DOLORES Y LOS MONSTRUOS CREÍBLES

«No cierres los ojos…»

Caprichos, Goya, número 72: No te escaparás. Grabado.

Dolores se mira, cada mañana, en el espejo de azogue quebrado que tiene en la entrada de su casa. Se mira antes de coger el camino que le confirma, cada día, que el tiempo transcurre siempre sin medida.

Dolores se mira en el espejo de azogue quebrado y, por eso, confunde su realidad vistiendo de plata su mirada agotada. Su existencia es plata, es luminosa y helada, es un silencio a la espera del aullido del lobo, del anuncio de que llegó el momento ansiado por ella: el suceso puro.

Dolores pasa las horas bajo los cipreses que custodian su tumba. Se sienta al lado de su hoyo, aún tierra abierta sobre la que revolotean los vencejos en las tardes tordo-azuladas. Plácidamente espera, no quiere formar parte de la corte de transeúntes ausentes, que han olvidado el pasado, que ignoran el presente y que han renunciado a horizontes lejanos. No quiere ser un ser sin alas.

Dolores aguarda y no quita ojo a la copa del ciprés parco en sombras. Ella cree en Aladino, ella espera que Aladino salga de su lámpara y se comprometa a ayudar a su alma a llegar, cuando el cuerpo muera, a la copa del árbol —el ciprés es demasiado alto y su sacrificio no ha sido lo suficientemente espléndido como para ganar la ascensión por propios méritos.

Dolores ha pasado tantas horas junto a su hoyo que confunde sueños y sombras. Para ella, Aladino es la Paloma que le abrirá la puerta de la Gloria, que hará que la losa no hunda sus huesos, aún más, en el barro. Dolores intenta huir del vacío, del miedo, de la Nada. Pero Dolores es otra más de los monstruos creíbles que deambulan por los caminos de los amores sin compromiso, de los amores sin patria.

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