ACERTIJO DENTRO DE UN RELATO, ¿JUEGAS?

Obra de Vladimir Ryabchikov.

 

ACERTIJO DENTRO DE UN RELATO, ¿JUEGAS?

Sucedió hace mucho tiempo y hasta mucho tiempo después no comprendí el por qué. Ahora puedo contarlo sin temor a malograr la historia y sin faltar a la verdad. He aquí lo que ocurrió.

Hace unos años recibí una invitación para asistir a una reunión familiar. El encuentro tendría lugar en la casa de mi yaya que, en el momento de la historia que narro, se encontraba deshabitada.

El reclamo aclaraba que se trataba de un acto amistoso, aunque estaría el notario. La finalidad era, según el documento, «limar las asperezas que el reparto de la herencia de la abuela había provocado entre los beneficiarios».

El recibidor de la casa era de techos altos y tenía ventanales a cada lado de la puerta principal. Una larga y estrecha alfombra, de rombos verdes y rojos, señalaba el trayecto que había que recorrer para llegar al comedor de los banquetes importantes, donde tendría lugar la cita.

La mesa de las celebraciones era larga, ovalada y contaba con doce sillas; un par de aparadores y una vitrina a juego completaban el mobiliario; detrás del comedor, tras una puerta de cristales empañados, estaba la cocina. Cuando llegué a la casa los once comensales estaban sentados, esperándome, pues yo era la más favorecida del testamento.

Al principio, mis parientes fueron amables, pero, en la medida en que la conversación se animaba y los dulces y el café mermaban, los ánimos se violentaron. Ninguno estaba de acuerdo con el reparto que la abuela había dispuesto en sus últimas voluntades. El notario intentaba hacerlos entrar en razón… o eso parecía. En todo caso, las explicaciones fueron infructuosas y las injustas reclamaciones se mantuvieron inamovibles.

Obra de Vladimir Ryabchikov.

A las ocho de la tarde, ni un minuto antes ni uno después, Rosaura, Clotaldo, Astolfo y los demás se levantaron y, sin pretexto alguno, abandonaron la casa, quedándonos a solas el actuario y yo.

Don Tomás se quejó de un fuerte dolor de cabeza y me pidió que lo acompañara a la cocina en busca de algún calmante. Dije que sí, que cómo no, que no faltaría más y me adelanté para ir a buscarlo. Tenía plena confianza en él, era el confidente de la abuela.

Pero cuando abrí la puerta, ¡oh, sorpresa!, descubrí que donde estaba la cocina había una alberca con agua turbia y tufo a marismas. Entonces, el notario, aprovechando mi desconcierto, me empujó hacia ella. Forcejeamos y terminamos cayendo los dos.

Sentí que me estaba sumergiendo en las tinieblas y que el diablo estrangulaba mi cuello con fuerza; pero recordé que había recogido mi pelo con las agujas de púas de la abuela. Me defendí con ellas, el notario dejó de luchar y pude salir de allí.

Todo daba vueltas alrededor de mí, otra vez estaba en el comedor vacío y en la ovalada mesa la caja de bombones suizos continuaba abierta; así que me acerqué y tomé la última chocolatina que quedaba.

Volví a la cocina, que había recuperado su apariencia de siempre. Olía a leche hirviendo y a pan recién horneado. Don Tomás soltaba una carcajada y abuela le hacía guiños con la mirada. Me quedé contemplándolos, pero el notario y mi abuela, al presentirme, dejaron de reír.

Obra de Vladimir Ryabchikov.

Abrí y cerré los ojos, bostecé y… ¡ya no estaban allí!

Y otra vez las hornillas estaban apagadas y frías, la alacena vacía y las incontables arañas tejían la vajilla de porcelana blanca, de gris empolvada. En el alféizar de la ventana estaban dos gorriones que, excitados, chillaban.

La puerta de la calle se abrió y mi primo Segismundo entró silbando bajito, iba acercándose al comedor y, como siempre, saltaba sobre los rombos verdes y rojos de la alfombra del pasillo. El tiempo jugaba con las manecillas del reloj, haciéndolas saltar dos pasos hacia delante y otros tantos hacia atrás.

Abrí y cerré los ojos, bostecé y, en una cabezadita, los convidados… ¡estaban allí!

Abrí y cerré los ojos, bostecé. ¿Adivinaste el acertijo?
Se trata de… ¡Un sueño!

Ya lo dijo Calderón:

«que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.»
ENLACES RELACIONADOS

Un visitante inesperado.

La portera.

La rosa negra.

El violonchelo.

Dolores y los monstruos creíbles.

 


Compártelo con tus amigos: