“En aquellos dos últimos años de vida, que transcurrieron entre Florencia y Certaldo, (Boccaccio) tenía presentes las notas que iba escribiendo sobre la COMEDIA (Dante), y así le sorprendió la muerte en diciembre de 1375, quizá envuelto en la piel de ardilla que Petrarca le había legado en su testamento para que pudiera estudiar en las frías noches de invierno”.

Retrato de Giovanni Boccaccio, Cristofano dell’Altissimo, óleo sobre lienzo, 1568.

Tres de las grandes voces que levantaron los pilares del humanismo europeo en la literatura se escuchan en esta conferencia que nos traslada al siglo XIV italiano. Desde allí, desde el prerrenacimiento, tres hombres laureados se sumergen en la Antigüedad, rescatando y adaptando a su tiempo el pensamiento greco-latino.

En Boccaccio humanista y su penetración en España, el italianista Joaquín Arce analiza la figura del autor del Decamerón. Giovanni Boccaccio (1313-1375) aparece en este texto como el escritor-enlace entre la obra de Francesco Petrarca (1304-1374) y la de Dante Alighieri (1265-1321). Arce nos cuenta cómo Boccaccio consiguió que el erudito Petrarca leyera con ojos menos elitistas la Divina Comedia, escrita, como sabemos, en lengua romance y no en latín ilustrado. Boccaccio rescató a Dante y lo introdujo en la lista de los grandes clásicos -fue Boccaccio quien añadió a la Comedia el adjetivo “divina”-. Boccaccio rescató, también, la literatura griega antigua. Encargó traducciones de la Ilíada y de la Odisea, escribió en latín y escribió en estilo vulgar (en dialecto toscano, como Dante), nos dice el conferenciante. Boccaccio…, no, no sigo, si quieres saber más sobre el humanismo dantista, petrarquesco y boccacciano tendrás que leer a Joaquín Arce.

La disertación está dividida en ocho partes. En la conferencia se analiza la literatura de Dante, Petrarca y Boccaccio, señalando coincidencias y diferencias, y se muestra la relación de Boccaccio con el humanismo español y con el pensamiento medieval, entre otros temas. El principio del humanismo europeo es narrado con agilidad y pericia y la lectura, además de didáctica, se vuelve placentera.

Joaquín Arce Fernández (1923-1988) está considerado el primer y mayor maestro de la literatura italiana en España. Fue su tesis doctoral Premio Menéndez Pelayo en el año 1956. Fue catedrático de Lengua y Literatura Italianas en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la Asociación Internacional de Italianistas. Arce publicó más de sesenta títulos relacionados con el tema que nos ocupa. Entre ellos encontramos La lengua de Dante en la Divina Comedia, España en Cerdeña, La poesía del siglo ilustrado, Literaturas italianas y españolas frente a frente, Tasso y la poesía española

Ilustro el discurso con los grabados que aparecen en el facsímil dedicado a la obra de Boccaccio titulada De las mujeres ilustres, facsímil realizado por Vicent García Editores y del que guardo un ejemplar en mi biblioteca. El volumen reproduce el incunable impreso por Pablo Herus el 24 de octubre de 1494. El libro cuenta con setenta y cinco grabados, he seleccionado ocho para abrir los capítulos.

En De las mujeres ilustres, Boccaccio recoge un centenar de historias femeninas. El libro comienza con Eva y finaliza con una contemporánea suya: la reina Juana I de Nápoles (1328-1382). Como curiosidad es de destacar que el autor evitó las semblanzas de santas y mártires cristianas. Este título es mencionado por Joaquín Arce en su charla.

Boccaccio humanista y su penetración en España fue leída en la Fundación Universitaria Española el 25 de abril de 1975, la institución la publicó en su colección Conferencias.

Hecha la presentación, pasemos al texto.

BOCCACCIO HUMANISTA Y SU PENETRACIÓN EN ESPAÑA

I
UN CENTENARIO (1375-1975) Y UN AÑO CLAVE :1350

Dos motivos hay, en este año 1975, para tratar del tema que la Fundación agudamente ha elegido: es el primero, el de que en diciembre de este año se cumple el VI centenario de la muerte de Giovanni Boccaccio, que tuvo lugar en el pueblecito de Certaldo, en la Toscana, muy cerca de Florencia, de donde era originaria su familia. Quizá él mismo nació también en Certaldo, pero se duda entre este pueblo y la misma Florencia, por la que se inclinan más los especialistas actuales, tras descartar la leyenda más o menos romántica que le suponía nacido en París.

Si es el centenario, sin duda, el motivo preferencial que obliga a tratar de Boccaccio, no puede ni debe descartarse otro motivo más sutil, y que reside en el hecho de que este año sea un Año Santo, aspecto que imagino también muy del agrado de don Luis Morales Oliver. La periodicidad de los Años Santos ha ido cambiando con los tiempos, y en el presente siglo se han celebrado cada veinticinco años. Pero el segundo Año Santo que la Historia registra tuvo lugar a cincuenta años del primero, que fue el de 1300, el año en que Dante imagina su viaje de ultratumba, a pesar de haber convocado este primer jubileo Bonifico VIII, el Papa enemigo del poeta y al que este introdujo en el infierno.

Con ocasión precisamente de este segundo Año Santo, en 1350, tuvo lugar en Florencia un encuentro trascendental para los destinos de las letras europeas en relación con el tema que estamos tratando: Petrarca peregrinó a Roma para ganarse el jubileo, se detuvo en Florencia, de donde salió a recibirle Boccaccio, y hasta le albergó en su propia casa durante unos días. Aunque era ya altísima la fama de Petrarca, Boccaccio no le conocía de persona, y aquella inicial reunión, seguida más adelante de otras más fecundas, junto con el intercambio de epístolas latinas, que desde entonces se escribieron, serán fundamentales en la génesis del humanismo europeo.

Boccaccio, en los años centrales del siglo XIV, antes de cumplir los cuarenta, se ha convertido en la figura de mayor prestigio cultural de la Florencia de entonces, y durante esos veinticinco años finales que le restan de vida será personaje de elección para representar a su ciudad en las más delicadas misiones. Fue incluso en ese mismo año de 1350 cuando se le encomendó acudir a Ravena a entregar 10 florines de oro a sor Beatriz, hija de Dante, muerto casi treinta años antes, como resarcimiento simbólico por los daños causados a su padre.

Me es así grato recordar que sea en un mismo año cuando se den unas circunstancias que ligan humanamente a Dante, Petrarca y Boccaccio, centradas en el último, como síntesis de estima y veneración por sus dos predecesores. Y es por entonces también cuando está dando forma definitiva al Decamerón, narrativamente encuadrado, como es bien sabido, en torno a la terrible peste negra, la de 1348, descrita con evidencia dramática en la famosa introducción a los cien cuentos.

Es de tal entidad el progresivo desarrollo de actitud, más que un brusco cambio de dirección, en la obra boccacciana durante esos años, que después del Decamerón, al que se entrega entre 1349 y 1351, sólo escribirá una obra en italiano, de pura creación, el Corbaccio, mientras serán sus obras latinas de cultura clásica y de preocupaciones moralizantes las que ocuparán los dos últimos decenios de su vida. Empieza a quedar lejos aquella alegre y despreocupada juventud napolitana, la de los amores con la conocida Fiammetta, que, a pesar de la versión literaria del autor, tampoco fue hija natural del rey Roberto de Anjou. Y es este Boccaccio el que, tras los años de la peste y del encuentro con Petrarca, sentirá la comezón por problemas de alcance moral, vertidos en sus obras latinas de erudición.

II
EL MAGISTERIO DE PETRARCA

Petrarca sólo tenía nueve años más que Boccaccio y, sin embargo, este le consideró siempre un maestro. Alcanzada en Roma la buscada indulgencia plenaria, Petrarca se detiene nuevamente, a su regreso, en Florencia. El intercambio, sin embargo, humano y cultural más fecundo, el auténticamente decisivo, tuvo lugar un año más tarde, en 1351, en Padua. Entonces fue el anfitrión Petrarca, ya que Boccaccio acudía, en nombre de la Señoría de Florencia, para invitar oficialmente al padre del humanismo a que aceptara una cátedra en la Universidad florentina y para comunicarle la restitución de los bienes confiscados a su padre, el notario ser Petracco, que había sido exiliado de Florencia en el mismo año que Dante. (Desgraciadamente, la historia de los hombres está llena de exilios políticos, con la triste secuela que todos conocemos y su trágica incidencia en el orden cultural).

El honor que a Petrarca se concedía con la cátedra universitaria fue rechazado. Y ello se explica; tales cargos no eran para él, que había logrado crear un tipo humano distinto, había logrado reencarnar el ideal clásico del “ocio”, del ocio fecundo que se consume en el estudio y en la meditación.

Boccaccio había sido, en este aspecto, muy diferente. En su juventud napolitana se había dedicado a actividades mercantiles, a las que quería encaminarle su padre, importante agente comercial de una poderosa compañía florentina; después había consumido casi otros seis años en estudios canónicos, que era entonces profesión más lucrativa. Y junto a estas ocupaciones se extienden entonces sus múltiples experiencias humanas y culturales, su amor rendido a la Naturaleza y a las mujeres. Él, hijo natural -aunque no de un parisiense, como ya he dicho-, dejó otros cinco hijos, por lo menos, y todos ilegítimos. En cambio, serán bien distintos esos últimos veinticinco años de su vida, años de estudio y de orientación filológica, transcurridos, salvo viajes ocasionales y visitas a Petrarca, entre Florencia y Certaldo.

Además del trascendental encuentro con Petrarca, otra extraña entrevista, acaecida en 1362, será también decisiva para Boccaccio. Fue un monje el que entonces se le presentó, en su retiro de Certaldo, siendo portador de un mensaje póstumo de un cartujo, después beatificado, Pietro Petroni, en el cual se incitaba a Boccaccio y a Petrarca a que abandonaran las glorias mundanas y el cultivo de las letras para mejor atender a su eterna salvación.

Mucho se ha fantaseado en torno a este enigmático episodio, pero el testimonio que se conserva de esa visita, una epístola de Petrarca, no alude -como se ha repetido- a que fueran los motivos desenfadados u obscenos de la obra del Boccaccio juvenil la causa de tales admoniciones. Se trataba en realidad de una no excepcional reacción polémica contra la poesía en cuanto ocupación mundana. Si la respuesta de Petrarca a Boccaccio es, por un lado, la fuente de este misterioso encuentro, que, sin duda, preocupó al autor del Decamerón, por otro representa un análisis sereno del mensaje profético recibido, cuya autenticidad ponía en duda el gran humanista, para llegar además a la conclusión de que no tiene motivo para abandonar los estudios literarios quien a ellos se ha dedicado desde siempre. Sin embargo, añadía, si Boccaccio persistía en la idea de desprenderse de sus libros, él se los compraría para enriquecer aún más su biblioteca.

III
EL HUMANISMO DE BOCCACCIO FRENTE AL HUMANISMO DE PETRARCA

Hemos centrado, pues, los años de más efectiva atención humanística de Boccaccio. Y su humanismo sólo lo entendemos adecuadamente visto en relación, de analogía y contraste, con el de Petrarca. El Humanismo, maduro ya en la Italia del siglo XV, señalaba a Petrarca como un auténtico precursor. Y ello no significa que en él aparezcan los primeros síntomas de una renovación a través de los estudios clásicos, sino que con él culmina un actitud coherente de clara ruptura con la tradición medieval, sobre todo en el aspecto filológico: es su posición crítica ante los textos que estudia, poniendo en tela de juicio las opiniones existentes; es su búsqueda apasionada de códices antiguos, para lo que tanto le sirvió su estancia en Aviñon, que le permitió el acceso a los manuscritos de las catedrales francesas; es su gusto por un latín amoldado a los cánones retóricos y estilísticos de los clásicos, sobre todo a Cicerón y a Séneca. Y ese su instinto filológico le lleva a percibir el auténtico pálpito de la antigüedad, nunca olvidada, como es bien sabido, a lo largo de la Edad Media, pero que iba arrastrando una serie de nociones no controladas, y hasta enturbiadas por una superpuesta interpretación moral o alegórica que desviaba el genuino sentido de los textos.

Es, en su conjunto, este revivir el ideal del mundo antiguo, para alcanzar el sentido integral del hombre a través de los studia humanitatis, lo que Boccaccio vería representado en el “magister” Petrarca. Claro que el discípulo no logró recuperar aquella plenitud de ocio intelectual, aquel vivir inmerso en soledad y estudio. Y el suyo resulta un humanismo menos seguro y afinado, incluso a nivel lingüístico, pues su lengua latina carece de la corrección y del refinamiento estilístico propio del maestro.

Sin embargo, su papel en el prehumanismo trecentista tuvo un especial significado, aunque distinto. Y, frente a la disminución cualitativa, Boccaccio supone una ampliación de las preocupaciones humanísticas en dos direcciones: en el de las mismas literaturas antiguas y en el de la literatura italiana. Para Petrarca, la literatura superior era la latina, modelo irrepetible (téngase presente que estos autores no conocían el griego, y lo que de literatura griega saben es a través de resúmenes o versiones latinas).

Boccaccio tuvo, en cambio, la intuición de una mayor amplitud de intereses, y es quizá el primero que sintió la unidad de la cultura grecolatina. Dentro de su habitual contención, tiene por una vez un alarde de envanecimiento, al final de su vida, cuando proclama en la conclusión de su Genealogía Deorum: “Yo fui el primero, y a mis expensas, que hice volver los libros de Homero y de otros autores griegos a la Toscana, de donde habían desaparecido desde hacía siglos sin esperanza de regreso”. “Ipse insuper fui, qui primus… revocavi”: “Yo fui el primero”. ¡Qué clara conciencia del mundo que abría!

Y, efectivamente, Boccaccio alojó en su casa, durante dos años (1360-1362), a un clérigo calabrés, Leonzio Pilato, que, a diferencia de su casi homónimo antiguo, no debía de ser muy amigo de lavarse ni las manos ni el resto, pues despedía un nada grato olor. Algo así como lo que, con otro motivo, y en muy distinta ocasión, llamó Dámaso Alonso un “casposo dómine”, con su largo pelo desgreñado y barba descuidada, ineducado e insolente además. Y Boccaccio le soporta dos largos años, mientras el clérigo traduce la Ilíada y la Odisea, y le introduce en la literatura helénica.

IV
BOCCACCIO Y EL CULTO A DANTE

Esta extensión cultural del mundo antiguo, que representa la adquisición de la literatura griega, en Boccaccio se hace compatible, a diferencia de Petrarca, con lo que pudiéramos llamar el humanismo volgare de la tradición italiana, el expresado en lengua romance y no en el latín de los doctos. Este humanismo “vulgar” lo representa nada menos que la obra de Dante, por quien Boccaccio sintió a lo largo de su vida tal simpatía y devoción que serían por sí solas merecedoras de un estudio particularizado.

Ello contrasta precisamente con la actitud de Petrarca -que menciona una sola vez, y ocasionalmente, a Dante en su Cancionero-, el cual no mantuvo, respecto a su predecesor, como ha llegado a decirse, una posición despectiva o de ignorancia, pero al que sí es justo reconocer un cierto desdén y un evitar el pronunciarse abiertamente sobre Dante. Cuando llega a hacerlo fue precisamente incitado, provocado por Boccaccio. Y no deja de ser sugestivo que conozcamos las interioridades de estos dos poetas a través de las epístolas latinas que se intercambiaron.

El respeto y estima que en todo momento manifestó Boccaccio por Dante es conmovedor. Petrarca, en cambio, no podía ocultar que la Divina Comedia por estar escrita en volgare, no podía merecer el máximo aprecio de los doctos. Cierto es, sin embargo, que, ante las preguntas de Boccaccio, Petrarca se ve obligado a definirse, confesando que si se había mantenido alejado de la Divina Comedia, había sido para no dejarse influir por ella, prevención que ya no tenía cuando consideró su personalidad definitivamente formada. Incluso le llega a reconocer en otra epístola, tras acusar a Boccaccio hasta de soberbia por haber este pretendido destruir sus poesías italianas al considerarlas inferiores a las rimas petrarquescas, que en el estilo “vulgar” correspondía a Dante -aunque siempre evita la mención explícita- el primer lugar, y que, por su parte, hasta estaría dispuesto a cederle el segundo a Boccaccio. En todo ello se puede reconocer la clara conciencia que Petrarca tenía de su superioridad filológica en el alto estilo latino.

El máximo honor y satisfacción que a Boccaccio pudieron darle lo representa la invitación oficial que le hicieron para que comentara públicamente la Divina Comedia en una iglesia de Florencia. Dante se elevaba así a la categoría de un clásico antiguo. Fue ya en 1373, y las lecturas públicas, que habían sido pedidas por muchos ciudadanos, comenzaron en el mismo año. Envejecido, sin embargo, y hasta enfermo el devoto dantista, tuvieron los comentarios que interrumpirse, y así se conservan sólo hasta el canto XVII del Infierno. En aquellos dos últimos años de vida, que transcurrieron entre Florencia y Certaldo, tenía presentes las notas que iba escribiendo sobre la Comedia, y así le sorprendió la muerte en diciembre de 1375, quizá envuelto en la piel de ardilla que Petrarca le había legado en su testamento para que pudiera estudiar en las frías noches de invierno.

Es así como la trilogía Dante, Petrarca, Boccacio se muerde la cola, al ligarse el último, por su decidida devoción con el primero, restaurando el vínculo que parecía haberse desviado con Petrarca, el auténtico precursor del Renacimiento. Boccaccio se presenta, pues como más “medieval” que Petrarca y, sin embargo, y a pesar de todo, como auténtico humanista a su manera.

V
¿BOCCACCIO HUMANISTA O BOCCACCIO MEDIEVAL?

Se plantea entonces una cuestión: ¿Boccaccio humanista, y por tanto prerrenacentista, o Boccaccio medieval? Para ello me apoyo en el título de un libro debido al máximo boccacista italiano, Vittore Branca: Boccaccio medievale (de 1956, pero hay edición de 1970). Título no carente de intención polémica, que no pretendía, sin embargo, encerrar o limitar el alcance de la producción de nuestro autor, sino verlo en la concreta realidad de su tiempo, de su siglo XIV, como creador de la epopeya de la nueva clase mercantil y burguesa.

El aparente dilema se resuelve si estimamos que no debemos admitir fatalmente una progresión Dante-Petrarca-Boccaccio, considerando, como hacía la crítica decimonónica, que el primero es sólo Edad Media, que el segundo la supera, y que Boccaccio representa la burla de esa misma edad. Las tres grandes figuras del siglo XIV italiano no se hallan en desarrollo ascendente ni en oposición: por el contrario, se complementan. Por tanto, y volvemos a Branca, la Divina Comedia y el Decamerón no se contraponen, sino que este es el aspecto integrador de aquella, y constituye precisamente, frente a aquel título emblemático, la comedia humana del otoño de la Edad Media en Italia.

Podemos así explicarnos que, en el ámbito del humanismo, Boccaccio, por su formación más tardía y lenta, menos intensa, no alcance la madurez, la seriedad, la competencia filológica del “magister” Petrarca, y que resulte, por consecuencia, más arcaico que él. No se puede, con todo, negarle su peso específico en el desarrollo del humanismo, aun siendo hombre muy de su tiempo y de su siglo.

Que su preocupación humanística se quede a veces en la superficie, lo demuestra claramente su manía por los títulos helenizantes, algunos bárbaramente formados. Más correcto es el más conocido, Decamerón, para el que se vale del numeral deca y del genitivo plural de “días”, forjado a su vez sobre los antiguos Hexaemeron, referidos a las seis jornadas de la Creación. Pero Filóstrato y Filócolo, títulos de dos de sus obras en italiano, en verso y en prosa, respectivamente, son compuestos arbitrarios, incluso erróneos. En ambos casos se parte de suponer que philos es “amor”, no “amante” o “amigo”; si el segundo elemento de la primera obra es stratós, o sea “campo de batalla”, Filóstrato -nombre también de uno de los narradores masculinos del Decamerón– pasa a significar “vencido de amor”. El elemento final en Filócolo es, según él, el griego colon, al que atribuye, confundiéndolo con cópos, el significado de “fatiga” (mientras sería en realidad “bilis” o “furor”), de donde el nombre pasa a equivaler, en la interpretación boccacciana, “fatiga de amor”.

Téngase presente, sin embargo, que estas obras son anteriores a los dos últimos decenios de la vida del autor, de más intensa preocupación erudita y cultural. Por otra parte, incluso en España parece haber una muestra de este tipo de creaciones lingüísticas. Juan de Mena, en efecto, añadió a su poema La Coronación unos comentarios a los que llamó pedantescamente Calamicleos, título explicado por el mismo autor como compuesto del latín calamitas, “miseria”, y del griego cleos, “gloria”, por lo que el conjunto pasa a significar “miseria y gloria”: formación extravagante surgida quizá por las de Boccaccio.

Humanista Boccaccio, pues, por sus temas, por su erudición clásica, por la forma incluso de que gozó entonces (su casa florentina fue en los últimos quince años de su vida casi un centro del naciente humanismo, ya que en ella se reunían estudiosos del norte y sur de Italia); pero, a pesar de todo, más aferrado que Petrarca a los hábitos mentales del Medioevo.

VI
BOCCACCIO Y EL HUMANISMO ESPAÑOL

En contraste con el orden cronológico de composición de sus obras, el Boccaccio primeramente conocido fuera de sus fronteras, y no sólo en España, fue el Boccaccio humanista, el autor de biografías femeninas ilustres y de grandes hombres caídos en desgracia, el compilador de repertorios mitológicos y geográficos, de tan frecuente consulta por la erudición medieval. Es decir, que la historia del interés por Boccaccio en la cultura europea occidental se centra, en el siglo XV, en torno a sus obras latinas. Ello no supone que fuera desconocido el resto de su producción, sino que tiene una presencia menor y más tardía. Así, por ejemplo, en la biblioteca del Marqués de Santillana, traducidas o en lengua original, estaban prácticamente todas las obras de Boccaccio, salvo el Decamerón; un ejemplar de este consta, sin embargo, en la biblioteca de Isabel la Católica.

Que a Boccaccio se le asigna desde el primer momento un alcance moral, lo demuestra claramente en España una religiosa, Teresa de Cartagena, que, a instancias de la mujer del poeta Gómez Manrique, escribió un tratado titulado Admiración de las obras de Dios. Pues bien, entre sus citas de libros sagrados, Padres de la Iglesia y filósofos, no olvida la mención de la autoridad de Boccaccio. Con este carácter moralista y docto -aunque fue también temprana la difusión de alguna de sus obras en italiano, como la Fiammetta y el Corbaccio-, adquirió inmediata e indiscutida nombradía. Es más, de los tres grandes autores italianos medievales, es de Boccaccio de quien tenemos más testimonios de códices antiguos existentes en España. A más de treinta llegan estos códices de las bibliotecas españolas, del siglo XV y hasta algunos del siglo XVI, que se desparramaron por grandes ciudades y bibliotecas, como Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Toledo, El Escorial, y hasta por pequeños lugares, como Burgo de Osma, Peñíscola o Benavente. Y de todos esos códices, los predominantes son los de las obras latinas más difundidas en nuestro siglo XV, De Claris Mulieribus y De Casibus Virorum Illustrium, a los que hay que añadir en tercer lugar la Genealogía Deorum Gentilium.

Aparte este último repertorio de erudición mitológica, quizá la más completa mitografía existente, cuyas fábulas no sólo están narradas en función del estricto contenido, sino interpretadas muy medievalmente en sentido alegórico-moral, las otras dos obras son auténticos tratados enciclopédicos de carácter histórico-biográfico.

En el De Casibus, el autor imagina que las sombras de los más ilustres varones de la antigüedad -desde Adán a sus contemporáneos- se le aparecen para contarle sus aventuras y desventuras, con la intención de mostrar la fragilidad de la fortuna de los hombres, independientemente de su propio mérito. Todos ellos -personajes bíblicos, legendarios e históricos- cayeron del alto estado en que se encontraban a la infelicidad y miseria. De ahí el título del De Casibus, vertido en castellano por el primer traductor con “caídas”, palabra que adquiere en la lengua literaria española de entonces, y gracias a Boccaccio, esa acepción moral referida a la desgracia final de grandes hombres.

Complementaria de la anterior es la serie de biografías de mujeres famosas, De Claris Mulieribus, más de un centenar, que abarca desde Eva hasta la contemporánea Juana, reina de Nápoles. El destino y la orientación femenina de varias de las obras de Boccaccio se pone aquí también de manifiesto con este conjunto de figuras de la historia griega, romana y hasta de la mitología o la leyenda, mientras se excluyen, en cambio, frente a sus seguidores españoles, las santas de la historia cristiana.

Quizá fue el De Casibus la primera obra que se conoció en España. Y ello fue debido a que don Pero López de Ayala la tradujo en los años finales de su vida. Si tenemos en cuenta que su muerte tuvo lugar en 1407, se puede asignar a los primerísimos años del siglo XV, e incluso a los últimos del XIV, esa versión que dejó incompleta, y que fue luego ultimada en 1422 por el obispo don Alonso de Cartagena, y publicada completa, por tres veces, entre fines de ese siglo y primeros decenios del siguiente. Pero de la presencia y vicisitudes de las obras latinas y romances de Boccaccio en España ya dio amplia relación en su día Arturo Farinelli. No es, pues, el caso de repetir datos y hechos ya conocidos, sino más bien de precisar las directrices generales de esta influencia.

VII
SIGNIFICADO DE LA INFLUENCIA DE BOCCACCIO EN ESPAÑA

Si agrupamos por temas generales el alcance que la obra de Boccaccio tuvo en España, posiblemente el de mayor difusión es el de la misoginia con su contrapuesto de profeminismo. Boccaccio es autor, en italiano, del Corbaccio, una de las más feroces sátiras antifeministas que se han escrito. Imagina que en sueños se le aparece el espíritu del marido de la viuda -que se había burlado públicamente de las cartas de amor del poeta- para sacarlo del laberinto de amor (subtítulo de la obra), o “pocilga de Venus”, en que se halla metido, revelándole los vicios y defectos de su mujer y de las demás en general.

Bien conocido es en la literatura castellana el Corbacho, del arcipreste de Talavera, título que no se debe al autor y que le fue impuesto por el recuerdo de la obra italiana. Sin embargo, la prosa vivaz y jugosa de la obra española, e incluso su contenido, poco o nada tienen que ver con el pretendido antecedente. Es más, el único pasaje que tiene clara vinculación con Boccaccio es la disputa entre Pobreza y Fortuna, ya señalado por Farinelli y Menéndez y Pelayo. Pues bien, el trozo original que ha dado base a la imitación no se halla en el Corbaccio (del que se ha reconocido un auténtico plagio en el Somni, del catalán Bernat Metge), sino en el De Casibus. Y aunque Farinelli afirme que proviene del original latino, yo estoy convencido -pero no tengo tiempo ahora para demostrarlo- que el Arcipreste tuvo en cuenta la versión castellana ya mencionada, como el autor de La Celestina se apoyó no en la Fiammetta, sino en su traducción, y Baltasar de Vitoria, en el siglo XII, cita la Genealogía Deorum, creyéndola escrita en italiano y no en latín.

Con esto sólo pretendo indicar que muchas de estas afirmaciones merecen revisión y que no es la apariencia inicial la más justificada. La literatura en pro y en contra de las mujeres es típicamente medieval y cuenta con antecedentes más antiguos y no exclusivamente italianos. No hay, pues, por qué vincular inmediatamente a Boccaccio lo que respondía a una moda muy general. Cierto es, de todos modos, que el autor italiano, junto con otros denigradores de mujeres, el catalán Torrellas y el latino Juvenal, se hicieron emblemáticos de esta literatura misógina, como lo demuestran unos versos de Cristóbal de Castillejo en su Diálogo de mujeres:

Tanto mal
no se puede en especial
relatar en poco espacio;
remítolo a Juan Bocacio,
Torrellas y Juvenal.

Obsérvese la rima “Bocacio”/ “espacio”, no anómala en nuestra literatura de los siglos XV y XVI; el nombre del autor italiano, leído a la manera castellana, se hace frecuente en este tipo de rimas.

Por otra parte, las más frecuentes obras en favor de las mujeres parecen remontar muy probablemente a la exaltación de las virtudes femeninas del De Claris Mulieribus, desde el Triunfo de las donas, de Rodríguez del Padrón, hasta el Tratado en defensa de las mujeres, de Diego de Valera y, sobre todo, el Libro de las virtuosas e claras mujeres, de don Alvaro de Luna, en el que es bien sintomático ese adjetivo “claras”, en la acepción latina.

Que algunas obras de Boccaccio, sea la de las ilustres mujeres o el mismo Corbaccio, por antítesis, hayan sido el motor o impulso inicial de esos textos castellanos, puede ser innegable, aunque ello no presuponga hablar de influencia directa. Toco así un tema que me preocupa mucho en los estudios de literatura comparada, el de que no pueden limitarse a la constatación de unos datos eruditos, apoyándose en coincidencias o parecidos que pueden obedecer a otras causas. Lo importante, me parece, en el enfoque de las influencias es examinar si un autor o una obra ha condicionado en la otra literatura un desarrollo distinto o ha generado motivos nuevos o forjado estructuras formales en la cultura de recepción.

Mi impresión personal, que ahora me limito a anticipar sin intentar demostrarlo, es que la presencia de Dante, Petrarca y Boccaccio en la literatura española se ejerce de forma distinta. Con Dante, por ejemplo, entran en la poesía castellana y catalana del siglo XV estructuras lingüísticas, retóricas y métricas que nuestros poetas repiten a veces con clara conciencia de escuela, como he estudiado recientemente en diversos artículos ya publicados. El cambio de dirección que Petrarca significa en la historia de la lírica española a partir del siglo XVI, tanto en el plano de la expresión como en el del contenido, es un hecho suficientemente conocido como para insistir en él. Con Boccaccio, en cambio, creo que el problema es bien distinto: la cantidad de códices, las traducciones, las menciones y citas demuestran hasta qué punto había penetrado. Su significado cultural en la historia de la literatura española es indiscutible. Pero quizá no ha condicionado tan nítidamente nuevas corrientes o estructuras, quizá su papel en la historia de la prosa narrativa castellana no tenga el carácter decisivo que representó, en aislados momentos, Dante, y en la global evolución de nuestra lírica, Petrarca.

Cierto es que, a partir del siglo XVI, y sobre todo en el XVII, Boccaccio pasa a ser un formidable abastecedor de argumentos que actúan en dos direcciones. Tanto la dramática como la narrativa del Siglo de Oro se sirvieron abundantemente de los cuentos del Decamerón. Pero aún cuando las tramas argumentales no sean elementos extrínsecos a la obra, tampoco son de los que conforman estructuras específicas de la creación literaria. El hecho de que lo que es en origen una forma narrativa boccacciana se convierta a veces -como en algunas comedias de Lope- en una forma dramática, revela claramente que las vicisitudes de la acción no presuponen la estructura definitiva.

Naturalmente que la prosa narrativa española nos ofrece series de narraciones breves, enlazadas entre sí con un pretexto, generalmente como contadas por personajes distintos que se reúnen en un lugar florido y deleitoso. Sin embargo, estas colecciones de cuentos, típicas del barroco español, suelen tener una intencionalidad específica completamente distinta de la del autor italiano, y aquí no puedo hacer otra cosa que dejar constancia de tal diferencia de actitud. Por ello, sigo pensando que el conocimiento de Boccaccio, masivo e indiscutible, no ha sido a pesar de todo, tan determinante en la evolución de la literatura española como el de otros autores italianos.

VIII
BOCCACCIO, ESTIMULADOR Y PERSONAJE DE POESÍA

Volviendo al siglo XV, a nuestro humanismo, señalo como mero campo de estudio la posibilidad de afrontar la figura de Boccaccio como personaje en algunos de nuestros poemas cuatrocentistas, como sugerencia de aspectos que eviten el seguir cayendo en la caótica acumulación de datos al modo de Farinelli. Boccaccio aparece como consejero moral y consolador en la Comedieta de Ponza, del Marqués de Santillana, y hasta hablando en italiano y coronado de laurel. Esto último se había hecho también con Dante, aunque el único que mereció la pública y solemne coronación poética fue Petrarca. En la Comedieta, la reina doña Leonor le pregunta, con alusión al ya bien conocido De Casibus:

¿Eres tú, Bocacio, el que compiló
los casos perversos del siglo mundano?

Será después Diego de Burgos, el fiel secretario de Santillana, quien introduce a Boccaccio en El triunfo del Marqués, extenso poema casi olvidado, al que dediqué un estudio hace pocos años. En el coro de ilustres personajes de armas y de saber poético, que a la muerte de Santillana le van glorificando, incluirá al autor italiano junto con sus predecesores y maestros. Y es el propio Dante quien presenta así a sus seguidores:

E dos que modernos mi tierra engendró,
el uno discípulo, el otro, maestro:
Francisco Petrarcha, que tanto escrivió,
el otro, Vocacio, verás do los muestro.

Y hay todavía una tercera obra, en que aparece un anciano que conforta al autor de la Tragedia de la insigne Reyna Isabel, don Pedro de Portugal, pero sin que este precise de quién se trata. Aunque Rafael Lapesa, siguiendo a Carolina Michaëlis, lo considere representación del Tiempo, no hay suficientes motivos para descartar la opinión de Farinelli, que piensa en el mismo Boccaccio. Lo que es indiscutible es el parecido de algunos de sus rasgos, quizá tópicos, pues se le presenta como “un ombre antigo de grand estatura”, que “de láureo verde guirnalda traía”.

Interesante sería, pero no de este lugar, el estudio de la función del personaje de Boccaccio, en contraposición a otros, en estas obras de nuestro siglo XV. Pero a mí sólo me resta, para terminar, volver al Boccaccio humanista, al Boccaccio de la Genealogia Deorum Gentilium, que dedica los últimos capítulos a una exaltación de la poesía y el arte. Elogio, por otra parte, que parece haber inspirado la conocida definición de la poesía que hace nuestro Marqués de Santillana, la del “fingimiento de cosas útiles, cubiertas o veladas con muy fermosa cobertura”, calco probable de uno de los efectos del fervor poético, que, según la Genealogia, es “bajo velamen apropiado de fábulas, esconder la verdad”.

No es esto, sin embargo, lo que me interesaba destacar como final, sino la declaración explícita del propio Boccaccio, cuando precisa que sintió ya la afición a la poesía ex utero matris, “desde el útero materno”. Y sólo esto justifica el recuerdo que hoy, en el año centenario, le hemos dedicado.

Muchas gracias.


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