miércoles , 25 abril 2018
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Un juego con dos recomendaciones a los pies del tablero amarillo: "¡Tira bien los dados, cuantos más judíos apreses, mejor!", era la primera. La segunda decía: ¡Si consigues expulsarlos, serás el vencedor!"

El deseo de Sarah para el día de Reyes.

“Somos zapatos de nietos y abuelos, de Praga, de París y de Ámsterdam, y como somos de tela y de cuero -y no de carne y hueso-, nos hemos salvado de arder en el infierno”.
Moshe Schulstein

Fragmento de una taza de porcelana infantil, Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau.

Las palmas de las manos apoyadas en el cristal del escaparate, unos rizos negros huidos de la gorra de lana y una naricilla de frailecillo atlántico, era la imagen que cada tarde de aquel invierno, como si de un ritual se tratara, Sarah ofrecía a la muñeca de piel de porcelana que se mostraba como el juguete más deseado esa temporada. Sarah la miraba y, fijando sus pupilas deseosas en los ojos redondos y fijos, sombreados por las pestañas, suplicaba: “Madre, yo la quiero” -y la madre: “Anda, date prisa o llegaremos tarde”.

La muñeca nunca olvidó a Sarah, su cara iluminada por el deseo de abrazarla la siguió allí donde otros la alojaban. Fue motivo de regocijo de muchas niñas adineradas que la quisieron el tiempo que fue noticia, y que fue bastante corto comparado con el que llevaba tirada en la estantería destartalada de una  buhardilla.

“¿Dónde estará esa niña que me acunaba con la mirada?”, suspiraba la muñeca de trenza dorada que no sabía que de Sarah sólo quedaba un triste zapato de cuero rojo, ajado, acompañado de un calcetín sucio, muy sucio; un triste zapato atrapado en una vitrina de un museo que ofrecía una exposición dedicada a la Shoah. El calzado de Sarah y la mediecita coja compartían sala con un ingenioso y divertido juego de mesa llamado Juden Raus (Judíos fuera). Un entretenimiento que contaba con piezas que representaban policías alemanes que los jugadores tenían que arrojar sobre las figuritas semitas.

Juden Raus, un juego con dos recomendaciones a los pies del tablero amarillo.  “¡Tira bien  los dados, cuantos más judíos apreses, mejor!”, era la primera. La segunda decía: ¡Si consigues expulsarlos, serás el vencedor!”

La preciosa muñeca, de vestido de tafetán rosa y boquita abierta con doble fila de dientes, que todavía sueña con ser abrazada y educada por Sarah, desconocía también que el fabricante de aquella distracción segregacionista era el mismo que la había creado a ella, era un empresario que se vanagloriaba por el éxito de su catálogo de juguetes.

Un zapato y una mediecita coja guardan como un tesoro el último suspiro de Sarah, la niña que soñaba con una pálida y rubia muñeca de porcelana que aún sigue tirada en la estantería de una polvorienta buhardilla alemana.

 

 


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