DESTINO DEL CASTELLANO EN AMÉRICA

«La implantación de la lengua española se hizo en las mismas entrañas de América.»

De negro y española, mulato.

Destino del castellano en América es uno de los cinco textos recogidos en Lo medieval en la conquista y otros ensayos americanos (Seminarios y Ediciones, 1970), libro del filólogo, lingüista e historiador Antonio Tovar Llorente (1911-1985).

Un poco de todo… es el apartado de mi blog que concebí, entre otras cosas, para rescatar del olvido textos interesantes que el tiempo, cargado de títulos recientes, relega a rincones remotos por falta de espacio.

He escogido, de los cinco ensayos recogidos en el compendio, Destino del castellano en América porque la voz prestigiosa de Antonio Tovar en defensa de una lengua que hila dos continentes, de una lengua que tiene un lugar inamovible en la historia universal, debe ser recordada en estos momentos en el que el castellano es víctima de las turbulencias políticas de su país de origen.

En el siglo XVI, los colonizadores españoles llevaron a América un idioma que, en el mismo instante en que fue hablado por primera vez allí, comenzó un proceso de enriquecimiento que ha durado hasta el sol de hoy y que se alargará mientras perdure la humanidad. El castellano consiguió que países con civilizaciones muy dispares tuvieran una herramienta común para transmitir ideas. El castellano, entre otras muchas cosas importantes, dio a América una literatura propia que enriquece, día a día, la bibliografía de la hispanidad, de la que dan buena cuenta editoriales situadas a ambos lados del Atlántico.

Antonio Tovar, miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia Vasca, catedrático de latín y lingüística comparada, poseedor de varios premios, como la Cruz de San Jorge y el premio Goethe, dado por «su contribución al acercamiento entre los pueblos», centra esta conferencia en la importancia, desde la perspectiva de la lengua, de la «comprensión histórica de un sistema político como el de la antigua América española».

De español e india, mestizo.

¿Cómo repercute en el uso de la lengua la independencia de los países latinoamericanos en el siglo XIX? ¿Se ajusta la lengua utilizada hasta entonces al pensamiento moderno, a la nueva manera de vivir? ¿Puede el castellano tradicional dar voz a las ideas progresistas que inician una nueva época? ¿Qué hace que el francés y los galicismos invadan las letras españolas y americanas? ¿Un nuevo ciclo, necesariamente, provoca el auge de lenguas nacionales o regionales? ¿Pasará con el castellano lo mismo que sucedió con el latín, que se fragmentó dando origen al español, al portugués, al francés, al italiano…? Estas y otras cuestiones dan vida a Destino del castellano en América, texto leído en 1958 en San Fernando del Valle de Catamarca, Argentina.

La lengua que hablamos es corazón vivo. Todo lo que nos sucede le atañe. Su renovación es constante. Pero renovación no significa aniquilamiento, sino adaptación al medio. Y lo que se adapta aumenta su riqueza. Las revoluciones americanas del XIX iniciaron con la lengua heredada un proceso de mestizaje que ha originado un modo de expresión nacional y continental. Como afirma Antonio Tovar, el Nuevo Mundo entró de la mano de España en la cultura universal. Por mucho que intenten aniquilar nuestra lengua, no hay lobo que pueda con ella. La resiliencia del idioma español es más resistente que el diamante.

Ilustro la conferencia de Antonio Tovar con algunas de las escenas de las Pintura de castas de Miguel Cabrera (1695-1768), artista de la Escuela mexicana. Estos óleos fueron pintados en 1763 y dan fe no sólo de la gran variedad de etnias que surgieron con la llegada de los españoles a América, sino también del estatus social de cada una de ellas. Y ahora me pongo a teclear el texto para que ustedes lo tengan. Les confieso que se lee de una sentada.

DESTINO DEL CASTELLANO EN AMÉRICA
(Una lección, 1958.)

De mestizo e india, Coyote.

No es una fórmula vacía que comience dándoos las gracias, señores directivos del Instituto del Profesorado de Catamarca, por el honor que me habéis hecho al llamarme a esta tribuna en las fiestas de la conmemoración. He tenido así ocasión de llegarme a esta ciudad vuestra y de apreciar el interés que la ciudad dedica a vuestro Instituto. Ambas cosas tienen para mí, si me permitís confesarlo, un interés simbólico: Catamarca pertenece a esa América andina donde está el más alto secreto de toda la América del Sur, y en las resonancias incaicas de su nombre, como tal vez en las inflexiones de la tonada regional, tenemos signos de la esfinge que nos habla si aplicamos el oído al corazón del mundo indígena.

Por otro lado, vuestro Instituto representa ese ímpetu pedagógico que cubre de delantales blancos las calles y los campos de la Argentina, que civiliza al modo de Sarmiento, que imparte cultura occidental y unifica razas, que lleva a los niños a lo largo de kilómetros diariamente para volverse argentinos en las escuelas primarias y secundarias.

Dejadme, pues, que os dé las gracias y aproveche esta ocasión que generosamente me habéis brindado para tratar de un problema que es a la vez americano y español, el problema de la unidad de nuestra lengua y de su reflejo en la enseñanza.

El castellano, que se empieza a señalar con caracteres propios en los primeros testimonios del siglo X, y que abriéndose en abanico invade la mayor parte de la península, desde Murcia hasta la desembocadura del Guadiana, se convierte en lengua nacional española y en tal carácter llega a América en el siglo XVI, es una lengua nacional de dos decenas de países autónomos, dueños de destinos dispares y situados a una orilla y otra del Océano y todo a lo largo de un continente inmenso.

Esta extensión geográfica, la forzosa disparidad cultural de países remotos entre sí, sometidos a influjos distintos, con diversa composición étnica, receptores de corrientes migratorias múltiples, con autonomía en el desarrollo de su educación, con la aparición de sendas literaturas verdaderamente nacionales, con poderosos centros culturales propios y con hogares editoriales que compiten en publicar obras producidas en nuestra lengua o traducidas de otras, se convierte en un problema que es del mayor interés, que a todos nos preocupa y que naturalmente ha de preocupar a los educadores, pues tiene su aplicación inmediata en todos los grados de la enseñanza.

Tal es el problema: lengua tan difundida como la nuestra, tan sometida a influjos diferentes, tan repartida entre naciones autónomas, ¿está amenazada de dividirse? ¿Surgirán de ella lenguas distintas como surgieron del latín cuando sucumbió el Imperio romano? ¿Habrá pronto una lengua argentina, otra chilena, otra peruana, y así sucesivamente?

De lobo y de india, Albarazado.

¿Pueden los maestros y profesores intervenir en una evolución que tiene al menos una gran parte de fatal? Yo creo que podemos dedicar unos minutos a reflexionar, y me daría por contento (ya que no aspiro a resolver la cuestión ni a dar sencillas recetas sobre ella) con despertar la inquietud sobre un tema que tendemos a creer estático, fijado y hasta por excelencia rutinario.

Sin embargo, fue seguramente en la República Argentina donde la cuestión se planteó antes y con mayor virulencia. Así como Buenos Aires fue uno de los centros más activos en la independencia, y los ejércitos de San Martín, factor de primer orden en las batallas más decisivas, el problema de la independencia idiomática se planteó pronto en las primeras generaciones surgidas a la luz del sol de la independencia.

Naturalmente que en América del Sur, hacia 1840, los instrumentos conceptuales que se manejaban no permitían un planteamiento riguroso. El más grande de los pensadores que por entonces estudiaban en España y en América nuestra lengua, Andrés Bello, por edad y formación representaba en conjunto un ideal conservador y unitario, bien diferente del que los argentinos, más jóvenes y más audaces, empezaban a formular entonces.

Las ideas historicistas que habían invadido los viejos estudios gramaticales, hacia 1820, no se habían divulgado aún en nuestros países. Se habían formulado en alemán, y en aquellos tiempos, pocos hispanohablantes, en la península o en América, estaban en condiciones de conocer y estudiar los nuevos planteamientos de la lingüística por Bopp y Grimm, Pott y Díez.

Sin embargo, de una manera esquemática, pero radical, el problema estaba planteado.

Alberdi dice en su juventud que el castellano es «una lengua que nuestra patria no quiere hablar», que «el castellano de Madrid no será jamás el castellano de Buenos Aires», y «el castellano argentino no será jamás el castellano español», y proclama arrogantemente: «Hemos tenido el pensamiento feliz de la emancipación de nuestra lengua». Para él la independización lingüística es el corolario de la independencia política.

«La juventud actual —prosigue el joven Alberdi— no hace más que consumar con más bravura y altivez una revolución literaria comenzada instintivamente por sus ilustres padres: los Morenos, Belgrano, Monteagudo, Funes, Alvear, Bolívar.»

De albarazado y mestiza, Barcino.

Como ha hecho notar un comentarista de estos textos de Alberdi, Arturo Costa Álvarez, lo que preconiza no es tanto la independización de la lengua como la del pensamiento y la literatura. En resumen, Alberdi cree lograr una lengua más apta para el pensamiento moderno aproximándose en castellano a la lengua francesa: «En su forma actual —afirma— la francesa es una lengua de mayor perfección filosófica… Aproximarnos a esta forma por las imitaciones francesas es acercarse a la perfección de nuestra lengua… Imitar una lengua perfecta es imitar un pensamiento perfecto, es adquirir lógica, claridad, laconismo; es perfeccionar nuestro pensamiento mismo…»

Alberdi expresaba de otra manera lo que era una necesidad de nuestra lengua en toda su extensión geográfica. El pensamiento tradicional español no estaba en condiciones de dar expresión al mundo moderno. La revolución industrial había sorprendido a la cultura española en formas de vida medievales. La misma influencia francesa que Alberdi propugna para la nueva Argentina independiente era vivísima en España misma, y los pensamientos de la ilustración dieciochesca, del idealismo alemán, del utilitarismo inglés, el liberalismo y parlamentarismo, las novedades de la técnica, llegaban a España como a América independiente, sobre todo, en francés.

La invasión de galicismos es enorme en la España de hacia 1840. El pensamiento de Donoso Cortés y el de Pi y Margall se forma en fuentes francesas, y son excepción los escritores que se aferran a una tradición popularista como Estébanez Calderón, que elige simbólicamente el nombre de El solitario, o los que conocen en sus propias lenguas a Goethe y Byron y Leopardi, como le ocurre al diplomático y aristócrata Valera. En lo que Alberdi creía ver una nota diferencial: la recepción de cultura francesa o, mejor dicho, de cultura moderna principalmente a través de libros franceses, no es privativa de la antigua América española, sino que es vitalmente requerida en la península, también necesitada, quiéralo o no, de renovación.

La cultura superior es para los países que no la producen como los hados según Séneca, que a los que la reciben de buena gana los empuja hacia adelante y a los que se resisten a obedecer los arrastra.

En el progresismo, que a lo mejor nos parece ingenuo, del joven Alberdi hay como una conciencia de esto de que ducunt volentum fata, nolentam trahunt. El problema de la lengua, pues, se plantea desde el día siguiente de la independencia, y de una manera a la vez precisa, como nacida de la necesidad, y confusa, como resultado de la fatalidad.

De castizo y mestiza, Chamizo.

Más de acuerdo con sus preocupaciones románticas y sociales, Echevarría había marcado su oposición a la tradición literaria española por notar en ella «una índole objetiva y plástica… que no se aviene con el carácter idealista y profundamente subjetivo y social», que los nuevos tiempos tienen. De una manera más precisa, Echevarría distinguía entre literatura y pensamiento, de una parte, y, de otra, lengua.

«La América —escribe— que nada debe a España en punto a verdadera ilustración, debe apresurarse a aplicar la hermosa lengua que le dio en herencia al cultivo de todo linaje de conocimientos; y trabajarla y enriquecerla con su propio fondo, pero sin adulterar con postizas y exóticas formas su índole y esencia, ni despojarla de los atavíos que le son característicos.»

El pensamiento de Echevarría resulta más moderado en materia lingüística que el de Alberdi, sin duda porque los ecos del historicismo lingüístico no habían llegado a él como ya a Alberdi en 1840.

Pero no necesitamos insistir más en el problema del idioma cual se planteaba en este país hace más de cien años. Nos bastan los textos alegados para ver que desde muy pronto las dos orientaciones, conservadora y revolucionaria, coexisten para hacer dramático este problema del idioma, que sigue planteado hoy. La Argentina, donde se formuló por primera vez, sigue hoy siendo, por muchas razones, uno de los puntos sensibles, quizá el que más, en este problema de la unidad y pluralidad del castellano, del español, del idioma sentido como nacional en naciones múltiples o en geografías dispares.

La relación idiomática y literaria no se rompió entre la América independiente y la antigua metrópoli. Riadas de emigrantes y también de libros mantuvieron la unidad del idioma en los decenios más difíciles, y ya a fines del siglo pasado grandes escritores nacidos en América se convierten en patrimonio de toda la cultura hispánica común. Más tarde, también países americanos adquieren su plena mayoría de edad editorial, y la cultura moderna pasa a nuestro pensamiento a través no sólo de Madrid y Barcelona, sino también de México y de Buenos Aires.

De indio y barcina, Zambaiga.

El provincianismo de las literaturas americanas de los primeros tiempos queda superado, y hoy los grandes escritores de cualquier país hispánico pertenecen al patrimonio común, llámense Unamuno o Rodó, Juan Ramón Jiménez o Gabriela Mistral, Ortega y Gasset o Alfonso Reyes, Eugenio d’Ors o Jorge Luis Borges, Pablo Neruda o Federico García Lorca.

Sin embargo, que el panorama no presenta horizontes de color de rosa ni de juegos florales hispanoamericanos; nos lo advierte una autorizada voz de alarma: la del máximo lingüista que existió en la cultura hispánica contemporánea antes de Menéndez Pidal: el colombiano Rufino José Cuervo. Este estudioso, que aprendió los métodos modernos y realizó los primeros estudios científicos sobre nuestra lengua, dueño de la sabiduría historicista, predijo la ruina de la unidad y la aparición de lenguas nacionales o regionales en la antigua América española, del mismo modo —afirma— que el latín después de la división política del Imperio en los diversos reinos germánicos dio origen a las lenguas románicas: español, italiano, francés, portugués, etc.

La afirmación de Cuervo, que no provenía de la pasión política ni de ningún sentimentalismo literario, sino que profetizaba los hechos científicamente, tuvo una gran resonancia. Posiblemente contribuyó a esta resonancia el momento en el que la afirmación de Cuervo fue hecha, poco después de la dolorosa crisis de 1898, momento en que España ve sangrientamente cortados sus últimos lazos de soberanía política con América.

Hoy, a sesenta años de distancia, podemos fácilmente comprender lo irremediable de aquella solución y explicarnos que el trágico talante de nuestros mejores escritores en aquel momento sustituyó a la inconsciente indiferencia con que la pobre literatura española de hacia 1820 respondió a los magnos sucesos de la independencia americana, que planteaban la vida nacional hispánica sobre bases nuevas.

La afirmación de Cuervo, que profetizaba a la larga la aparición de lenguas distintas en las distintas zonas de la inmensa América, halló en España un crítico prestigioso: el anciano Juan Valera. Las razones que esgrimió Valera contra Cuervo son, con una aparente seguridad que nosotros no exhibimos hoy, las mismas que podemos manejar nosotros: el paralelo no es exacto con el Imperio romano, pues no es de esperar que con los medios modernos de cultura se produzca un retroceso como el de los siglos bárbaros; las comunicaciones literarias y de todo orden son hoy mucho más fáciles y activas y no cabe admitir que el aislamiento se acentúe como podemos imaginarlo en el siglo IX, por ejemplo, en lo que fue Imperio de Occidente.

Pero Cuervo diagnosticaba como científico lo que es evidentemente ley en la vida del idioma, y es su constante renovación, su vida, consistente, casi como en un organismo vivo, en la muerte de lo caduco y el nacimiento de lo nuevo. Y esta vida compleja, en un organismo tan enorme y disperso, habrá de traducirse por ley biológica en la diferenciación creciente, y a la larga, en la fragmentación del idioma unitario en lenguas regionales.

El problema fue bien planteado por Cuervo, y más cuando entonces se creía que la metáfora vital aplicada a las lenguas era casi exacta, y cuando las ideas científicas creían que el paralelismo biológico era lo que mejor explicaba las «leyes» que se suponían para el crecimiento, desarrollo y extinción o transformación de los idiomas.

De chino cambujo e india, Loba.

El problema de la amenaza de la fragmentación regional del español y la terapéutica adecuada de comunicación y mutuo conocimiento, fue planteado por Cuervo y afrontado por Valera de modo que podemos considerar bastante definitivo. Podemos, a la luz de nuevas ideas lingüísticas y adelantos nuevos como la radio y el cine, matizar tanto la problemática como los medios de tratarla, pero nos movemos desde comienzos de este siglo dentro de un campo de ideas bastante sólidas y fijadas. Después, hay que señalar las preocupaciones, desvelos y aciertos de escritores y academias, que han enriquecido mucho el campo de esta cuestión vital entre todas las de nuestra vida cultural y nacional.

La implantación de la lengua española se hizo en las mismas entrañas de América. Cuanto más auténtico y popular es un ambiente americano, más lleno está de elementos españoles. Pero entendámonos, no de elementos españoles peninsulares y actuales, sino de elementos peninsulares trasladados a América, en ella implantados y en ella desarrollados de modo autónomo.

Uno de los pensadores argentinos que hemos estudiado antes en relación con este problema, tuvo hace ya más de un siglo la intuición clara de esta realidad: «La revolución americana de la lengua española comenzó el día que los españoles, por la primera vez, pisaron las playas de América. Desde aquel instante ya nuestro suelo les puso acentos nuevos en su boca y sensaciones nuevas en su alma. La revolución americana la envolvió en su curso.»

Cuando una lengua se instala en territorios nuevos que conquista, ese acto es irrevocable. La lengua importada comienza a vivir su vida, y la unidad habrá de mantenerse no por una continua imitación del viejo centro, sino por un desarrollo lo más paralelo posible.

Pero el fondo igual primitivo es la norma de unidad. Es de Unamuno la observación de que cuando un hispanoamericano dice una palabra o un refrán y se cree en el caso de explicar «como decimos nosotros», los españoles podríamos decir «y nosotros» en muchos casos, pues son esas hondas raíces las que nos quedan de común. Muchas veces, cuando no es indígena americano, lo «criollo» quiere decir español, como lo es el pan blanco y de masa más densa que aquí, con el nombre de criollo, nos recuerda el pan de Castilla.

Las entrañas de lo popular en toda América hispánica están a favor de la unidad, y conspiran en lo profundo, en los entresijos de la vida de los pueblos americanos, por la conservación de esa vieja unidad cultural. En los elementos culturales que del español han pasado a las lenguas indígenas de toda América, desde el lejano Oeste de los Estados Unidos hasta la selvas tropicales y las nieves de la Patagonia, hay la formidable fuerza de penetración de aquellas gentes que en medio siglo fundaron ciudades desde Santa Fe, en Nuevo México, hasta Santiago de Chile.

Si me dejo llevar de cierto entusiasmo al recordar a aquellas generaciones formidables, lo hago menos como español que como residente en América. Pues la gloria y el reproche de aquella empresa extraordinaria recae menos sobre nosotros los españoles peninsulares, hijos de los españoles que no vinieron a América, que sobre los americanos, descendientes directos de aquellos españoles del tiempo viejo. Son ellos los que pueden estar orgullosos de la colosal empresa fundacional y los que tienen que responder a las sólitas acusaciones de crueldad, dureza, aplastamiento de razas y pueblos.

De negro e india, China cambuja.

Cuando en pensadores americanos vemos en carne viva este problema, así en Gabriela Mistral, no podemos menos de hacer la observación de que nosotros, los descendientes de los españoles que, más cómodos y menos heroicos, se quedaron en la península, mal podemos rendir cuentas de lo que en definitiva, en toda su grandeza y con sus manchas demasiado humanas, es gloria y responsabilidad de los viejos criollos. Son ellos los padres de la América que fue española y lo es aún de lengua, y son ellos en definitiva también los importadores del idioma, los que señalaron desde el comienzo las características del español americano. Tenía razón Alberdi al adivinar que en el momento de poner los españoles el pie en la tierra de América, se iniciaba una especie de revolución en la lengua.

Para la comprensión de la situación, podemos comparar comentarios de alguna semejanza en la historia. Así, el de la llegada a las playas de nuestra Península hispánica de la lengua latina. Sabemos que en la Península había una pluralidad de lenguas indígenas.

En este mundo de lenguas que podemos llamar indígenas entró, como conquistadora, la lengua latina. La fecha nos es conocida: el desembarco de los Escipiones en el nordeste de Cataluña en 217 a.C. Muy pronto los azares de una guerra mundial, la segunda entre cartagineses y romanos, atrajeron numerosos ejércitos romanos a la Península. Unos años después, surge la primera colonia romana fuera de Italia: la de Carteia, en el estrecho de Gibraltar, donde se reconoce la validez de soldados romanos con mujeres españolas y se regula la situación de los hijos, así como el derecho de propiedad sobre las tierras de la colonia.

Hay una teoría de uno de los maestros clásicos de la filología románica, Gustav Gröber, que establece un orden de antigüedad en los elementos de cada lengua románica a partir de la fecha de su fundación.

Esta teoría se basa en un hecho que creemos se prueba también en el caso del español importado a América: ese hecho es que lo decisivo en la instauración de un idioma en territorio que invade o conquista son las primeras generaciones. Son los primeros que llegan los que dan su carácter dialectal a la lengua nuevamente implantada.

Esta instauración fija indeleblemente los rasgos originarios del idioma por el hecho de que las nuevas promociones, aunque vengan de otro lugar y tengan diferentes rasgos dialectales, se acomodan siempre al modo de hablar de los que están ya avecindados.

Imaginémonos la instalación de los fundadores de las ciudades del interior de la Argentina. Son muy pocos, en gran mayoría varones solos, que inmediatamente se casan con mujeres indígenas. Aunque se dé a menudo el caso del bilingüe entre los conquistadores y los misioneros, son los indígenas los que aprenden el español tal cual se lo enseñan los recién llegados. En un par de generaciones, si la fundación prospera y recibe algunos refuerzos del elemento blanco, el bilingüismo se ha retirado a la campaña, y una ciudad en la que se habla español existe ya, como foco de irradiación política, religiosa, económica, en un amplísimo contorno.

Los indígenas muchas veces son atraídos y aceptan la cultura europea. Ha surgido un centro idiomático con su propia personalidad, y esta no podrá ser modificada por la llegada de nuevos colonos o emigrantes, que habrán de adaptarse, como lo hacemos ahora en mayor o menor medida los que entramos a vivir en la Argentina, sea cualquiera nuestro origen, al ambiente lingüístico existente.

Otra vez la comparación de la colonización romana con la hispánica en este continente nos permite establecer un paralelo útil: como Roma se expandió más pronto en Italia hacia el Sur que hacia el Norte, entraron más soldados de las regiones meridionales que de las del centro y norte de la Península en sus ejércitos. Por otra parte, la evolución económica que se impuso en la Italia meridional a consecuencia de las guerras de Aníbal, en las que, despoblándose los campos por las devastaciones, los campesinos abandonaban sus tierras y terminaban por vendérselas a los ricos, que impusieron una economía ganadera de latifundios, proletarizó a las gentes de Italia del Sur, que en gran número acudieron a los ejércitos romanos de la conquista de España.

De español y torna atrás, Tente en el aire.

La lengua que estos colonos trajeron a Hispania era latín, pero un latín en el que los elementos dialectales no faltaban. Eran oscos principalmente, gentes que habían aprendido el latín de uso general, la lengua de la administración, pero que tendrían un modo de hablar regional, con fuerte acento, con palabras oscas, con giros y sintaxis bastante alejada del latín urbano en el que se pronunciaban los discursos en el foro.

Menéndez Pidal, que hace ya muchos años señaló la importancia de estos elementos no estrictamente latinos en el latín de Hispania y que ha buscado en ellos la explicación para rasgos determinados del español, ha seguido buscando nuevas razones en favor de esta teoría y la ha defendido contra objeciones siempre repetidas.

El paso de mb a m y el nd a n, observado en los dialectos del nordeste de la Península y región vecina de Francia, abundantes topónimos hispanos relacionados con los de Italia como Venusia, la cuna de Horacio, varios pueblos españoles llamados Oscos, en Aragón y Asturias, son para el maestro de nuestra filología prueba de esa presencia de itálicos, de gentes venidas de las regiones de la mitad meridional de Italia a fundar las primeras colonias romanas en Hispania. En la lengua nos quedan algunos rasgos que se deben a la presencia de estos.

A la autoridad de Menéndez Pidal viene ahora a sumarse la de E. Vetter, quizá el mejor conocedor que haya existido de las lenguas itálicas antiguas, quien viene a descubrirnos que en el fenómeno característico de nuestro idioma de usar en el verbo ir el perfecto yo fui, que es propiamente el del verbo ser, no sólo seguimos una corriente latinovulgar que está atestiguada en la famosa obra de Petronio Arbitro, sino que los antecedentes se hallan claramente en los restos que han llegado a nosotros de la lengua umbra, afín al osco de aquellos colonos que podemos suponer. Lo mismo se puede comparar que el latín gaudium dé español gozo con que la ciudad itálica de Bantia se llamaba Bansa en osco.

Nos hemos detenido un poco demasiado en estos remotos antecedentes romanos porque siempre es fecundo el paralelo entre la conquista romana del Occidente y la invasión de media América por la lengua española.

Los elementos dialectales que se descubren en el latín español y que pasan a caracterizar la forma de latín que en definitiva hablamos todavía, conservan el sello de las primeras promociones de colonos romanos establecidos en la Hispania bárbara, donde se hablaban varias lenguas indígenas, como ha hemos dicho. Del mismo modo, en el español que se habla en los distintos territorios de América, y que con todas sus diferencias regionales tiene un emparentamiento de conjunto que permite caracterizar un español americano opuesto en conjunto al español metropolitano (con todas las diferencias regionales marcadas en este), cabe rastrear su origen y demostrar que también las primeras promociones de colonos hispanos establecidos en América impusieron su sello indeleble, hasta hoy mantenido en el idioma.

Ese sello, ya ha sido dicho, es el andaluz. Varias son las razones que han invitado desde siempre a considerar el español de América como especialmente relacionado con los dialectos de la España meridional.

En primer lugar, tenemos razones históricas: la de Sevilla, como centro de tráfico con su Casa de Contratación y su monopolio de organización de las flotas; la del origen andaluz y extremeño de gran número de conquistadores. Después también razones de orden lingüístico; y, en primer lugar, una característica común a andaluces y americanos: el muy visible rasgo de seseo, de la no distinción de los dos sonidos s y c que los castellanos, y en general los españoles no andaluces y de lengua castellana, distinguimos.

Un filólogo de grata memoria, Pedro Enríquez Ureña, creyó, sin embargo, que había que revisar este tópico del andalucismo americano, y en una monografía dedicada al tema consideró que es falsa la conexión especial de Andalucía con América, y que siendo el rasgo visible por excelencia el seseo, y habiendo este surgido después de la primera colonización, y de manera independiente en Andalucía y en América, mal podía este constituir el rasgo que indicara la especial adscripción de Andalucía en América.

De español y albina, Torna atrás.

De aquí que examinar esta situación real merezca unos momentos, que yo creo no son perdidos para los educadores si sirven para despertar o alimentar una preocupación y un sentido de responsabilidad.

Es evidente que la unidad de lenguaje es un bien. Facilita el tráfico y la amistad entre los humanos, es vínculo de una cultura mayor y más generalmente difundida, pone a nuestro alcance mayores riquezas culturales y, en definitiva, atenúa los inconvenientes de la bíblica maldición que por haber emprendido con soberbia la torre de Babel cayó a los hombres.

La unidad de la lengua española es, pues, un bien, no sólo desde el punto de vista español, sino del americano. Gracias a esta unidad, las fronteras políticas no son obstáculo al mutuo conocimiento y estima de los pueblos, y por encima de la división sentimos más o menos vagamente una fraternidad por la cual un chileno o un boliviano no nos son extraños.

Con esta unidad, los libros que se traducen en Madrid o en Buenos Aires, en Barcelona o en México, llegan a manos de un lector en las altas llanuras andinas o en los bordes de la selva, y lo convierten en miembro de la cultura occidental.

El inconveniente de manejar un instrumento cultural demasiado generalizado puede ser, para los temperamentos demasiado comunes, poco íntimo, como un bien mostrenco. Uno de los más grandes poetas líricos catalanes de nuestra época, Carles Riba, podía hacerme ver el encanto de disponer de una lengua íntima, propia, reservada para la vida familiar y la efusión íntima y, esto ya lo pensaba yo, descargada de toda la prosa de la existencia práctica y cotidiana.

Es posible que sea en la línea de lo personal, lo íntimo, lo familiar, donde los líricos en nuestra lengua puedan dar cabida a los regionalismos, los dialectalismos, los términos y expresiones que nos son particularmente caros porque los hemos oído desde la cuna y son los que liguen tal vez nuestra infancia a un rincón de este mundo.

Cada vez que defendemos la unidad de la lengua, la conservación del castellano tal cual fue traído por el conquistador y el misionero y tal cual hoy pervive adaptado a la cultura moderna, se puede sentir la preocupación de que una especie de bizantinismo petrificara la vida auténtica del idioma, lo convirtiera en una norma escrita con todo el vigor gramatical, pero vaciada de entrañas y de alma, como hallamos que fue el destino del griego antiguo superviviente durante siglos bajo el imperio de Bizancio en esta forma rígida y muerta. ¡Más fecunda sería la división que la unidad conseguida a ese precio! Como más fecunda fue la fortuna del latín en Occidente con su evolución rápida y su división en las varias lenguas neolatinas.

Otra vez un paralelo de la historia del latín en las naciones del occidente de Europa nos brinda elementos para comprender la situación de nuestra lengua en América. Los cambios y sorpresas de la historia hicieron que los focos principales de formación de las lenguas románicas no estuvieran muchas veces en los grandes centros de la cultura griega. El español no nació ni en Tarragona ni en Córdoba; ni el italiano tuvo su cuna en Roma. El francés no se formó en Burdeos, ni en Lyon, ni en Autun, donde las escuelas de retórica habían dado brillantes muestras de cultura en los siglos finales de la antigüedad.

De español y mulata, Morisca.

Fueron regiones antes menos desarrolladas, regiones bárbaras y atrasadas las que tomaron la iniciativa política y lingüística y la iniciativa cultural más tarde, así Castilla o la Isla de Francia imponen su dialecto sobre zonas antes más adelantadas y más ricas y sirven de motor decisivo en la creación de grandes lenguas nacionales.

Algo de esto ha ocurrido, está ocurriendo en América con la evolución cultural y su reflejo en la evolución lingüística. Bien sabido es que en los antiguos tiempos de los virreinatos Buenos Aires, y en general estas comarcas del Rio de la Plata y del antiguo Tucumán, no son las más ricas ni las más desarrolladas. El virreinato de Buenos Aires es el último en surgir en América del Sur, y poco antes de la independencia. La Universidad cordobesa, es muy posterior a las de Lima y México. La imprenta en la actual Argentina tuvo un desarrollo más lento y menos brillante que en aquellas capitales.

Ciertos rasgos generales del español argentino son marcadamente populares, rústicos, concretamente ganaderos. Lo es la extensión del «voseo» que previamente se presenta en América, como Amando Alonso ha hecho notar, allí donde no hubo pronto cortes virreinales, ni universidades, ni arzobispados y faltaron los elementos de cultura superior que podía ofrecer la metrópoli. Lo es muchas veces el léxico específicamente argentino con especializaciones de sentido del tiempo de «vereda» por «acera», o la interdicción de un verbo que para nosotros no es malsonante y que en España tiene sentido sólo como término técnico en ganadería.

Pero el destino de la Argentina independiente era, como el de Toscana, Isla de Francia o Castilla la Vieja, convertirse en un gran centro de vida del idioma. Y en la misma vida lingüística de la República Argentina me imagino que es de algún modo perceptible esta inversión de la situación anterior, pues el prestigio creciente de la rica, activa y gigantesca urbe de Buenos Aires ha ido imponiéndose sin duda también en el interior, donde las raíces de la tradición lingüística son, en mucho, más vitales y ricas.

Buenos Aires, más abierta e innovadora, en una región antiguamente con cultura más pobre que Córdoba o las ciudades del antiguo Tucumán, con más inmigrantes de lengua ajena, se ha convertido irremediablemente en uno de los grandes centros de difusión del idioma. Y no sólo en la República Argentina, sino en toda América y en el dominio entero de la lengua española.

En uno de los aspectos más tangibles, el editorial, Buenos Aires, con México, compite con Madrid y Barcelona. Son sin duda los cuatro grandes centros de producción de libros en nuestro idioma. Pero es evidente que si atendemos a otros aspectos no tan numerables, como la vida literaria, la cultura universitaria, la irradiación del idioma en otros aspectos, como el de ser una de las lenguas mundiales en las Naciones Unidas, o el de figurar entre los grandes idiomas comerciales, junto a Buenos Aires y México, tenemos entonces que contar a Santiago de Chile y Bogotá, Caracas y Lima, Quito y Guatemala.

Mientras que había antes desde la corte de Madrid toda una complicada gradación, pasando por las cortes virreinales y llegando a los confines de gaucha dureza del vivir, nuestro idioma tiene ahora múltiples centros, y el arte de los escritores y los maestros es mantener en equilibrio la unidad del idioma, no con una férrea disciplina, no con un armazón de reglas o con el diccionario académico manejado como un azote, no con una enseñanza reglamentista y de ordenanza. Será con un gran arte, con un magisterio sutil, con el que durante unos siglos todavía, esperémoslo, se mantendrá uno el idioma de Cervantes.

Indios gentiles.

Uno sin atiesamientos ni rigidez bizantinos, sin sequedad ni gramaticismo. Yo me imagino que el escritor, el gran poeta, sabrá sacarle al instrumento grandioso de nuestro idioma esa nota íntima y lírica que es la esfera de lo vario, de lo idiomático, de lo sabroso y popular, de lo apegado al terruño y con regusto a infancia. Ahí está la nota propia de cada país hispánico.

La Argentina ha sabido, en este punto también, dar fórmulas de gran acierto y de poética vitalidad. Primero, Echevarría, buscando el intimismo sentimental que nuestra lengua sólo con Bécquer encontraría en España; después, varios poetas creando la gran corriente popularista, castiza y criolla, de la poesía gauchesca, donde lo tradicional español aparece fundido, recreado, renovado, en un tipo literario que no puede ser sino americano. Luego, preocupándose de nuevo un poeta, Jorge Luis Borges, de formular los anhelos de la poesía argentina, de la lengua de los argentinos, en lo que aspira a completar, a suplir, a superar lo ya existente en la literatura en lengua española.

Leamos la ya clásica conferencia de Jorge Luis Borges sobre El idioma de los argentinos, pronunciada hace más de treinta años, y por debajo de la crítica, bien inteligente, de la supuesta riqueza del idioma, tal como se refleja en el diccionario de la Academia (donde tantos elementos históricos y geográficos vienen a sumarse como arrastre muerto a lo que hay de caudal vivo), y de las observaciones a la literatura española tradicional (observaciones que son explicables y justificadas en un creador, pues si se da por contento con el pasado no necesitará crear nada), recogemos como cosecha y saldo positivo la sana orientación de buscar en el idioma heredado no la composición bizantina en un idioma muerto, sino lo que él llama «el no escrito idioma argentino», «el de nuestra pasión, el de nuestra casa, el de la confianza, el de la conversada amistad».

El programa de Borges, con cientos de planteos para rebajarnos los humos (como decimos allá y no sé si por acá) a los peninsulares, es positivo, repitámoslo: «Escriba cada uno su intimidad, y ya la tendremos; digan el pecho y la imaginación lo que en ellos hay, que no otra astucia filológica se precisa. Que alguien se afirme venturoso en lengua española, que el pavor metafísico de gran estilo se piense en español, tiene su algo y también su mucho de atrevimiento… Nosotros quisiéramos un español dócil y venturoso que se llevara bien con la apasionada condición de nuestros ponientes y con la infinitud de dulzura de nuestros barrios, y con el poderío de nuestros veranos y nuestras lluvias y con nuestra pública fe…»

Con estas esperanzas uno de los grandes escritores argentinos formulaba un programa al que se ha mantenido fiel. Es así, con pluralidades de grandes escritores, como nuestro idioma conservará una unidad superior, enriqueciéndose con nuevos mundos, como se enriqueció una vez —por no citar otros ejemplos— con el americano tropical Rubén Darío.

De español e india, Mestizo.

Y para terminar, pues el tema excede al tiempo y a la presencia vuestra, algunas observaciones para vosotros los educadores y maestros del idioma. Sembramos, no lo olvidemos, tal vez escritores y poetas. Dominamos en gran medida el idioma.

La vieja enseñanza fue academicista y lógica, creía que el idioma se enseña con el arte de la gramática y que se hablaba y escribía con arreglo a las fórmulas de ella. La enseñanza de ayer era histórica. Observaba la vida del idioma, se limitaba a dar fe de vida de ella y creía que se podía profetizar agoreramente la división del idioma, la pérdida de la unidad, la reducción a fragmentos de lo que vale más como unidad.

Nuestra enseñanza tiene que ajustar más su comprensión a la realidad, mide lo que es fatal, pero sabe cuánto en la vida del idioma se debe a la voluntad de los hombres. Ha de saber respetar todo lo que es vivo y auténtico; lo que, según las palabras de Borges, es «íntimo» y a la vez pertenece a la «comunidad del idioma», ha de favorecerlo y potenciarlo.

Es probable que en conjunto nuestra lengua sea superior a sus escritores o a siglos enteros de sus escritores, de la misma manera que los fundadores de América, los creadores de este milagro que es la población de América, eran superiores a la administración que les daba permiso para lanzarse a sus aventuras y hazañas por estas tierras remotas y estos valles y llanos que aún hoy, cuando los recorremos con más comodidad, nos dejan asombrados y suspensos.

Sepamos los educadores estabilizar el lenguaje, prolongarle en esta fe de unidad en que todos nos entendemos, y hagámoslo con gracia y sin rigidez para no bizantinizar nuestro idioma ni privarlo de su intimidad, su sabor, su facultad creativa.

Parece que la Argentina, desde hace más de un siglo, ha sabido en su literatura y en su vida popular rechazar las corrientes de la división, pero a la vez sostener los derechos de la personalidad local y literaria.

Ayudémosle a este país, en toda la medida que nos permita nuestro saber y nuestro entender, a cumplir su destino en la lengua.

ENLACES RELACIONADOS

El oro de Cajamarca (Jakob Wassermann).

Fray Antonio Montesinos.

Lo negro y lo mulato en la poesía cubana (Ildefonso Pereda Valdés).

La polémica del modernismo (Manuel Díaz Martínez). Discurso de ingreso a la Academia Cubana de la Lengua.

Las poetas modernistas y posmodernistas hispanoamericanas. Poemas.

Max Henríquez Ureña. “Poetas cubanos de expresión francesa”. Capítulo 1.

Max Henríquez Ureña. “Poetas cubanos de expresión francesa”. Capítulo dos: José María de Heredia.

Max Henríquez Ureña. “Poetas cubanos de expresión francesa”. Capítulo 3: Severiano de Heredia y Cornélius Price.

Max Henríquez Ureña. “Poetas cubanos de expresión francesa”. Capítulo 4: Augusto de Armas y Armand Godoy.

Sobre la poesía (Manuel Díaz Martínez).

Jonathan Jenkins: La sociedad en la Cuba antigua. Pinceladas de la Cuba colonial de la primera mitad del siglo XIX.

El primer libro impreso en América.


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