ÁNGEL GAZTELU

«Miraba la noche el alma…»
Gaztelu

Tomo prestada de la heráldica de Fernando el Católico la frase «tanto monta» para resaltar dos particularidades de la biografía de Ángel Gaztelu  que son importantes para comprender su poesía: Gaztelu fue sacerdote y poeta, poeta y sacerdote. No hay orden de prioridades, pues Dios se encuentra presente en sus dos vocaciones con la misma intensidad.

Ángel Gaztelu nació en Navarra en  1914  y con trece años emigró a Cuba acompañando a su familia. En la Isla —que consideraba su patria— estudió en el Seminario Conciliar de San Carlos y San Ambrosio de La Habana, ordenándose como sacerdote en 1938. Gaztelu murió en Miami en el año 2003.

El Padre Gaztelu formó parte del consejo de redacción de la revista de arte y literatura Orígenes (1944-1956) y publicó sus  poemas bajo este sello editorial. Era amigo personal de José Lezama Lima, a quien conoció en 1932. Amigo y discípulo del escritor, pues, como él mismo reconociera, Lezama lo introdujo en el mundo de la buena literatura, lo orientó en sus lecturas y lo estimuló para que publicara sus poesías.

Lezama presentó los poemas de Gaztelu a Juan Ramón Jiménez, que los incluyó en la antología La poesía cubana en 1936,  publicado en 1937. Cuentan que el Padre Gaztelu no pudo asistir  a la lectura organizada para presentar el libro porque sus superiores entendieron que «era pecado».

Ángel Gaztelu fue un gran admirador y promotor del arte isleño. Encargó a arquitectos, escultores y pintores cubanos la restauración y decoración de las parroquias que estuvieron a su cargo (Nuestra Señora de la Merced de Bauta, la Iglesia del Espíritu Santo de La Habana y Nuestra Señora de la Caridad de Playa Baracoa, esta última levantada por él), creando una forma novedosa de representación, una simbiosis peculiar de arte moderno y culto católico donde los artistas rindieron sus respetos a la Gracia que les fue otorgada.

Hoy dejo aquí nueve poemas del Padre Gaztelu, nueve poemas que son como nueve azucenas, la flor siempre presente en sus poesías. Azucena, flor en la que encarnan la inocencia y el candor, flor que cuando aún no ha brotado, cuando se muestra en botón, significa hermosura y perdón.

La obra poética de Gaztelu nos cautiva por su sensibilidad, elegancia y lirismo, porque despierta nuestros sentidos, por la forma en que se acerca al hombre, a la naturaleza y a toda la Creación.

Por la Gracia de Dios, Ángel Gaztelu fue ordenado —«tanto monta, monta tanto…»— sacerdote y poeta, poeta y sacerdote.

Ilustro los poemas con cuadros del habanero René Portocarrero intentando abarcar la mayoría de las técnicas pictóricas que utilizó. Portocarrero fue amigo personal de Gaztelu y colaboró activamente en los proyectos parroquiales del poeta.

El cuadro que encabeza esta pequeña introducción se titula Figura orante y es de 1937.  Y como el arte me lo permite, como el orante de Portocarrero imagino yo al joven seminarista Gaztelu.

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Madonna con ángeles y niño, técnica mixta, 1945.

EL ROSTRO DEL MAGNIFICAT DE BOTICELLI

Tu frente de alumbrarnos nunca cesa,
absorta el alba en tu candor reposa:
nieve y espejo la azucena ilesa
copia tu hechizo y agua melodiosa.

Como la luz que en el trigal se espesa
granándose en la espiga rumorosa:
como el ala del día y su promesa
mansamente doblándose en la rosa.

Vuelcas la plenitud de tu rocío
al aire de tu clara primavera.
Gracias por el celeste señorío

de tu rostro invadiendo la ribera
de nuestra sombra, como el áureo río
de la luz invadiendo la vidriera.

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Paisaje y bohío, óleo sobre madera, 1954.

SONETO

Campo claro de luna gobernado
gana y extiende mi secreto empeño,
gozo de nieve ya por siempre amado,
nadando la honda agua de mi sueño.

Que dichoso así el cielo convocado,
dulce emigrando por su dócil ceño,
por donde va mi río abandonado,
de tanta claridad, seguro dueño.

Oh fuente, flor de luna, sensitiva
hija del alba y su estelar sosiego
guíame por tu cielo a la deriva,

Mientras el labio te suspira y nombra,
por tu clara provincia y flor de fuego
suéñame al amor de tu eterna sombra.

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Virgen y niño, acuarelas y tinta.

DE CÓMO EL SILENCIO FUE SONORO LA NOCHE DEL NACIMIENTO

Era el silencio por la noche plena
al filo del feliz alumbramiento,
como rabel que de afinado suena
al menor y sutil tacto del viento.

Velaba su Rocío la Azucena
pesando en su cogollo el firmamento;
y a su peso la nieve, ya serena,
doblaba su candor y cielo atento.

Destellando extremadamente bella,
asombrando la esfera en manso vuelo
caía al suelo la mejor estrella.

Resuelto en lenguas de alta plata el hielo,
era rabel de amor por la Doncella,
que adormecía en su regazo cielo.

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Ciudad flotante, técnica mixta sobre papel grueso, 1952.

PAISAJE

Ventana, a la luz lanzas
tus brazos, abres tus hojas,
como un pájaro sus alas
y haces la estancia sonora.

Traes las voces de la calle,
los ruidos de los pasos,
los perfumes vegetales:

ese cotidiano río
de los cabeceantes carros
y los salomónicos gritos
de los pregones frutales.

Te entregas también ventana
a las verónicas del aire,
con las familiares telas
tendidas en las solanas,
—oh polícromo oleaje—.

Allá, a lo lejos, un árbol
derrama su alzada copa
sobre los rojos tejados:
flechando su fresca fronda
llegan azorados pájaros.

Allá una aérea espadaña
fija su aguja de piedra,
donde tenue luz morada
quiebra el perfil de la tarde.
Desde la esquila lejana
llueve —sombra y sueño— el ángel.

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Ángel, grafito sobre papel, 1942.

CANCIÓN
—En Ávila,mis ojos…
Folklore castellano, siglo XV.

Miraba la noche el alma
y era tan fina su pena,
que deshojaba la calma
remota de la azucena.

Nunca, noche, comprendí,
como anoche tus querellas,
cuando en tu raudal bebí
efusión de tus estrellas.

(Y fue sin pausa mi llanto,
—el perderlas fue la causa—.
Y al hallarlas gocé tanto
que fue mi llanto sin pausa.)

Desde que así me has tocado
noche de agudas centellas,
ya no tengo más cuidado,
ni sueño que tus estrellas.

Ojos que me habéis mirado
tan profundamente el alma,
que toda la habéis ganado
para vuestra noche y calma.

Lumbres que me habéis herido
con ímpetu tan certero,
que morir a lo vivido
es vivir por lo que muero.

Miraba la noche el alma
y era tan clara su pena
que deshojaba la calma
y sueño de la azucena.

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La sirenita de Caibarién, tinta en papel, 1973.

ROMANCE Y ELEGÍA
—la poca flor de mi vida…
José Martí.

La niña subió a la torre
—palma de su pensamiento—,
toda encendida y resuelta
en viva pasión de vuelo.

A sus solas con las olas
por el mar de su deseo,
piensa que es proa la torre
enfilada a los luceros.

Por toda su frente cruzan
raudos pájaros de fuego
y secretas lenguas de oro
minan la flor de su pecho.

Cómo viaja con la torre
su flor alta por el cielo…
Más que la flor y la torre,
más vivo y agudo el sueño.

Una vehemente espina
le buscó la flor del pecho.
—Nadie vio cómo apartarla:
todo el pueblo estaba ciego—.

Peces de plata circulan,
golpeando sus pechos trémulos:
mil pájaros por la torre
de sus altos pensamientos.

Sus cabellos que relumbran
encandilan los vencejos;
los vencejos que en la tarde
apresuran los luceros.

A las siete de la tarde,
cuando el mar agranda el cielo,
cuando entreabren los crepúsculos
ventanas de espuma al sueño,

cuando en los parques los niños
fijan sus últimos ecos,
de la torre una paloma
salía nevando el viento.

Cómo relumbró la torre
con los halos de aquel vuelo,
que le llevaba la vida
con la mucha flor del sueño.

Las campanas se quebraron,
se pararon los vencejos;
una bandada de grullas
su nombre hilaba en los cielos.

La niña murió de amor.
Hilos de plata sus dedos,
se hundieron como raíces,
buscando su flor de fuego.

Aires tejieron cendales,
lirios sus rasos tejieron,
tiernas coronas de nardos
trenzaron por sus cabellos.

La luna que aparecía
por los vecinos oteros
le puso un cojín de plata
para su frente y su sueño.

Una caja de cristal
le bajaron de los cielos:
cuatro ángeles la llevaban
a enterrarla en un lucero.

La torre se hundió en la noche,
cerró el crepúsculo el cielo,
brillaron más las estrellas…
Nada de esto supo el pueblo.

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Mujer de perfil, aguada en cartón, 1979.

FORMAS DE BALADA

I

Tiemblan las raíces, crujen
bajo el caudal de las sombras,
hasta donde la piedra cae
y enmudece el agua sola.

Vibrando en la luz última
a la embestida del pájaro,
toca la estrella a la hoja,
que baja al árbol soñando.

Soñando el silencio se alza
con la forma del ciprés.
Rumor remoto la fuente
bordonea no sé qué…

No sé qué ráfaga azota
por donde sueño y marcho,
hollando oscuras semillas,
fragmentos de yertos astros.

(Marchan riberas del río
que se hunde en la lenta tarde.
Soñar la bruma violeta
acampando en los pinares).

Rumor antiguo de musgo
quiebra el agua por la piedra.
Frente al azogue nocturno
desnuda tiembla la tierra.

Tiembla la tierra, cruje
desde sus sordas raíces,
mientras renace la noche
dilatándose en el aire.

II

Hasta donde el silencio se alza,
hasta donde la piedra nace,
hasta donde sueña el agua
y gime en la forma del sauce.

Trae el aire con la sombra
no sé qué extrañas voces
de aguas y crujientes hojas
doblando la espadaña de la noche.

Viene errabundo sobre los árboles
con sus rondallas de laúdes
el ancho mar insomne.

Rondando por las arenas
llega con ecos oscuros
y cifras de las estrellas.

Reptando sobre el césped
se avecina el silencio
con su gran rumor verde.

Peso y temblor de la noche
bordea el muro del patio
y la hiedra gris recorre.

Y así solo entresoñando
se para la noche insomne
lamiendo el musgo del patio.

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Flores, óleo sobre lienzo, 1964.

PARÁBOLA

I

Sombra de la noche
yerra por los álamos.
Su secreto a voces
recorre los ramos.

Altos son los caños
de la serranía,
donde bala el aire
y el águila anida.

Altos son los caños
donde el agua suena,
despertando el duro
sueño de la piedra.

Altos son los caños
de la noche fría,
donde gime el agua
su sueño de espiga.

Por los altos caños,
norte del balido
subía buscando
la flor del aprisco.

Por los altos caños
donde daba el agua,
batía la luna
albricias de plata.

Con la noche oscura
se alejaba el río.
Su sombra de ciervo
creaba el hechizo.

Creaba el hechizo
pecho de azucena,
isla de la nieve
que una flor gobierna.

II

Sombra de la noche
corre por los caños
altos de la sierra.
Plata de los álamos

Sus hojas preguntan;
suspiros y pasos
suspenden los aires
y tiemblan los ramos.

El agua callaba
silencio de piedra.
A golpes de alondras
brotan cinco estrellas.

Cruzando la noche
contra las corrientes,
a punta de zarzas
las huellas florecen.

Cuando la encontraba
por los altos riscos,
puro y reluciente
cuajaba el rocío.

Cuando la encontraba
y la requería,
blanca y colorada,
la rosa nacía.

Lucero hechizado
disuelve su nieve.
Raudas hieren altas
gargantas celestes.

Altos son los caños
anchos de la sierra,
donde el agua canta
ganancia de piedra.

Altos son los caños,
altos, que relumbran.
A paso de ciervo
huía la luna.

Por las blancas selvas
que el alba florecen.
A paso de ciervo
huyen las corrientes.

Agua amanecida
cítara de plata
canta el aleluya
raudo de la gracia.

Agua amanecida
rauda de la gracia,
mi secreto a voces
por las ramas canta.

portocarrero

Crucifixión con mariposas, acuarela, 1942.

VOZ EN EL DESIERTO

Hay un camino de luz
que guía a todo hombre que va por el mundo:
el camino hacia la casa del Padre.
Un camino real trazado por el dedo de Dios,
el dedo de Dios que rasga las tinieblas de toda noche
y abre el camino del agua hacia el Espíritu.
Tal la escala por donde asciende toda pura forma,
desde el rumor del agua batida por el ángel,
hasta el esplendor de la alígera gloria del Espíritu:
escala florida y fragante de la palabra,
desde el río en la forma bautismal de la Paloma,
hasta el arrobo pentecostal de las lenguas de fuego.

Hay un solo camino desde el principio,
es el del Espíritu flotando sobre las aguas,
hasta el fin y corona de los signos
por la fuerza y gracia de la palabra.

Y se oyó en el medio del camino
la voz de Juan a orillas del Jordán,
el río del perdón, testigo de las voces y signos
de Juan el Bautista, el hombre enviado de Dios,
heraldo de la luz y su atalaya divino.

Y su voz sonó poderosa por el desierto:
¿Qué es lo que saliste a ver en estas soledades?
¿Alguna caña batida por el viento?
Tal era Juan, como una caña
no en debilidad, sino en docilidad,
siguiendo el sesgo y forma del Espíritu,
vibrante al rumor de la Paloma.
Tal su voz, como sonar de muchas cañas secas,
batidas por el viento del desierto,
voz de muchas cañas secas
arrasadas por el fuego del espíritu.

Y desde remotas tierras acudían las gentes,
atraídas por el fuego de sus palabras.
Y era de verlas en temor y temblor
bajar al Jordán, lustral y misterioso.

Era el inicio del nuevo rito,
el estreno del rito lustral del agua
cobrando su real y gracioso sentido.
La voz de Juan sonaba sobre el rumor del río:
—Ya estáis limpios: dejad las aguas,
como ellas limpian vuestros cuerpos,
limpiad con las de la penitencia nuestras mentes y sentidos.
Levantad vuestros ojos y mirad:
que el que ha de venir, está ya en la puerta y llama,
trayendo el real bautismo de la gracia
y el triple testimonio del agua, de la sangre y el Espíritu.
Mirad clamaba Juan,
que yo para eso nací,
para dar testimonio de la luz;
yo, que vi el espíritu descender como paloma
y reposar con sus siete rayos sobre su frente.
Alzad vuestros ojos y ved al que pasa.
Ese es el Cordero de Dios,
el que quita los pecados del mundo.

Y algunos de los discípulos del Profeta
limpios ya por el agua de la penitencia,
como empujados por las palabras ardientes del Profeta,
fueron hacia el Cordero, suspirándole:
¿Dónde moras, Rabí? Desde ahora y para siempre
permite te sigamos donde vayas:
Tus caminos serán nuestros caminos,
y tu casa será nuestra casa.
—Venid y ved. Yo soy el camino
que lleva a la casa—.
Y le siguieron absortos y hechizados
como quienes avanzan por caminos de sueños.
Avanzaban con el día.
Un tropel de pájaros hacia la tarde
rompió por el sendero.

fin

Publicado en Linden Lane Magazine, invierno, 2016.

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