BOCARTE Y BOQUERÓN

Dibujo de María Gabriela Díaz Gronlier

(La escena que narro a continuación tuvo lugar una mañana en la que un arcoíris aparecido en el cielo regaló a la tierra cántabra luz y color.)

—Apresúrense, por favor, pronto comenzará la lección —avisó la gata Anchoa a sus hijos Bocarte y Boquerón, y, dándoles un beso en sus morritos, marchó para tener una conversación previa con el profesor.

Por el sendero, Anchoa se encontró con un escarabajo bronceado que se encaminaba con paso lento hacia el prado dorado por los rayitos del sol: «¿Vas al cole?», le preguntó. «Sí, hoy será divertido; ¡colorearemos!», contestó el insecto, continuando su trayecto.

Atravesando una huerta, donde reinan tomates, lechugas y habichuelas, mamá gata se dirigió hacia una pequeña colina. Allí, divisando el horizonte, la esperaba el maestro, un alegre espantapájaros con las manos siempre alzadas, sombrero de ala ancha y zapatones de cordón.

—Buenos días, maestro. Hoy mis niños recibirán su primera lección —dijo, emocionada.

—Serán bien recibidos y… ¡marcharán aprendidos! —contestó el profesor.

Mientras tanto, a la sombra del castaño, que era el «patio» de la escuela, se daba la siguiente situación:

—Cric, cric, cric, cric —charlaba el grillo Marrón.

—Pío, pío, pío, pío —llamaba a su madre el pollito Amarillo.

—Cruac, cruac, cruac, cruac —cantaba la rana Verde.

—Oenc, oenc, oenc, oenc —contaba bellotas el cerdito Rosa.

—Cua, cua, cua, cua —recitaba Blanca, una pata tan blanca como el arroz.

—Iiiih, iiiih, iiiih, iiih —Negro, el caballo percherón, indicaba que llegaban ¡Bocarte y Boquerón!

—Bzzzz, bzzzz, bzzzz, bzzzz —recordaba el escarabajo Rojo la materia acordada.

—Hiiiic, hiiiic, hiiiic, hiiiic —Gris, el ratón que tocaba el acordeón, entregaba hojas de higuera para que los alumnos escribieran en ellas.

—¡Todos a sus puestos!  —expresó con alegría el profesor de sombrero de ala ancha y zapatos de cordón—.  ¡Ha llegado la hora de enseñar los colores a Bocarte y Boquerón!

—¡Ssssss, sssss, ssssss, sssss…! Comienza la clase y es deber hacer silencio para que llegue la concentración —avisó el cambiante camaleón.

Y bajo el cielo Azul comenzó la asignatura. Cuando la lección terminó, la gata Anchoa puso un mantel sobre el césped y de una cesta de mimbre sacó una jarra enorme de leche, vasos y unos sobaos de mantequilla. Cuantos ¡hurras! gritaron los escolares, pues no hay mejor recompensa que una… ¡sabrosa merienda!

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