AMANDA Y SU SOLEDAD

El baño, Botero, óleo sobre lienzo, 1989.

 

AMANDA Y SU SOLEDAD

En el patio de la casa de Amanda hay una alberca donde croan su amor dos ranas; en ese mismo patio, hará cosa de un año, la dueña juró que no continuaría sola su camino hacia la nada. Amanda elaboró un plan: cada mañana, justo antes de que los comercios subieran los cierres y aprovechando el buen tiempo que invitaba a los transeúntes a desayunar en las terracitas de los bares, ella pasearía su trenza, que entreteje cabellos negros y canos, por las aceras limpias con el rocío del alba.

Bajo los árboles caducos que, poco a poco, van vistiendo hojas tiernas, los pechos de Amanda se balancean. Hay gente solitaria y gente acompañada mordiendo churros, untando tostadas, leyendo la prensa, bebiendo café… Y ella va y viene contoneando sus anchas caderas, mientras los gorriones apuran sus trinos, pues son conocedores de que es breve el espacio que el tiempo le ofrece antes de que el bullicio inunde las calles.

El trayecto de Amanda no es largo, vive en un pequeño pueblo de montaña; allí las aceras desembocan pronto en la explanada donde se celebran sucesos señalados. De modo que Amanda anda varias veces por las mismas cuadras. La primera vez, va erguida y oliendo a flor de limonero; pero, poco a poco, las piernas se le cansan y el rostro se abrillanta con gotas de sudor. Antes de caer en la extenuación, antes de que las nubes se fijen al cielo por falta de brisa, Amanda saca de su pecho un pequeño abanico que deja caer, como el que no quiere la cosa, delante de la mesita del bar donde cree haber encontrado un caballero que comprenderá su reclamo.

«¡Eh…! ¡Espere…! Señora…, ¿es suya esta prenda?», cree que le dice un Fred Astaire, mientras se acerca a ella bailando por el bordillo de la calzada. Las pupilas de Amanda son lunas llenas cuando se inclina para recoger su abanico. La fantasía dura el tiempo que le lleva regresar a su casa; luego, escucha en el patio el croar de las ranas y piensa en el vestido que se pondrá mañana —Amanda lleva una vida deshojando margaritas y los batracios que hoy cantan son la sexta generación de la charca.

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