ANÁLISIS DE CONCIENCIA

Selene, Albert Aublet, óleo sobre lienzo, 1880.

Rezaba arrodillada ante el oratorio de su habitación, el tiempo corría y ella quería regalar paz a su conciencia.

Concha de tortuga, ébano, marfil y Palo Santo adornaban la estancia; sobre la mesilla de noche —al lado de la taza con aloja— la Guía de Pecadores de Fray Luis de Granada ocultaba las teatrales novelas de amor, verdadera causa de su perdición, pues le llenaron la cabeza de pájaros de bellos plumajes que, con el pasar del tiempo, se convirtieron en cuervos.

La sala de los tesoros, tan envidiada y codiciada por su entorno, acumulaba una gran fortuna obtenida en noches intensas de pasiones breves.

El tiempo había pasado deprisa. Ahora, con el dolor convertido en mueca, extendía la mano pidiendo el indulto.

Escuchó el canto del gallo —ave que saluda en nombre de Dios a los mortales— y supo que su hora había llegado.

«Oh, gozo infinito», «perdón» y «paz», son las palabras que pronunció antes de transformarse en destello.

firma gabriela6

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