jueves , 21 junio 2018
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¿Qué nos cuentan estos cuentos? Nos hablan de la suerte y el revés repentino; es decir, de alegrías y decepciones.

Cuentos del Lejano Oeste (Bret Harte).

“Un gavilán que acaba de dejar a su sexta víctima se quedó mirándolo con asombro (…) y se vio obligado a confesar la superioridad del hombre. Aunque su capacidad depredadora era mayor, él no sabía cantar”.

Bret Harte (1836-1902), uno de los grandes autores del relato breve norteamericano, bajo el influjo de esa especie de El Dorado que fue la conquista de los territorios del Lejano Oeste, nos dejó un amplio abanico de narraciones que reflejan el modo de vida y la manera de ser de los hombres asentados en la California de la primera mitad del siglo XIX.

Bret Harte nos presenta el Oeste cargado de teatralidad. Sus narraciones son ricas en imágenes y son tan ágiles que generan adicción. El lector termina un relato y, rápidamente, pasa al siguiente. Pero cambia el ritmo cuando el libro está llegando a su término, pues no quiere arribar a la página final. El lector no quiere despedirse de los aventureros que hicieron posible la doma de un territorio tan amplio y exigente.

Los relatos de Bret Harte inspiraron a los guionistas de las películas de western. Pero los relatos de Bret Harte, a diferencia del cine del Oeste empobrecido por los arquetipos repetitivos, son ricos en retratos. Sus narraciones reflejan el conocimiento de los pobladores californianos. El escritor fue, entre otras muchas cosas, buscador de oro -con diecisiete años marchó a California en busca de aventuras y del metal noble-. Así que sabía de lo que hablaba. Cuando leemos sus historias nos damos cuenta de que están salpicadas de anécdotas vividas. No chirrían como chirría y aburre la industria seriada del western. Sus textos emocionan porque hay franqueza en ellos, conocimiento de lo que se cuenta, porque desprenden humanidad.

Bret Harte fue un contador de historias que resaltan el temperamento de los personajes, su marcado carácter individual. En sus narraciones, a diferencia de las películas del Oeste, la acción pasa a un segundo plano. Harte dibuja con palabras a los hombres, mujeres y niños instalados en el Oeste americano. Vaqueros, forajidos, indios, buscadores de oro, tramperos, colonos, exploradores, misioneros, chinos, mexicanos, soldados, mujeres vendedoras de alegrías fugaces, familias tradicionales con ansias de mejorar… Los tipos humanos del Oeste aparecen en estos cuentos directamente relacionados con la naturaleza, el clima y la fauna del lugar. En la desproporción hay armonía, nos dice el escritor. Ante una quebrada de vértigo un hombre puede parecer pequeño. Pero el hombre siempre termina domando a la fiera. Este es el mensaje de Bret Harte.

Cuentos del Lejano Oeste recopila dieciséis relatos del escritor norteamericano. Cada historia es una reflexión sobre la condición humana. Son historias que hablan de sentimientos, temperamentos solitarios y rudos, de ternura, de solidaridad, de mezquindades… Son cuentos que nos hacen reír y nos hacen llorar. Son vibrantes y conmovedores. Son relatos que seducen desde el principio hasta el final.

¿Qué nos cuentan estos cuentos? Nos hablan de la suerte y el revés repentino; es decir, de alegrías y decepciones. Nos hablan de la vida social, de las relaciones que se establecían entre los habitantes en función de su raza, del tipo de justicia que imperaba, de la vida en familia, de la forma de hablar de los lugareños, una forma directa, áspera y no carente de ironía y sarcasmo, de la mezcla de generosidad y egoísmo de los ciudadanos del lugar, mezcla que muestra la contradicción del alma humana, incoherencia que se hace más cruda cuando el hombre lucha en solitario ante las inclemencias del tiempo, la implacable naturaleza y ante otros hombres que exorcizan espíritus danzando a la sombra de inmensos árboles.

El hombre, el hombre en el epicentro de todos los relatos. ¡Qué bien le vino al Romanticismo todos los tipos humanos que civilizaron el Oeste! El hombre aventurero y conquistador encierra en sí mismo todo aquello que el Romanticismo literario buscaba para sus personajes: el deseo de libertad, la exaltación del individualismo, el espíritu rebelde, el exotismo, la empatía con la naturaleza, el inconformismo, el sentimiento de soledad.

En los protagonistas de Bret Harte encontramos todas estas características resaltadas por un fondo de realidad ungida de lirismo. El ambiente en el que se desarrollan las historias es mostrado de forma realista, pero los apasionados personajes son engañosos. Bret Harte fue un nadador entre dos orillas: el Romanticismo (1830-1880) y el Realismo (1880-1900). Sus cuentos fueron escritos en la segunda mitad del siglo XIX.

Cuentos del Lejano Oeste está publicado por la editorial Alba en su colección Clásica. Es un libro bonito, con tapas duras, buena letra y unas guardas ilustradas que nos introducen en el mundo que vamos a visitar. No quiero terminar esta reseña sin dar las gracias a Concha Cardeñoso Sáenz de Miera por su excelente traducción, porque ha conseguido mantener la escritura ágil de Bret Harte.

Así se expresa el autor al comentar su obra literaria en Los Argonautas del 49 (1882), artículo recogido en esta antología en anexo aparte:

“Puesto que gran parte de mis escritos son sobre los argonautas de 1849, me propongo, a modo de introducción, disertar brevemente sobre un episodio de la vida americana tan típico y peculiar como el de los aventureros griegos cuyo nombre he tomado en préstamo. Se trata de una cruzada sin cruz, de un éxodo sin profeta (…)
Los auténticos pioneros de la banda sin ley ni religión cuya historia reproduzco ahora eran las religiones más antiguas y más nuevas que se conocen. ¿Han reparado alguna vez los americanos en que el derecho a California se lo deben a la Iglesia Católica y a la hermandad mormona? Y, sin embargo, los dos grandes comendadores de los argonautas del 49 fueron el padre Junípero Serra tocando su campana en las tierras salvajes de los infieles del norte de California y Brigham Young guiando a sus legiones hambrientas dese Nauvoo hasta Salt Lake. Toda la emigración que, antes del descubrimiento del oro, llegó a los valles de Oregón y California y medio americanizó la Costa Oeste habría perecido, por cierto, de no haber sido por la providencial creación del oasis de Salt Lake City. Las trémulas reatas de bueyes intoxicados por las aguas alcalinas y los conductores de ganado, desesperados, con los pies llagados, encontraron descanso y auxilio en el asentamiento mormón. La fragata británica que fondeó en el puerto de Monterrey con un par de días de retraso vio la bandera americana que había cruzado el continente ¡ondeando en la cruz de la catedral! Si hubiera llegado un día antes, esta historia podría haber llevado el sello inglés”.

Segunda imagen: “Señal de fuego apache”, Frederic Remington, óleo sobre lienzo, 1904.


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