ALEJANDRO DE HUMBOLDT Y LA ILUSTRACIÓN

«Carecen de crédito en todo momento, la fuerza y majestad de los acontecimientos naturales, si se les considera únicamente en sus partes y no en su conjunto.»
Plinio

De izquierda a derecha: Friedrich Schiller, Friedrich von Humboldt, Alexander von Humboldt y Johann Wolfgang von Goethe, h. 1797.

Hoy les ofrezco la lectura de Dieciochescas calidades de Alejandro de Humboldt. Se trata de una lección ofrecida por el catedrático de geografía Amando Melón y Ruiz de Gordejuela (1895-1975) con motivo del Primer Centenario de la muerte del naturalista, astrónomo y geógrafo alemán.

¡Ah…, pero el texto es mucho más que una biografía! El escrito es un paseo por la época que hizo posible las ideas humboldtianas que dan paso a la geografía moderna. Esa época no es otra que el período de la historia que rompió los grilletes que ataban al hombre a doctrinas religiosas. Me refiero a la Ilustración.

El espíritu de la Ilustración, marcado por la razón y por la ciencia, es lo que hallamos en el estudio de Amando Melón; quien, por cierto, define al siglo XVIII como la centuria del «cuánto y el cómo».

El proyecto humanista de la Ilustración se inicia en la primera parte de su siglo y abarca todos los campos del conocimiento: la literatura, las artes, la política, la filosofía, la ciencia, la medicina…

Los intelectuales y científicos del XVIII erigieron un templo a la libertad con sus ideas críticas, ideas que se enfrentan al pensamiento tradicional y a los poderes religiosos que impedían a los ciudadanos decidir sobre sí mismos. Hay que recordar, eso sí, que esas ideas revolucionarias no nacieron con la Ilustración, son hijas marginadas, por peligrosas, de la Antigüedad, de la Edad Media y del Renacimiento. Son ideas recuperadas y defendidas por los hombres dieciochescos que nos legaron una manera nueva de interpretar la vida.

La Ilustración defendió la igualdad ante la ley y defendió la abolición de la esclavitud, de la tortura y de la pena de muerte. Planteó el reconocimiento de los niños como individuos y exigió el respeto a los pobres. La Ilustración mostró deseos por estudiar a profundidad civilizaciones desconocidas… En definitiva, se interesó por todo aquello que condujera a la libertad individual, al derecho del hombre a escoger su camino.

El siglo XVIII ofreció al mundo un nuevo lenguaje, una nueva perspectiva de vida  basada en la universalidad humana.

Busto de Humboldt en la Universidad de La Habana.

Todo esto y mucho más es lo que, a través de la biografía de Alejandro de Humboldt, ofrece el ensayo que hoy copio para ti, aunque ya te aviso que omito la presentación; pues el texto es largo y las palabras introductorias no aportan nada al argumento. Espero que la extensión del mismo no te disuada de leerlo. Dieciochescas calidades de Alejandro de Humboldt es ameno, instructivo y rico en anécdotas y curiosidades que no encontrarás por ahí.

El espíritu de la Ilustración dio voz a Humboldt, pero la voz de Humboldt hizo posible el espíritu de la Ilustración, pues todo hombre es constructor de su tiempo. Las investigaciones de Alejandro de Humboldt, que analizan la naturaleza en su conjunto mostrando un sólido matrimonio entre naturaleza y cosmos, no sólo engrandecen su época. Sus estudios fueron bibliografía importante en el desarrollo científico que tuvo lugar en el siglo XIX y, aún hoy, siguen siendo consultados.

Y ahora los dejo con Dieciochescas calidades de Alejandro de Humboldt, lección dividida en dos partes: una que trata los aspectos científicos y otra que ahonda en la ideología político-social del naturalista, antiesclavista, indigenista y humanista alemán. Para no hacer muy densa la página, hoy les ofrezco el fragmento relacionado con las ciencias. El otro, el que tiene que ver con su entorno social y con el hombre ilustrado, lo incluiré en una segunda entrada. Ilustro el texto con algunas de las plantas que descubrió el que es reconocido como «Padre de la geografía moderna universal».

Nací en La Habana y crecí en un edificio rodeado de cuatro calles y, cosas del destino, una de ellas, que te lleva al paseo marítimo del Malecón, se llama…  ¡Humboldt!

DIECIOCHESCAS CALIDADES DE ALEJANDRO DE HUMBOLDT

PRIMERA PARTE

«SE REFIERE A SU HABER CIENTÍFICO.»

El discurrir vital de una personalidad y el acaecer de su trabajo y labor pueden injertarse en su época o ser extraños a la misma. En el primer caso puede hablarse de hombres excepcionales pero no extemporáneos, de perfiles o siluetas de más vivo tono que el común colorido del fondo de la época; en el segundo, puede hablarse de hombres genios, extemporáneos, de figuras que se destacan con vivo contraste de color en la escenografía del mundo en que viven. Tanto pesa la herencia y la época —que se matiza al decir de Braudel por vivencia existencial, persistencia del pasado e instancia hacia el futuro— que en el correr de la historia y en lo que se refiere a valores personales abundan más los atemperados, o matizados por su época, que los destemplados o extemporáneos, o sin clara impronta del medio en que viven.

Muchas veces la historia, la apasionada historia y coja biografía, trastoca valores y calidades, convierte en hombres providenciales o geniales a los que son, por mucho que alcancen su valor, hijos de su tiempo o época. Con relación a esto, y a causa de reciente lectura de un trabajo del profesor Mario Hernández Barba, me viene a la pluma un ejemplo, el de D. Enrique el Navegante.

Portugal y algunas españolas sociedades sabias se disponen en el presente año de 1960 a celebrar el 5º Centenario de su muerte; es de desear y de esperar con motivo de esto una seria revisión de la abundosa literatura histórica sobre el Infante. Por culpa del cronista Zurara, que vivió a lo príncipe gracias a la munificencia de su señor, se ha, corrientemente, heroificado a este y presentado como verdadero motor y creador de la expansión portuguesa y de los Descubrimientos. Y, así, bajo el peso de omisiones, puede afirmarse que carecemos de una biografía del Infante.

Las biografías que existen lo presentan aislado de la escenografía que le rodea; por esto, podrán ser completas en cuanto a narrare pero insuficientes en el discurrire; y el nervio de la historia es tanto narrar como discurrir. Solo engastando al Infante en la época podemos justamente calibrar y ponderar su verdadera labor; con esto pierde, eso sí, mucha singularización pero se abre paso, en cambio, a toda la verdad.

No es este el caso de Humboldt. Los sesudos alemanes que de él se han ocupado, por lo general, no han perdido de vista el campo temporal en que se encuadra ni el valor de sus aportaciones científicas en relación con otras contemporáneas. Nunca le llaman el genial Humboldt; si, muchas veces, el sabio Humboldt, en el sentido de superar el corriente nivel de lo sabido en su época, pero sin perder el encaje de la misma.

*

Planta observada en su recorrido por Colombia y el Orinoco (Pandí).

EL universalismo escolástico o capacitación dialéctica para todo, a base de una filosofía por cierto en trance de reverdecimiento en España, es bien distinto del universalismo del siglo XVIII. Es este, en cuanto a estudio y conocer, la antítesis de la actual y necesaria especialización. En tal sentir se orientan los llamados actualmente Estudios Superiores. ¡Cuán diferente su mundo del vivido por Humboldt en sus años de formación y de escolar universitario! Con preparación doméstica amplia, dilatada en años y tutelada por un preceptor se lanza a correr universidades, y a escuchar en Berlín, donde no hubo universidad hasta 1810, lecciones, enseñanzas y conferencias del más variado tipo.

La corriente indiferenciación de estudios, el corriente interesarse por todo, explica cómo los hermanos Humboldt, Guillermo y Alejandro, escucharon en Gotinga, a veces lecciones de un mismo maestro; y cómo el segundo, con vocación naturalística, destaca entre los docentes de aquella ciudad al filólogo Heyne, de quien recibe enseñanzas y dirección de trabajos.

La pluralidad de competencia de Humboldt en los más diversos saberes cristaliza en sus libros y, sobre todo, en la colaboración de revistas de las más varias fisonomías: de química, física, historia natural, matemáticas, astronomía, farmacia, medicina, geografía, etnografía, política… La multiplicidad de saberes fue calidad dieciochesca bastante corriente en la minoría de espíritus cultivados; no olvidemos el caso de Kant ofreciendo un curso de geografía física; ni el de Goethe, tan interesado en anatomía comparada y botánica.

En el telón de fondo del universalismo del siglo XVIII no es caso raro el de Humboldt; pero sí excepcional, ya que es impar en el hondo bucear en las más variadas ramas del saber científico; en muchas de las cuales deja huellas de «uña de león». Por eso, aún en su época, no siendo como la muestra de perfiladitos saberes sino de universalismo, provoca desbordante admiración. No sólo entre medianías boquiabiertas sino también entre gente de la mayor altura en capacidades receptiva y creadora. Por mucho que se haya repetido es necesario aducir una vez más el testimonio de Goethe, cuando escribe estas líneas refiriéndose a Humboldt:

«¡Qué hombre! Hace tanto tiempo que lo conozco y siempre vuelve a producirme asombro. Puede afirmarse que sus conocimientos y saber viviente no tienen igual. ¡Y una multiplicidad como no la he visto nunca! Cualquier punto que se le toque le es familiar, y nos arrolla con sus tesoros espirituales».

La curiosidad, por nimia que parezca, se empareja de natural modo con el universalismo, y más cuando el curioso está en trance de viajero. En el mundo de la anécdota no faltan testimonios de cómo afectaba aquella a Humboldt.

Recojo dos que exhuma Rayfred L. Stevens (México, 1956). En la visita al pedregal de Xitle, México, acompaña a Humboldt un guía. «Preguntado este indígena, después de haber sido formalmente excitado a tratar con todos los miramientos posibles al sabio, cómo había ocurrido la expedición contestó: Qué sabio va a ser este señor; me preguntó cómo se llamaban mi mujer y mis hijos, cómo se denominaba el azadón, cómo la pala, etc…¡Cosas tan sencillas que yo las sé; no faltaba más, no saber cómo se llama mi mujer! Y otra cosa: hace como los muchachos de escuela, que juntan piedras para atiborrarse los bolsillos».

También en México ocurre el siguiente sucedido anecdótico. «Al llegar a cierto pueblo fue recibido y agasajado por el alcalde, que quiso guiarle en sus diversas excursiones. Como Humboldt no dejaba de hacer preguntas acerca de cuantas cosas veía, el bueno del alcalde llegó a ponerse de mal humor, hasta que, no pudiendo contenerse, le dijo: Señor, el virrey me dice que usted es un sabio; pero no comprendo qué es lo que usted puede saber si todo lo pregunta. —Pues por eso sé algo, dijo Humboldt pacientemente».

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Planta observada en su recorrido por Colombia y el Orinoco (Pandí).

Y vamos a ocuparnos de otra cualidad dieciochesca; es obvio decir que la temporalidad a que me refiero y he de referirme no ha de delimitarse con rigor cronológico. Decir un siglo, en sentido de época, no es sinónimo de cien años, sino de un tiempo o época perfilado por singularizadas características.

El siglo XVIII ofrenda al progreso del conocer científico una marcada tendencia de interés hacia los hechos y fenómenos de la naturaleza en sus más varios campos de actuación y de calidad; es el siglo del cuánto y del cómo, o sea, el que se interesa tanto en la catalogación de lo existente en el orden natural como en la explicación de los hechos y fenómenos físicos y biológicos que el hombre puede conocer y estudiar.

No olvidemos que es el siglo que recoge la más inmediata herencia de Newton, el que empareja la física y las matemáticas; el siglo de Linneo, de Buffon…; el siglo del nacer de la geología, de la geognosia, de los laboratorios no alquimistas sino de químicos, recordemos los de Gay Lussac y Vauquelin en París…; el siglo del paso gigante en los observatorios astronómicos posibles desde el invento de Galileo…; el siglo de Galvani y Volta y de las primeras experimentaciones sobre fisiología vegetal y animal.

¡Parece ambiente especialmente preparado para la aparición de Humboldt! Por otra parte, el parque de Tegel, donde su padre tanto se interesaba por la plantación de moreras, le ofrece naturales posibilidades para su curiosidad y observación; aquí, se dice, empieza a coleccionar rocas y plantas. Muy tempranamente se deja captar por el variado mundo de la Naturaleza, pronto se pone en camino de ser un «místico de la Naturaleza».

Humboldt quiere ver y contemplar la obra de la creación en ámbitos variados y exóticos; Europa no le basta, hay que entrar en contacto sobre todo con la zona tropical, donde el mundo de la creación se viste con las mejores y más extrañas galas. Por eso, la pasión viajera le domina, y en época en la que se enraizan los viajes o exploraciones de tipo científico; por el ansia de salir de Europa y de enfrentarse con el mundo de los trópicos se desliga, cuando puede, cuando se convierte en rico heredero por la muerte de su madre, de los aúreos lazos de la nómina oficial, y abandona el servicio del Estado prusiano como Inspector de Minas.

Con la pasión de naturalista, y así se autocalifica Humboldt durante unos años, se conjuga enseguida la ideología unitaria de Herder-Goethe. Lo que es tanto como el descubrir la unidad y armonía del Todo. A partir de este momento su celoso interés por la Naturaleza tiene como fin y meta conocer la acción y reacción de los múltiples hechos y fenómenos naturales en la totalización de su soberano sistema o unidad.

Humboldt y Goethe llegan a la teórica cumbre de su aspiración por caminos distintos, por veredas diferentes. El gran poeta, intuitivamente, y sobre esta base se interesa en la observación y estudio de la naturaleza; Humboldt, analíticamente, inductivamente, según la razón de causalidad. Estas dos posturas o posiciones se recuerdan y reflejan en el simbólico dibujo que acompaña a la dedicatoria a Goethe de la obra humboldtiana sobre Idea para una geografía de las plantas. Es dibujo del famoso Thorwaldsen, cuya vida artística tan ligada está a la vida de Humboldt. Representa a Apolo, dios de la poesía, levantando el velo a Isis, diosa de la nutricia Tierra. Al pie pétrea cartela con esta inscripción «Metamorphose der Pflanzen».

Personales testimonios declaran con nitidez el fin último que se propone Humboldt al estudiar la naturaleza. Así, poco antes de abandonar España (1799) con rumbo hacia América dice en carta a su amigo Friedlaender:

«Quiero recoger plantas y animales, estudiar el calor, la electricidad y el magnetismo de la atmósfera, determinar longitudes y latitudes, medir montañas…; sin embargo, todo esto no es el objetivo de mi viaje. Su verdadero fin es investigar la urdimbre del conjunto y concomitancia de todas las fuerzas naturales».

Y este mismo pensamiento, enraizado en el siglo XVIII, es el que domina e informa el abigarrado contenido del Cosmos, el llamado testamento científico de Humboldt.

En todas sus partes estampa como consigna las siguientes líneas de Plinio: Naturae vero rerum vis atque majestas in omnibus momentis fide caret si quis modo partes ejus ac non total completat animo. Que en buena versión, la de mi compañero de Academia Sr. López del Toro, dicen así: «Carecen de crédito en todo momento, la fuerza y majestad de los acontecimientos naturales, si se les considera únicamente en sus partes y no en su conjunto.»

El leiv motiv del Cosmos, de inmediato acuerdo con la ideología Herder-Goethe, lo expresa Humboldt con cierto énfasis en las siguientes líneas:

«La naturaleza, por medio de la razón, es decir, sometida en su conjunto al trabajo del pensamiento, es la unidad en la diversidad de los fenómenos, la armonía entre todas las cosas creadas, que difieren por su forma, por su propia constitución, por las fuerzas que las animan; es el Todo animado por un soplo de vida. El resultado más importante de un estudio racional de la naturaleza es recoger la unidad y armonía en esta inmensa acumulación de cosas y de fuerzas; abrazar con el mismo ardor, lo que es consecuencia de los descubrimientos de los siglos pasados con lo que se debe a las investigaciones de los tiempos en que vivimos; y analizar el detalle de los fenómenos sin sucumbir bajo su masa».

En el mismo sentir insiste en otro lugar del Cosmos, cuando escribe:

«Para que esta obra sea digna de la bellísima expresión del Cosmos, que significa el orden en el Universo, y la magnificencia en el orden, es necesario que abrace y descubra el gran Todo; es preciso clasificar y coordinar los fenómenos, penetrar en el juego de las fuerzas que los producen, y pintar, en fin, en animado lenguaje, una viviente imagen de la realidad. ¡Quiera Dios que la infinita variedad de los elementos de que se compone el cuadro de la naturaleza no perjudique a la impresión armoniosa de calma y de unidad, supremo objeto de toda obra literaria o puramente artística!».

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Planta observada en su recorrido por Colombia y el Orinoco (Popayan).

En el Humboldt naturalista pesan estímulos de la época en que lo encuadramos lo mismo en su concepción general de la naturaleza que en sus particularizados estudios, precisamente los que más significan en el humboldtiano haber científico. Tres ejemplos pueden aportarse para demostrarlo.

Como está dicho, en el siglo en que nace Humboldt adviene la geognosia; en sus últimas décadas se plantea la enconada lucha entre neptunistas y plutonistas. Guerra casi teológica, ya que dos dioses del Olimpo, Neptuno y Plutón, son los titulares de los rivales partidos.

Para unos, los apadrinados por Neptuno, se considera el agua como elemento universal o primer factor en la formación de rocas y formas terrestres; los otros, los patrocinados por Plutón, reclaman una intervención decisiva del terrestre fuego central, escupido por los volcanes, en muchas rocas y formas de nuestro planeta.

Era escolar Humboldt cuando tomó partido en la lid. En un estudio, que también de escolar publica, sobre los basaltos del Rhin, derivado de sendos viajes por la zona renana, se afilia a la escuela de los neptunistas, la que tenía como adalid al gran geólogo Werner, que fue docente de Humboldt en la Escuela de Minas de Freiberg.

Pero el tomar partido en Humboldt no significaba inhibirse de la lucha y discusión. Persistía latente en su ánimo el duelo entre una y otra teoría. Honradamente para afirmar o corregir postura Humboldt tenía que enfrentarse con volcanes vivos o con zonas manifiesta e indubitablemente volcánicas. Por eso, apenas abandona el servicio como funcionario del Estado prusiano quiere ir a Italia, para ver estudiar el Vesubio y sus aledañas regiones; hizo imposible su designio, de momento, la campaña de Italia del general Bonaparte.

Muy poco después, gracias al favor que le dispensan las autoridades españolas, consigue que el Correo «Pizarro», de la ruta Coruña-Habana, a bordo del cual iban Humboldt y Bonpland, haga una escala en Canarias, la suficiente para permitir a aquél la ascensión al Teide. Siete días de estancia en el Archipiélago bastaron para que el neptunista dejara de serlo, para derrocar totalmente la concepción geognóstica de Humboldt.

Después de contemplar el sector de occidente de Lanzarote, como país recientemente destruido de «fuegos volcánicos», todo árido, negro, sin tierra vegetal y con huellas de la catastrófica erupción del año 1730 del Gran Volcán o Timanfaya; después de hacer pie en un desolado rincón de la isla Graciosa, verdadero campo de lavas; después de acercarse a la isla Infierno, o Roque del Oeste, cima de lava llena de huecos y cubierta de escorias parecidas al cok o la masa esponjosa de la huella desazufrada; después del recorrido a pie o en cabalgadura desde Santa Cruz de Tenerife al Teide y de observar de cerca su Caldera no podía admitirse la doctrina de Werner, no podía creerse a los basaltos como resultado de reacciones superficiales, sino como escupidos en forma fluida por las bocas volcánicas o cráteres.

Desde su estancia en Canarias pone Humboldt en plano delantero de interés, con la pasión de un converso, el estudio de los volcanes como entes físicos, y en su expresión cronológica de vitalidad, que son sus erupciones. Podemos decir que se apodera de Humboldt el complejo del volcanismo, como reacción del ladeado interés por tales fenómenos de los neptunistas.

La magnífica geografía de los volcanes que ofrenda el último volumen o parte del Cosmos es definitiva contrapostura de la que había tomado en la dieciochesca contienda entre neptunistas y plutonistas. ¡Loor al siglo XVIII! como época de formación e inspiración humboldtiana.

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Planta observada en su recorrido por Colombia y el Orinoco (Buga).

También habríamos de alabarle con motivo de la génesis de otras conquistas o semiconquistas de Humboldt como naturalista; como descubridor, por ejemplo, de la altitud como importante circunstancia geográfica, y como fundador de la geografía de las plantas. Pero el comentario de estos y otros temas nos llevaría demasiado lejos, y desvirtuaría lo esquemático y ejemplarizador de la lección que me he propuesto. Me impongo, pues, en el trato de las dos cuestiones aludidas escueta brevedad.

La ascensión aerostática del gran químico Gay Lussac descubre modificaciones atmosféricas con la altura. De natural modo, tales modificaciones han de repercutir en las condiciones físicas de superficie terrestre, en las que se explayará Humboldt en la segunda parte del volumen XX de la «Serie Americana». Con Gay Lussac le une a Humboldt íntimo trato, y eso que la relación científica comenzó de mala manera.

Linneo y Buffon son los creadores modernos de la Botánica y Zoología; el conocer científico del mundo animal llevó a Zimmermann a estudiarlo en relación con el medio en que vive; así lo hizo en su Zoología geográfica, del año 1777. Su abierto camino, con referencia al mundo vegetal y con más fortuna, llevó a Humboldt a su Geografía de las plantas, o al estudio de sus asociaciones como elemento de paisaje. Su primer esbozo lo expuso a su amigo Jorge Forster en el año 1790.

Conforme a lo que sucedió en otros temas, Humboldt supera a los contemporáneos que siguen análoga dirección. Por eso, la zoogeografía de Zimmermann es logro incipiente, necesitado de muchos retoques y modificaciones; en cambio, la fitogeografía de Humboldt, como sistema, mantuvo en tiempos siguientes la fisonomía que le imprime su fundador.

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Planta observada en su recorrido por Colombia y el Orinoco (Pasto).

El siglo del cuánto y el cómo es también la época de las erudiciones históricas y científicas. Esta calidad sobresalientemente capta y arraiga en Humboldt; primero por su formación básica humanística, circunstancia corriente en su tiempo; en segundo lugar, por lo que amplía su horizonte de visión y curiosidad el continente americano.

Al programar en España su viaje al Nuevo Mundo no cuentan como puntos de estudio ni el hombre como ente biológico ni las huellas de su actividad pretérita y presente. Y es que el nuevo medio con su exotismo y extrañeza despierta su humanitarismo, muy del siglo XVIII, y la atención hacia hechos y conductas que anteceden y construyen la realidad que ve.

Esta derivación del naturalista hacia el campo histórico y erudito, hacia la humanidad de Hispano-América y hacia visiones y aconteceres del Nuevo Mundo se refleja en la portada que se pensó como válida para todos los volúmenes de la «Serie Americana» (Bitterling), y que consta tan sólo en el Atlas geográfico y físico. Es un magnífico dibujo de Gerard.

En primer plano representa las gradas de un teocali y la cabeza de una sacerdotisa o princesa azteca; al fondo el Chimborazo; considerado entonces como la más gigante cima de la Tierra. Como tema principal un cacique indio vencido y derrengado a quien Pallas Athenea consuela, con la rama del olivo y de la paz, y sostiene Mercurio, dios del comercio. Como leyenda la Humanitas. Literae. Fruges, de la Historia natural de Plinio. Expresiva de los tres escalonados designios que se propone Humboldt en su total labor por América.

«Humanitas», como principal preocupación por el hombre; «Literae», aludiendo a la Ciencia como estímulo del esfuerzo humano; «Fruges», por último, como fundamentando la existencia.

La influencia de Montesquieu, bien dieciochesca por cierto, la influencia del Espíritu de las leyes, late claramente y de modo del todo ortodoxo al juzgar de la fisonomía de ciertos restos de civilizaciones precolombinas. Lo que el filósofo bordelés aplica a estructuras políticas hace Humboldt con relación a manifestaciones artísticas. A tal influencia se debe el encontrar en Humboldt los gérmenes no del determinismo geográfico, a lo Ritter, sino del posibilismo a estilo de Vidal de La Blache.

En relación a este asunto son de recordar las líneas humboldtianas que se contienen en la Introducción del Atlas pintoresco:

«… presentando en una misma obra los toscos monumentos de los pueblos indígenas de América y las pintorescas vistas del país que estos pueblos han habitado, creo reunir hechos cuyas relaciones no han escapado a la sagacidad de aquellos que se entregan al estudio filosófico del espíritu humano. Aunque las costumbres de las naciones, el desenvolvimiento de sus facultades intelectuales, el carácter particular impreso en sus obras depende de un gran número de concausas que no son puramente locales, no puede dudarse que el clima, configuración del suelo, fisonomía de los vegetales y el aspecto riente o salvaje influyen sobre los progresos de las artes y sobre el estilo que distingue sus producciones… Esta influencia es tanto más sensible cuanto más alejado está el hombre de la civilización… Los pueblos americanos en los cuales encontramos monumentos notables son pueblos montañosos. Las obras que han producido llevan la impronta de la naturaleza salvaje de las Cordilleras.»

De análogo sentido y alcance son estas otras del Cosmos. La especie humana, unidad en la variedad, está sometida, «si bien en menor grado que las plantas y los animales, a las circunstancias del suelo y a las condiciones meteorológicas de la atmósfera, pero escapa más fácilmente al dominio de las potencias naturales por la actividad del espíritu, por el progreso de la inteligencia que poco a poco se eleva, así como también por la maravillosa flexibilidad de organización que se adapta a todos los climas, sin que por ello deje de participar esencialmente de la vida que anima a todo el Globo.»

CONTINUARÁ EN OTRA ENTRADA…

ENLACES RELACIONADOS

El espíritu de la Ilustración (Tzvetan Todorov).

Los últimos días de Emmanuel Kant (Thomas de Quincey).

Ensayo sobre las enfermedades de la cabeza (Immanuel Kant).

Los estudios de plantas y animales de Alberto Durero (Manuel Gutiérrez-Marín y Francisco Pérez-Dolz). Texto íntegro.

Las flores, la pintura y el Siglo de Oro.

El lenguaje de las flores.


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