“Y un niño llega, solo”.
Chesterton

Gilbert K. Chesterton (1874-1936) fue un hombre de palabra honda y pluma ágil. Escribió mucho, como ya sabemos. Nos legó novelas, relatos, cuentos. Nos dejó obras teatrales y un voluminoso capítulo de artículos y reseñas. Y de entre todos los asuntos que atendió la Navidad recibió un trato especial por su parte. Chesterton comentaba que mientras más hojas caían de su calendario más cercano se sentía al espíritu de la Navidad.

El Belén, los villancicos, el árbol luminoso coronado por la Estrella, los regalos y los menús especiales servidos en vajilla fina son temas que encontramos despiezados en las reseñas que el autor inglés dedicó a esta festividad.

Chesterton se propuso recordar a sus compatriotas el verdadero sentido de la Navidad. Pidiendo amparo al humor, porque sabía que lo que escribía provocaba escozor y que la ironía aliviaba el picor, denunció el consumismo desalmado que ha tergiversado  las costumbres ancestrales.

Para el escritor inglés, las compras compulsivas son ajenas a la esencia de la Navidad, son el resultado de una despiadada publicidad comercial. Las personas, en vez de estar en sus hogares compartiendo con sus familias y amigos tiempo e historias, van de aquí para allá como pollos sin cabeza, cargados de paquetes, deudas y ansiedad, afirma el apenado escritor en sus artículos.

Chesterton también denuncia la intención de aquellos que pretenden tergiversar el sentido de una festividad de sólida espiritualidad y larga tradición. Personas que convierten la celebración en espectáculo, anulando así su razón de ser. El creador del Padre Brown, sabio en el oficio de contar, convierte sus denuncias en entretenidos discursos que llaman a meditar.

Chesterton propone que devolvamos a la Navidad su sentido único, que no es otro que vivir una Noche de Paz.

Hace tiempo que no nos asombran las iluminarias que adornan las avenidas en Navidad -¡las luces de bajo consumo son tan tétricas!-. Hace tiempo que no pegamos los rostros a los cristales helados de los escaparates para golosear dulces almendrados -engordan-. Cada año resulta más difícil encontrar nacimientos en calles y plazas -hay que ser respetuosos con otras sensibilidades, nos dicen obviando el sentido de nuestra celebración-. Ahora nos molestan los villancicos que, de siglo en siglo, han ido sorteando al olvido -antiguos, no se llevan-. A día de hoy muchos piensan que es una lata tener que sentarse a la mesa a tronchar el pavo en familia -el pavo masacrado, que pierde su vida para alimentarnos, también es despreciado.

¿Y los niños…? Pobres niños atrapados en el tifón del consumismo -¿se han fijado que consumimos cajas impresas en un sinfín de idiomas, cajas voluminosas rellenas de objetos plásticos? -¿no dicen que el plástico se está cargando el planeta?- No podemos ver y tocar el juguete antes de comprarlo. Compramos cáscaras, no nueces.

¿Y los regalos? ¿Pensamos en las personas a las que van destinados nuestros regalos o sólo intentamos cumplir un requisito más de la fiesta? ¡Seamos sinceros, por favor! La gran mayoría de ellos al día siguiente son devueltos.

La Navidad significa pensar en el otro, en el padre, en el hijo, en el pariente o amigo al que va destinado el obsequio comprado. Cuando recibimos un regalo que nos gusta sabemos que la persona que no los hace ha dedicado tiempo a conocernos. El regalo debe ser la prueba de la paciencia y del esfuerzo que toda relación humana exige.

Se ha prostituido el sentido de la celebración navideña entre el ir y venir histérico de las semanas previas a la Navidad. El sonido seco de las cajas registradoras de los centros comerciales ensordece nuestros sentidos y hacemos el juego a los “hedonistas emancipados” que buscan paganizar la fiesta, prostituir el espíritu de la Navidad y hacer que la Estrella que orientó a los Reyes, en su camino hacia Belén, sea gema que ilumine un campo seco de girasoles nihilistas.

Y a pesar de tantas piedras en el camino que conduce al establo seguimos percibiendo que la Navidad es entrega, que es “mejor que algo para todos: es algo para cada uno”.

Como afirma Chesterton, lo que celebramos en Navidad es la llegada al mundo de un Niño sin hogar. Es decir, la llegada de una nueva vida que, aunque pobre de cuna, es rica en amor.

Sencillez + naturalidad + júbilo = Navidad en su sentido profundo. Esa es la fórmula mágica de esta celebración. La Navidad se fundamenta en la “gran paradoja de que el poder y el centro del universo entero se puedan encontrar en alguna cosa aparentemente pequeña, que las estrellas en sus órbitas puedan girar como una rueda en torno al desvencijado establo de una posada”.

He escogido dos de los muchos artículos que Chesterton escribió pensando en la Navidad. Uno se titula La nueva Navidad y el otro El espíritu de la Navidad. La traducción de los textos, que acompaño con fotografías mías, es de Aurora Rice.

En el poema titulado Canción de los regalos de Dios nos dice Chesterton que “no existe el lirio sin olor para Aquel que huele las estrellas”. Recuérdalo, amigo lector.

LA NUEVA NAVIDAD

Como los Reyes Magos llevaron regalos a Belén, así los Reyes Sapientísimos de ese mundo tan sabio del que nos hablan los nuevos profetas llevan regalos a esa ciudad que brilla más que Belén, que es o será una combinación perfecta de Boston, Babilonia y Birmingham, pero perfeccionado las perfecciones de las tres. El Primer Rey, antes conocido como el Rey del Radio, subió luego de categoría convirtiéndose en el Rey de la Eterita, por ese nuevo metal que es mucho más precioso que el oro y mucho más cortante que el acero. En ese imperio de conocimiento y poder, los metales preciosos no se sacan del suelo como saca el perro un hueso; sino que los científicos, mediante el análisis y la combinación, los precipitan del vacío como relámpagos helados; es como si nacieran dentro de la mente del hombre. Y no se guardan en un cofre, como guardan los niños sus cosas, sino que con ellos se fabrican multitud de objetos luminosos, para deleite y utilidad de niños de todas las edades: ruedas de velocidad cegadora o motores tan altos que llegan hasta las estrellas; trajeron ante el niño todas las cosas imponentes que el hombre es capaz de fabricar. Y el Segundo Rey era el señor no solo del incienso, sino de toda la escala de olores de la nueva gran ciencia del aroma, por la que los hombres pueden fabricar la atmósfera que los rodea, y casi crear el clima cual si creasen el firmamento. Como si de banderas se tratara, nubes como las del amanecer y de la tarde protegían su marcha, y todos los aromas de Asia las atravesaban como melodías cambiantes. Pero estos también distaban mucho de sus elementos naturales rudimentarios y, enrarecidos por el análisis, poseían en parte la abstracción de la música. Y en cuanto al Tercer Rey, pese a que continuaba en cierto modo la tradición de los enterramientos y de la amargura de la mirra, aquella misma adaptación había llevado esas cosas más allá de sus comienzos rudos y remotos; pues lo acompañaban los fuegos químicos de los crematorios, el hálito adormecedor de las cámaras letales; y sus desinfectantes eran los más deliciosos del mundo.

Mientras la calzada móvil del mármol cruzaba el desierto llevando a los grupos inmóviles, hablaban un poco de la amplia variedad de sus regalos, de cómo habían sido ideados para expresar todos los logros de la humanidad, y de cómo esperaban no haber obviado nada.

-No existe motivo alguno por el que pueda faltar nada -dijo el Primer Rey con impaciencia-. Ahora que hemos perfeccionado nuestros procesos, nada hay que no se pueda hacer. Si percibimos que falta algo, no tenemos más que aportarlo.

-El único peligro -replicó el Segundo Rey- es que en semejante plenitud no percibamos que falta algo. Incluso en vuestra vasta y maravillosa maquinaria, puede haber un tornillo suelto.

-Es curioso que lo digáis -dijo el último Rey con su voz más fúnebre-. No consigo librarme de la sensación de que he perdido alguna cosa pequeña, o me la he dejado atrás.

Y cuando hubieron llegado a la Nueva Belén, curiosamente, vieron que el encargado de la operación, un inminente ingeniero eléctrico de nombre José, paseaba rápidamente de acá para allá con expresión, si no preocupada, sí de perplejidad. Tenía ese aire del que intenta acordarse de algo que ha olvidado. Enseguida se detuvo el cortejo, y delante de ellos parecía haber algún contratiempo que les impedía avanzar.

-Ya me parecía que tenía que haber algo -dijo el Segundo Rey, contrariado-. Ahora que hemos aprendido a no dejar nada a la naturaleza, es exasperante tropezar con algún problema propio de nuestra organización. Exigiré una explicación inmediatamente.

Se adelantó y parlamentó brevemente con el preocupado José; luego, con el ceño fruncido, se volvió de nuevo hacia sus compañeros. Contempló por un momento aquel bosque de regalos gigantescos, y luego dijo con cortedad:

-Ya sabía yo que habría algún error. Se les ha olvidado traer un niño.

CONSERVAR EL ESPÍRITU DE LA NAVIDAD
26 de diciembre de 1925

Hace poco salió en una revista un artículo sobre “La Navidad, antes y ahora”, donde se decían muchas cosas que probablemente estén repitiendo muchos ahora mismo. No digo que sean cosas especialmente lúcidas, pero giran en torno a una realidad, a una sensación sincera aunque indefinible. Traen a colación todo lo que se dice de la tradición y el cambio, de cumplir el espíritu pero no la letra, de adecuar las cosas a las condiciones modernas, etcétera, etcétera. De estas cosas se habla mucho; por desgracia, se dicen muchas tonterías. Pues ahora lo convencional es decir que no hay que hacer caso de las convenciones; la exigencia de cosas nuevas ya es tan vieja que está senil, o incluso (con suerte) muerta.

Pero me llama la atención una extraña paradoja, en todo esto que dicen de cambiar o reformar las costumbres, entre ellas la Navidad. Hablan de sacrificar la letra y conservar el espíritu; luego van y hacen todo lo contrario. Conservan algunas letras fragmentadas (que ya no componen una palabra) y luego sacrifican el espíritu en su totalidad. Ahora bien, lo difícil de hablar de la letra y el espíritu es estar bien seguro de que uno entiende perfectamente el espíritu. Y según mi limitada experiencia, generalmente no se entiende. Por poner un ejemplo parecido, el escéptico preguntará tal vez cuál es el valor permanente de los buenos modales que componen eso que convencionalmente llamamos un caballero. Dirá tal vez que desea cambiar la letra de ciertas observancias menores, conservando el espíritu del tipo social e histórico. Dirá tal vez: “¿Es necesario que el caballero se quite el sombrero ante una dama? ¿Es necesario que se lo quite al entrar en casa de otro?”. Y el filósofo universal responderá: “No, desde luego que no. Podría quitarse las botas. Eso ya lo hacen los árabes en el segundo supuesto, cuando tienen la fortuna de tener casa. Y aunque sería una lata sentarse en la acera a desatarse las botas mientras la dama espera pacientemente a ser saludada, ese gesto serviría, naturalmente, como serviría cualquier gesto aceptado socialmente como símbolo de respeto”. Eso sería realmente cambiar la letra conservando el espíritu.

Pero observo que esto no es lo que tienden a hacer los jóvenes más informales o endurecidos de la nueva generación. No he visto que muchos se postren sobre la acera, ni que hagan el pino en la calle (para mostrar que han quedado trastornados por la belleza de la dama), ni experimenten en modo alguno con nuevas maneras de expresar su caballerosidad. No inventan nuevas formas para sentimientos antiguos, sino todo lo contrario. Hacen caso omiso de los sentimientos antiguos, conservando algunos restos ajados de las viejas formas. Supongamos ahora que un hombre, al entrar en casa de su amigo, se quita el sombrero de un tirón y lo deja tirado en medio del suelo. Su gesto no sería, como el de quitarse las botas, un nuevo gesto o excentricidad para expresar respeto. Sería simplemente el gesto antiguo, sin el respeto. Sería la realización del antiguo acto arbitrario, de tal manera que significa lo contrario de lo que se supone que significa. Supongamos que un joven se acerca a una dama con las manos en los bolsillos, y le dice que le quite el sombrero y lo sostenga en el aire unos instantes, y luego se lo vuelva a colocar en la cabeza. No sería una nueva manera de expresar cortesía, sino una manera antigua, distorsionada para expresar descortesía. Ahora bien, no digo que el joven poco convencional, real ni ficticio, vaya a llegar a tal extremo; me hace gracia que no repudie los formalismos de la cortesía conservando el alma de la caballerosidad, sino que repudie la caballerosidad conservando algunos gestos mecánicos de la cortesía. Las últimas novelas, llenas de fiestas y dramas fugaces, no son poco convencionales, sino lánguidamente convencionales. No son escuela de maneras nuevas, sino maneras antiguas modificadas y suavizadas por los malos modos.

Observo la misma contradicción en cuanto a la Navidad, y también en cuanto a las tradiciones cristianas en general. Es evidente en los que nos dicen, en los periódicos y las revistas, que se han emancipado de los dogmas, y se proponen vivir por el espíritu del cristianismo. A lo cual respondo: “Muy bien. Adelante”, o algo por el estilo. Y luego siempre me encuentro con el siguiente hecho extraordinario: se proponen vivir por el espíritu del cristianismo, y proceden a lanzarse frenéticamente a impedir que los pobres obtengan cerveza, a impedir que las naciones oprimidas se defiendan de los tiranos (no vaya a ser que haya guerra), a romperles el corazón a los padres arrebatándoles a sus hijos retrasados para encerrarlos en una especie de loquero materialista. Y luego se sorprenden cuando les digo que, en mi opinión, tienen muy poco de espíritu cristiano, menos aún que letra, que las palabras y la terminología de sus dogmas. En realidad, han conservado algunas palabras, algunos términos, como Paz y Rectitud y Amor; pero hacen que estas palabras representen un ambiente completamente ajeno a la Cristiandad; conservan la letra perdiendo el espíritu.

Pero lo que quiere decir el autor de aquel artículo es simplemente que hay que decorar con acebo y muérdago los salones de grandes hoteles americanos con la calefacción a tope, donde la gente se olvide de la Navidad, blasfeme contra el espíritu supremo y sagrado de la Navidad con su sofisticación, su saciedad y su desesperanza. Están demasiado cansados como para perfeccionar el simbolismo; demasiado cansados incluso como para cambiarle el nombre a la fiesta. No son capaces de nada tan creativo como la reforma, ni de nada tan tenaz como la tradición. Van a la deriva, como un iceberg medio derretido que flota en aguas tibias sin saber por qué no encaja en su entorno, por qué cambia, cuánto le queda.

Ninguno de nosotros debería desear que se derrita el noble muñeco de nieve de la Navidad inglesa a la manera inane del iceberg. Sería mejor que lo destruyesen los puritanos iconoclastas. Sería mejor que aquellos que saben por qué les gusta tuvieran que defenderlo ante los que saben por qué les disgusta. No tengo miedo de que, en última instancia, estos fuesen nunca mayoría. Pero los primeros lucharían mucho mejor si supieran por qué les gusta, aunque fuese a costa de volver a algunas supersticiones ancestrales. En todo caso, yo sé por qué me gusta; y también sé por qué me disgusta la Navidad de cócteles y calefacción central. Sé que la realidad no es relatividad ni progreso ni el simple pasar de los siglos. Reconozco a Papá Noel cuando lo veo, aunque vaya vestido de paisano. A mí no me engaña Cronos cubierto de acebo y muérdago.

 


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