y que claman por reforma.

El Regañón de La Havana, martes 20 de enero de 1801.

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José Martí y la Navidad.


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