AJMÁTOVA Y TSVETÁIEVA

«Dios mío, nos hemos extraviado…»
Anna Ajmátova

Díganme, ¿qué puedo decir de El canto y la ceniza que no esté ya anunciado en su título?

Es el Canto y la ceniza un libro que ofrece a las dos grandes damas de la poesía rusa del siglo XX un espacio que, metafóricamente, es un hogar. Anna Ajmátova (1889-1966) y Marina Tsvetáieva (1892-1941) comparten una edición que, además, hace que parezca que las dos escribieron sus versos en español, así de fluidos corren por las páginas.

Las consecuencias de las dos guerras mundiales y de la dictadura estalinista —purgas, asesinatos, hambrunas, gulags, represiones a los intelectuales que se negaron a convertir sus obras en propaganda política…— son la osamenta en la que se sostienen las obras de las dos rusas amigas y hermanadas por el don de la escritura y por los vampiros de las desdichas —viudas de maridos fusilados, autoras de libros vetados, víctimas de fogones apagados, madres de hijos apresados, torturados y desterrados…

Hermanadas también por la dignidad mostrada. No hubo privación, ni provocación, que las volviera marionetas del totalitarismo que exigía un realismo sujeto a la propaganda socialista. Ahí están sus versos —lluvia de flechas, campos de manzanillas, donde cada pétalo es una emoción y cada tallo un pensamiento— testimoniando la dignidad de ambas.

(Curiosidad: Anna Ajmátova, que tuvo la mala suerte de vivir la Guerra Fría y la buena suerte de sobrevivir a Stalin —para ella significó el fin de la persecución—, guardó, como uno de sus bienes más preciados, el chal albo que un día, de muchos años atrás, Marina, le regaló —Marina Tsvetáieva se suicidó el 31 de agosto en Elábuga, donde estaba desterrada. Fue su último combate contra el hambre). 

Alcanzar, escultura, John Morris.

Diversos temas y distintas épocas encuentran eco en los versos de las dos poetas. Ajmátova, con un decir intenso y más pensado, y Tsvetáieva, con ese pronto que troca palabras en peligrosas cascadas, convirtieron sus rutinas en ecos del alma. Fue de ese modo que llegaron a espacios donde el poder terrenal no tuvo armas para silenciarlas. 

Las poesías de Marina Tsvetáieva y Anna Ajmátova, a las que llamo «trovadoras de tiempos sombríos», son testimonios individuales de esa época de hombres crucificados por el nuevo Salvador que aseguraba que todas las almas eran suyas—Stalin—. Los poemas de Ajmátova y Tsvetáieva son catárticos, mitigadores de ansiedades, donde se narran cotidianidades que la historia y sus circunstancias volvieron épicas. Y, por tanto, son testimonios de un mundo maldecido con leyes ciegas.

Anna Ajmátova. Marina Tsvetáieva. El canto y la ceniza. Antología poética tiene prólogo de Olvido García Valdés y epílogo de Monika Zgustova, quienes comparten traducción. El poemario se encuentra dentro del catálogo de Galaxia Gutenberg.

Por si te queda alguna duda de que el título que hoy reseño debe tener un espacio en tu biblioteca, dejo una muestra de los versos  recogidos en la sección Otros poemas. Marc Chagall (1887-1985) será quien los presida.

Escojo a Chagall, de entre la amplia lista de artistas vanguardistas soviéticos, porque, como judío y ruso, supo de cardos y ortigas. Pero este poeta de lienzos, este constructor de metáforas coloridas, deseoso de «ver un mundo nuevo» (Mi vida, Acantilado) llevó a sus cuadros un soplo de optimismo que hace que sus obras y las poesías de Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, agrupadas, nos ofrezcan un mosaico de vida.

POEMAS

ANNA AJMÁTOVA

La mujer y las rosas, óleo sobre lienzo, 1929.

LA ÚLTIMA ROSA
Hablaréis de nosotros veladamente.
J. Brodsky

Prosternarme con Morozova,
danzar con la hijastra de Herodes,
ascender en el humo del túmulo de Dido,
para volver a la hoguera con Juana…

Ya ves, Dios mío, estoy cansada
de vivir, de morir, y de volver a vivir.
Despójame de todo, pero déjame, aún una vez,
aspirar la frescura de una rosa encarnada.

(Komarovo, 1962.)

Los tejados rojos, óleo sobre papel adherido a lienzo, 1953.

¿ES TU DOBLE?…

¿Es tu doble? Invisible, burlona,
¿por qué te escondes en los pardos matorrales
te acurrucas en un nido sin fondo
o reapareces sobre cruces rotas?
Y gritas desde la torre de María:
—Aquí estoy, he vuelto a mi país,
mirad, campos de mi infancia,
lo que por ello me ha ocurrido;
se ha tragado la tierra a los que quería,
y está en ruina la casa de mis padres—.
Juntas hoy, Marina, caminamos
por Moscú en medio de la noche;
como nosotras, millones nos siguen
en un cortejo silencioso.
A nuestro alrededor suena a muerto
y ruge salvaje la tormenta de nieve
cubriendo las huellas de nuestros pasos.

(Marzo de 1940.)

Aleko (final del ballet), gouache sobre papel, 1942.

CUARTA ELEGÍA DEL NORTE

Hay tres fases para el recuerdo.
La primera preserva el día de ayer.
Es dichosa el alma bajo bóvedas benditas
y el cuerpo disfruta su sombra.
Aún se oye la risa, las lágrimas fluyen,
la mancha de tinta en la mesa no ha palidecido,
y el beso cubre el corazón como un sello,
imborrable, único, beso del adiós…
Pero eso no dura mucho.
Ya no hay bóveda protectora, sino en alguna parte,
en las afueras, una casa perdida
donde uno se hiela de noche y sufre el calor del verano,
donde hay arañas y polvo,
donde enmohecen cartas ardientes,
donde a hurtadillas se cambian los retratos:
la gente va allí como quien acude al cementerio;
se lavan con jabón las manos a la vuelta,
secan de sus párpados cansados una lágrima
pequeña con hondos suspiros.
Pero suena el tic-tac del reloj, las primaveras
se suceden, se hace rosado el cielo,
cambian de nombre las ciudades,
y quedan cada vez menos testigos
con quienes compartir memoria y llanto.
Poco a poco nos dejan las sombras
que hemos dejado de invocar
porque nos espantaría su retorno.
Un día al despertar nos damos cuenta
de que apenas recordamos el camino hacia esa casa perdida,
y ahogados de vergüenza y de cólera
corremos hacia ella, pero (como en los sueños)
todo es ahora distinto: las personas, los objetos, las paredes,
y no nos conoce nadie: somos extranjeros.
Dios mío, nos hemos extraviado…
Lo más amargo llega entonces:
aquel pasado, lo sabemos, no tiene ya lugar
entre los límites de nuestra vida:
nos resulta casi tan indiferente
como a nuestro vecino le resulta,
no reconoceríamos a los que han muerto
y aquellos de los que Dios nos ha separado
han podido muy bien pasarse sin nosotros —y de hecho,
mejor que así sea…

(1953.)

Desnudo de mujer, óleo sobre cartón, 1914.

EL SÓTANO DE LA MEMORIA

Es absurdo que viva angustiada
y que los recuerdos me acosen.
No visito a menudo la memoria,
pero ella siempre viene a asombrarme.
Si con una linterna bajo al sótano
me parece oír como retumba
un terremoto en la estrecha escalera.
La linterna se apaga, no puedo volver,
y sé que voy directa al enemigo.
Pido clemencia… pero allí
es todo oscuro y quieto. Ya se acabó mi fiesta.
Hace treinta años que las damas despidieron
a aquel pillo que se murió de viejo…
Lástima, he llegado tarde.
Se me ha prohibido aparecer en parte alguna.
Pero toco las capas de pintura en la pared
y junto a la chimenea me caliento. Qué maravilla.
A través del moho, el aire enrarecido y el hedor
brillan dos verdes esmeraldas.
Maúlla el gato. Vamos a casa.

Pero dónde están mi casa y mi razón.

(18 de enero de 1940.)

MARINA TSVETÁIEVA

El pintor, gouache sobre papel, 1917.

A LOS FISCALES DE LA LITERATURA

¿Ocultarlo todo para que la gente olvide
como nieve que se derrite o una vela?
¿En el futuro no ser más que un puñado de polvo
bajo la cruz de la tumba? No quiero.

Cada instante, temblando de dolor,
vuelvo a lo mismo:
morir para siempre. ¿Será por eso
que mi destino es comprenderlo todo?

Una tarde en el cuarto de los niños, entre muñecas,
la telaraña en el prado,
un alma que se condena por una mirada…
Comprenderlo todo y por todo sufrir.

Por eso (y al manifestarlo cobro fuerza)
someto a juicio todo lo más mío,
para que mi juventud conserve siempre
la desasosegada adolescencia.

(Sin fecha.)

Terraplén de Embankment, óleo sobre lienzo, 1953.

¡DOS MANOS…!

¡Dos manos tiernamente puestas
en la cabeza de una niña!
Me habían sido regaladas
—para cada mano, una— dos cabecitas.

Pero apretándolas con ambas,
con furia —cómo pude—
a la mayor arrebaté de las tinieblas,
y a la menor no logré salvar.

Dos manos —acarician y alisan
tiernas cabezas, sedosos cabellos—.
Dos manos y una, en una noche,
resultó superflua.

Rubia —cuellecito fino—,
diente de león en su tallo.
Aún no he llegado a comprender
que mi niña yace en la tierra.

(Primera mitad de abril de 1920.)

La gata transformada, gouache sobre papel, 1926-27.

CABELLO GRIS

Son las cenizas de los tesoros:
pérdidas, sinsabores.
Son las cenizas ante las que en polvo
se deshace el granito.

Desnuda y luminosa paloma
que vive sin pareja,
cenizas de Salomón
ante todo lo vano.

Del tiempo sin escrúpulo
la amenaza terrible.
Dios estaba a mi puerta
mientras ardía la casa.

Señor de los sueños y de los días
que el fárrago no ahogará,
de estas tempranas canas,
se eleva el fuego, el espíritu.

Años, no me habéis traicionado
con un golpe en la nuca.
Este cabello gris es victoria
de fuerzas inmortales.

(27 de septiembre de 1922.)

Reloj con ala azul, óleo sobre lienzo, 1949.

NO DEJO DE REPETIR…
Puse la mesa para seis…

No dejo de repetir el primer verso
y corregir la palabra:
—«Puse la mesa para seis»…
Te olvidaste de uno, el séptimo.

Estáis tristes los seis.
Ráfagas de lluvia cubren vuestros rostros.
Cómo pudiste, en esa mesa,
olvidar el séptimo, la séptima…

Están tristes tus huéspedes,
aburrida la garrafa de cristal.
Desconsolados ellos, desconsolado tú,
y, más desconsolada, la que olvidaste invitar.

Sin alegría, sin brillo,
ah, no coméis ni bebéis.
¿Cómo pudiste olvidar el número?
¿Cómo te confundiste en el cálculo?

¿Cómo pudiste, cómo osaste no entender
que seis (dos hermanos, el tercero
—tú mismo— con tu mujer, y los padres)
eran siete —puesto que yo existo.

Pusiste la mesa para seis,
pero no se reduce el mundo a seis.
Para ser un espantajo entre los vivos,
prefiero ser un fantasma, con los tuyos,

(los míos…)
tímida como un ladrón,
¡sin rozar un alma siquiera!
Me siento en el lugar —la séptima—
delante del cubierto que no has puesto.

¡Por fin! ¡Volqué mi vaso!
Y todo lo que era preciso derramar,
—la sal toda de mis ojos, toda la sangre de las heridas—
desde el mantel al parqué.

Y ningún féretro, ninguna separación.
La mesa exorcizada, la casa despierta.
Como la muerte a un banquete de boda,
yo, la vida, presente en esa cena.

Nadie: ni hermano, ni hijos, ni esposo,
ni amigo; y un reproche, pese a todo:
tú —que pusiste la mesa para seis almas,
ni siquiera me pusiste en un rincón.

(6 de marzo de 1941.)

ENLACES RELACIONADOS

Anna Ajmátova, Modigliani y “En la negruzca neblina de París”.

Marina Tsvietáieva. “Diario de la Revolución de 1917”.

Nikolay Gumiliov. Poemas.

Katherine Mansfield. Poemas.

Los huevos fatales (Mijaíl Bulgákov).

Lev Tolstói. La violencia y el amor.

Mijaíl Osorguín. “La librería de los escritores”.

Marc Chagall, el pintor bígamo.

Del Renacimiento a las Vanguardias. Museo de Bellas Artes de Budapest.

El arte en revolución. De Chagall a Malévich.

Los vagabundos (Máximo Gorki). Novela.

Judas Iscariote y otros relatos (Leonid Andréiev).


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