sábado , 16 diciembre 2017
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Dos cuentos: El primer Shlemiel y La cabra Zlateh (Isaac Bashevis Singer y Maurice Sendak). Textos íntegros.

“(…) El niño sigue siendo aquel lector independiente que sólo confía en su propio criterio”.
Isaac Bashevis Singer

En la literatura infantil sólo existe un antídoto contra el aburrimiento, un remedio capaz de pegar a un niño a una historia, y esa pócima, que no se encuentra al alcance de cualquiera que decida escribir para ellos, se llama fantasía.

La fantasía puede ser elaborada con varias recetas. Una es almibarada y consigue un resultado aniñado, apta para pequeños que escuchan y aún no leen, o para padres que buscan libros que no saquen a sus hijos de la zona de confort que han creado para ellos.

La otra receta es más osada, pues en ella hay que mezclar imaginación y realidad. Esta es la combinación que garantiza un resultado irresistible, pues despierta en el niño todos sus sentidos creándole nuevas expectativas. El pequeño o joven lector descubre que hay lógica en la historia que, aparentemente, parecía irracional. A este tipo de fantasía responden los relatos para niños de Isaac Bashevis Singer. Pero hay más fórmulas, como la que acumula ingredientes hasta conseguir una masa fantásticamente absurda, mas hoy no voy a detenerme en ellas.

Isaac Bashevis Singer, Premio Nobel de Literatura en 1978, publicó sus primeros cuentos infantiles en los años sesenta del siglo pasado. Singer, judío polaco radicalizado en Estados Unidos, escribió toda su obra en yiddish, incluidos los relatos que aquí dejo y que se encuentran recogidos en Cuentos judíos de la aldea de Chelm.

Las historias moralizantes e ingeniosas que dan origen a los relatos El primer Shlemiel y La cabra Zlateh, además de invitar a fantasear, abren las puertas al conocimiento de las tradiciones judías.

En el pueblo polaco de Chelm, mientras se hacen los preparativos para celebrar la fiesta de Hanukkah, las soluciones a los problemas que surgen en el día a día sirven al autor para transmitir a sus jóvenes lectores valores como la tolerancia, la generosidad, la reciprocidad, la colaboración, la honestidad…

Es curioso ver cómo este escritor, que había estudiado en una Jeder y era hijo de un rabino jasídico a cargo de una de las sinagogas del ghetto de Varsovia, ironiza con los ancianos de sus cuentos. Isaac Bashevis Singer emigró huyendo de los nazis y sufrió una gran decepción al comprobar que aquellos rabinos que tanto había endiosado eran impotentes ante el holocausto. Ese desengaño es evidente en el tratamiento que da a sus sabios en los Cuentos judíos de la aldea de Chelm.

Hoy rescato dos de las siete historias recogidas en este libro que considero un clásico de la literatura juvenil. Ilustro los cuentos con los dibujos que para ellos hizo el neoyorkino, hijo de emigrantes polacos de origen judío, Maurice Sendak. Isaac Bashevis Singer era contrario a ilustrar sus cuentos, creía en el poder de la palabra para convencer sin necesidad de ayudas externas que estimularan la imaginación del lector. Pero Singer hizo una excepción. Singer aprobó gustoso los grabados de su amigo Maurice Sendak, quien fuera galardonado en 1964 con la Medalla Caldecott, con el Premio Hans Christian Andersen en 1970 y con el Premio Internacional de Literatura Infantil en Memoria de Astrid Lindgren en el año 2003.

Una curiosidad: Maurice Sendak acudió a sus padres en busca de ayuda para ilustrar los relatos de Singer. Ellos le facilitaron el álbum que guardaba celosamente las fotos de sus antepasados,  familiares casi todos fallecidos durante la Segunda Guerra Mundial y que el autor no conoció.

Es en ese material gráfico en el que se inspiró el dibujante para crear los personajes de los Cuentos judíos de la aldea de Chelm.

Sobre este asunto escribió Maurice Sendak:

“Allí estaban las fotografías que tenía mi padre de sus hermanos menores, todos elegantes y todos de aspecto interesante, y las mujeres con su cabello largo y flores. Yo iba de un extremo a otro del álbum eligiendo algunas imágenes de los parientes de mi madre y algunas de mi padre, y los dibujé con mucha agudeza. Y ellos lloraron. Y yo lloré. Eso pasó así. Y aún es así”.

El primer Shlemiel y La cabra Zlateh son historias para niños y adultos que creen en los cuentos que cuentan historias que inducen a la gula imaginativa. Son cuentos para los que nos frotamos las manos cuando leemos: “Érase una vez en un país muy lejano…”.

“Dedico este libro a los muchos niños que no tuvieron la oportunidad de crecer, debido a las guerras estúpidas y a las persecuciones crueles que devastaron ciudades y aniquilaron familias inocentes. Confío en que cuando los lectores de estos cuentos se conviertan en hombres y mujeres habrán de amar no sólo a sus propios niños sino a todos los niños buenos, de donde quiera que sean”.
Isaac Bashevis Singer

EL PRIMER SHLEMIEL

A los tontos se les llama a veces shlemiels y hay muchos shlemiels en el mundo, pero el primero vino de la aldea de Chelm. Tenía una esposa, la señora Shlemiel, y un hijo, el pequeño Shlemiel, pero no podía mantenerlos. La esposa solía levantarse temprano para vender verduras en el mercado. El señor Shlemiel se quedaba en casa y acunaba al hijo para que durmiera. También cuidaba al gallo que vivía con ellos en la habitación, y le daba maíz y agua.

La señora Shlemiel sabía que su marido era torpe y perezoso. También le gustaba dormir y era goloso. Así ocurrió que una noche ella preparó una olla de deliciosa confitura. Al día siguiente se preparó pensando que, mientras ella estaba en el mercado, el marido iba a comérselo todo. Así que, antes de irse, le dijo:

-Shlemiel, me voy al mercado y volveré por la noche. Hay tres cosas que debo decirte. Todas ellas son muy importantes.

-¿Qué son? -preguntó Shlemiel.

-La primera, asegúrate de que el niño no se caiga de la cuna.

-Bien, cuidaré al chico.

-Segundo, no dejes que el gallo se escape de la casa.

-Bien. El gallo no saldrá de la casa.

-Tercero, hay un pote de veneno en el estante. Ten cuidado de no comerlo, porque morirás -dijo la señora Shlemiel, señalando al pote de confitura que había colocado muy alto en el armario.

Había decidido engañarlo, porque sabía que si él probaba la deliciosa confitura, no habría de contenerse hasta comerla toda. Era poco antes de Hanukkah, y necesitaba la confitura para servirla con las tortitas de esas fiestas.

Tan pronto como se fue su esposa, Shlemiel comenzó a acunar al niño, cantándole un arrorró:

Yo soy un gran Shlemiel.
Tú eres un pequeño Shlemiel.
Cuando crezcas,
serás un gran Shlemiel
y yo seré un viejo Shlemiel.
Cuando tengas hijos,
tú serás un papá Shlemiel
y yo seré un abuelo Shlemiel.

El niño se durmió pronto y Shlemiel también lo hizo, empujando todavía la cuna con un pie.

Shlemiel soñó que se había convertido en el hombre más rico de Chelm. Era tan rico que podía comer tortitas con confitura, no sólo en Hanukkah, sino en cualquier día del año. Pasaba el día con los otros hombres ricos de Chelm, jugando con un dreidel de oro. Shlemiel conocía un truco, y cada vez que le tocaba el turno de lanzar el dreidel, se detenía en la “G” ganadora. Se hizo tan famoso que los nobles de países distantes venían a verlo y le decían “Shlemiel, queremos que seas nuestro rey”.

Shlemiel les dijo que él no quería ser rey. Pero los nobles se arrodillaron ante él e insistieron hasta que tuvo que acceder. Colocaron una corona en su cabeza y le condujeron hasta un trono dorado. La señora Schlemiel, que ahora era reina, ya no tenía que vender verduras en el mercado. Se sentó junto a él, y ambos compartieron un enorme pastel cubierto de confitura. Él comía de un lado y ella del otro, hasta que sus bocas se encontraron.

Mientras Shlemiel estaba sentado y soñaba su dulce sueño, el gallo comenzó repentinamente a cacarear. Tenía una voz muy fuerte. Cuando salía su co-co-rro-có, sonaba como una campana. Y cuando una campana sonaba en Chelm, significaba habitualmente que había un incendio. Shlemiel despertó de su sueño y saltó asustado, volcando la cuna. El niño cayó y se lastimó en la cabeza. En su confusión Shlemiel corrió a la ventana y la abrió para ver dónde era el incendio. En el momento en que abrió la ventana, el gallo excitado voló y se escapó.

Shlemiel lo llamó.

-Gallo, vuelve aquí. Si la señora Schlemiel descubre que te has ido, se enojará y enfurecerá interminablemente.

Pero el gallo no prestó atención a Shlemiel. Ni siquiera miró hacia atrás, y pronto desapareció de la vista.

Cuando Shlemiel comprendió que no había ningún incendio, cerró la ventana y volvió hacia el niño lloroso, que ya tenía un gran chichón en la cabeza a raíz de la caída. Con gran esfuerzo Shlemiel le consoló, enderezó la cuna y puso otra vez al niño allí.

Nuevamente comenzó a mecerla, y cantaba:

En mi sueño yo era un Shlemiel rico,
pero despierto soy un Shlemiel pobre.
En mi sueño comía tortitas con confitura,
despierto como pan con cebolla.
En mi sueño yo era Shlemiel el Rey,
despierto sólo soy Shlemiel.

Después que el niño volvió a dormir, Shlemiel comenzó a preocuparse por sus problemas. Sabía que cuando volviera su esposa y descubriera que el gallo se había escapado y que el niño tenía un chichón en la cabeza, se enojaría muchísimo. La señora Shlemiel tenía una voz muy fuerte, y, cuando rezongaba y gritaba, el pobre Shlemiel temblaba de miedo. Shlemiel podía prever que esa noche, cuando ella volviera, estaría más enojada que nunca y le insultaría y le diría de todo.

Repentinamente Shlemiel se dijo:

-¿Qué sentido tiene esa vida? Prefiero estar muerto.

Y decidió quitarse la vida. ¿Pero cómo hacerlo? Recordó entonces que su esposa le había hablado por la mañana sobre un veneno que estaba en un estante.

-Eso es lo que haré. Me voy a envenenar. Cuando yo esté muerto, podrá insultarme todo lo que quiera. Un Shlemiel muerto no escucha cuando le gritan.

Shlemiel era un hombre bajo y no alcanzaba hasta ese estante. Cogió un taburete, se subió en él, consiguió el tarro y comenzó a comer.

-Oh, el veneno tiene un gusto dulce -reflexionó.

Había oído decir que algunos venenos tienen un gusto amargo y otros un gusto dulce.

-Pero el veneno dulce es mejor que el amargo.

Y procedió a terminar con la confitura. Le gustó tanto que dejó vacío el recipiente.

Cuando Shlemiel terminó con el veneno, se acostó en la cama. Estaba seguro de que el veneno comenzaría a quemarle por dentro y que habría de morir. Pero pasó media hora, y después una hora, y Shlemiel continuó sin sentir un solo dolor en la panza.

-Ese veneno es muy lento -decidió Shlemiel.

Estaba sediento y quería un trago de agua, pero no había agua en la casa. En Chelm el agua debía ser extraída de un pozo y Shlemiel era demasiado perezoso para ir a buscarla.

Shlemiel recordó que su esposa guardaba una botella de sidra de manzana para las fiestas. La sidra de manzana era cara, pero cuando un hombre está por morir, ¿qué sentido tiene ahorrar dinero? Shlemiel consiguió la botella de sidra y bebió hasta la última gota.

Ahora le vino un dolor de estómago, y estuvo seguro de que el veneno había comenzado a actuar. Convencido de que estaba por morir, se dijo: “ Realmente no es tan malo morir. Con semejante veneno no me importaría morirme todos los días”. Y se durmió.

Soñó nuevamente que era un rey. Tenía tres coronas sobre su cabeza, una sobre otra. Delante suyo había tres recipientes dorados: uno lleno de tortitas, uno con confitura, uno con sidra de manzana. Cada vez que se ensuciaba la barba al comer, un sirviente se la limpiaba con una servilleta.

La señora Shlemiel, la reina, se sentaba al lado suyo en un trono separado, y le decía:

-De todos los reyes que han gobernado en Chelm, tú eres el más grande. Todo Chelm rinde homenaje a tu sabiduría. Afortunada es la reina de un rey semejante. Feliz es el príncipe que te tiene de padre.

Shlemiel fue despertado por un crujido de la puerta que se abría. La habitación estaba oscura y escuchó la voz chillona de su mujer.

-Shlemiel, ¿por qué no encendiste la lámpara?

-Se parece a mi mujer, a la señora Shlemiel -se dijo Shlemiel a sí mismo-. ¿Pero cómo es posible que yo escuche su voz? Ocurre que estoy muerto. ¿O puede ser que el veneno no haya funcionado y que todavía esté vivo?

Se levantó, con las piernas temblorosas, y vio cómo su mujer encendía la lámpara. De pronto ella comenzó a gritar con todas sus fuerzas.

-Pero ¡mira a ese niño! Tiene un chichón en la cabeza. Shlemiel, ¿dónde está el gallo, y quién se ha bebido la sidra? ¡Pobre de mí! ¡Se ha bebido la sidra! Perdió el gallo y dejó que el niño se hiciera un chichón en la cabeza. Shlemiel, ¿qué has hecho?

-No grites, querida esposa. Estoy a punto de morir. Pronto serás viuda.

-¿Morir? ¿Viuda? ¿Qué estás hablando? Pareces saludable como un caballo.

-Me he envenenado -replicó Shlemiel.

-¿Envenenado? ¿Qué quieres decir? -preguntó la señora Shlemiel.

-He comido tu tarro de veneno.

Y Shlemiel señaló hacia el tarro vacío.

-¿Veneno? -dijo la señora Shlemiel-. Es el tarro de confitura para la fiesta de Hanukkah.

-Pero me dijiste que era veneno -insistió Shlemiel.

-Eres un tonto -dijo ella-. Lo hice para que no te lo comieras antes de las fiestas. Ahora lo has devorado todo.

Y la señora Shlemiel se echó a llorar.

Shlemiel también lloró, pero no de pena. Lloró lágrimas de alegría porque habría de seguir vivo. Los gemidos de los padres despertaron al hijo, y él también comenzó a llorar. Cuando los vecinos escucharon tanto llanto, vinieron corriendo, y pronto todos en Chelm supieron la historia. Los buenos vecinos se apiadaron de los Shlemiel y les trajeron otro tarro de confitura y otra botella de sidra de manzana. El gallo, que se sentía helado y hambriento después de vagar por ahí afuera, volvió solo, y los Shlemiel tuvieron después de todo una fiesta feliz.

Como es habitual en Chelm cuando ocurre algo extraño, los ancianos se reunieron para reflexionar sobre lo que había ocurrido. Durante siete días y siete noches arrugaron sus frentes y se mesaron las barbas, buscando el verdadero sentido del episodio. Al final los sabios llegaron todos a la misma conclusión: Una esposa que tiene un hijo en la cuna y un gallo para cuidar, nunca debe mentir a su marido y decirle que un tarro de confitura es un tarro de veneno, o que un tarro de veneno es un tarro de confitura, aún cuando él sea perezoso y sea goloso y sea además un shlemiel.

LA CABRA ZLATEH

En la época de Hanukkah el camino desde la aldea a la ciudad está habitualmente cubierto de nieve, pero este año el invierno había sido plácido. Había llegado Hanukkah, pero había caído poca nieve. El sol brillaba durante la mayor parte del tiempo. Los campesinos se quejaban de que el tiempo seco produciría una mala cosecha de grano invernal. Aparecieron nuevos pastos y los campesinos enviaron allí sus ganados.

Para el peletero Reuven había sido un mal año, y después de larga vacilación decidió vender la cabra Zlateh. Era vieja y daba poca leche. Feyvel, el carnicero del pueblo, había ofrecido ocho gulden. Con esa suma se podrían comprar velas de Hanukkah, patatas y aceite para las tortas, regalos para los niños y otros implementos de la fiesta para el hogar. Reuven dijo a su hijo mayor Aarón que llevara la cabra al pueblo.

Aarón comprendió lo que significaba llevar la cabra a Feyvel, pero tenía que obedecer a su padre. Su madre, Leah, se enjugó las lágrimas de los ojos cuando escuchó las novedades. Las hermanas menores de Aarón, llamadas Anna y Miriam, lloraron ruidosamente. Aarón se puso su chaqueta acolchada y una gorra que le cubría las orejas, ató un cordel al pescuezo de Zlateh y se llevó dos rebanadas de pan con queso para comer por el camino. Se suponía que Aarón entregaría la cabra al caer la tarde, pasaría la noche en casa del carnicero y regresaría al día siguiente con el dinero.

Mientras la familia se despedía de la cabra y Aarón ajustaba la cuerda en el pescuezo, Zlateh estaba quieta, con tanta paciencia y buena disposición como siempre. Lamió la mano de Reuven. Sacudió su pequeña barbita blanca. Zlateh confiaba en los seres humanos. Sabía que siempre la habían alimentado y que nunca le hicieron daño alguno.

Cuando Aarón la llevó hasta el camino que conducía a la ciudad, pareció un poco asombrada. Nunca había sido llevada en esa dirección. Lo miró interrogativamente, como si dijera “¿Adónde me llevas?” Pero después llegó a la conclusión de que una cabra no debe hacer preguntas. Sin embargo, el camino era diferente. Pasaron nuevos campos, praderas y chozas con techos de paja. Aquí y allá ladraba un perro que venía corriendo hacia ellos, pero Aarón los espantaba con su bastón.

El sol brillaba cuando Aarón dejó su aldea. Repentinamente, el tiempo cambió. Una gran nube negra, con un centro azulado, apareció hacia el este y se extendió rápidamente por el cielo. Comenzó a soplar un viento frío. Los cuervos volaban bajo, graznando. Al principio parecía que iba a llover, pero en su lugar comenzó a granizar. Era todavía temprano, pero todo se oscureció como en el atardecer. Poco después el granizo se convirtió en nieve.

En sus doce años Aarón había visto toda clase de tiempo, pero nunca había experimentado una nieve como ésta. Era tan densa que tapaba la luz del día. En un corto rato el camino quedó completamente cubierto. El viento se hizo tan frío como el hielo. El camino hacia la ciudad era estrecho y ventoso. Aarón ya no supo dónde estaba. No podía ver a través de la nieve. El frío penetró rápidamente en su chaqueta forrada.

Al principio Zlateh no pareció preocuparse por el cambio en el tiempo. También ella tenía doce años y sabía lo que significaba el invierno. Pero cuando sus patas se hundieron más y más en la nieve, comenzó a volver hacia atrás la cabeza y a mirar a Aarón con extrañeza. Sus ojos suaves parecían decir “¿Por qué hemos salido hacia esta tormenta?” Aarón confiaba en que algún campesino apareciera con su carro, pero no pasó ninguno.

La nieve se hizo más espesa. Caía sobre el suelo en copos grandes y oscilantes. Bajo ella, las botas de Aarón tocaron la superficie blanda de una tierra arada. Comprendió que ya no estaba en el camino. Se había perdido. Ya no sabía calcular de qué lado estaba el este o el oeste, dónde estaban la ciudad o la aldea. El viento silbaba, aullaba, levantaba los copos de nieve. Parecía como si duendes blancos estuvieran jugando sobre los campos. Un polvo blanco se levantó del suelo. Zlateh se detuvo. Ya no podía caminar. Con terquedad afirmó sus patas en la tierra y lanzó un balido, como si rogaran que la llevaran a casa. Colgaban pequeños trozos de hielo en su barba blanca, y sus cuernos estaban recubiertos por la helada.

Aarón no quería admitir el peligro, pero sabía que si no encontraban refugio habrían de morir congelados. Esta no era una tormenta común. Era una ventisca tremenda. La nieve le llegaba a las rodillas. Sus manos estaban torpes y ya no podía sentir los dedos de sus pies. Se sofocaba al respirar. Su nariz se sentía ya como de madera, y la frotó con nieve. El balido de Zlateh empezó a parecerse a un llanto. Esos seres humanos en los que ella tenía tanta confianza la habían arrastrado a una trampa. Aarón comenzó a rogar a Dios por sí mismo y por el inocente animal.

Repentinamente vio la forma de una colina. Se preguntó qué podía ser. ¿Quién había apilado la nieve hasta hacer un montón tan grande? Se movió hacia allí, arrastrando a Zlateh detrás suyo. Cuando llegó más cerca, vio que era un gran montón de paja que la nieve había recubierto.

Aarón comprendió de inmediato que estaban salvados. Con gran esfuerzo cavó un camino a través de la nieve. Era un muchacho de aldea y sabía lo que tenía que hacer. Cuando llegó hasta la paja, formó allí un nido por sí mismo y para la cabra. Por muy frío que estuviera afuera, en la paja siempre hacía calor. Y la paja era además un alimento para Zlateh. En el momento en que la olió, se puso contenta y comenzó a comer. Afuera seguía cayendo la nieve. Pronto cubrió el pasaje que Aarón había hecho. Pero un muchacho y un animal necesitan respirar, y ya no había aire en su escondite. Aarón hizo una suerte de ventana a través de la paja y de la nieve, manteniendo libre el paso.

Zlateh, habiendo comido, se sentó sobre sus patas traseras y pareció haber reconquistado su confianza en el hombre. Aarón comió sus dos rebanadas de pan y queso, pero después del difícil viaje estaba todavía hambriento. Miró a Zlateh y notó que sus ubres estaban llenas. Se acostó a su lado, colocándose de tal forma que al ordeñarla la leche llegaría a su boca. Era rica y dulce. Zlateh no estaba acostumbrada a ser ordeñada de esa forma, pero no se resistió. Por el contrario, parecía ansiosa por recompensar a Aarón, que la había llevado a un refugio donde las paredes, el suelo y el techo estaban hechos con comida.

A través de la ventana Aarón pudo ver algo del caos exterior. El viento arrastraba grandes montones de nieve. Estaba completamente oscuro, y no sabía si había llegado la noche o si se trataba de la oscuridad de la tormenta. Gracias a Dios, en la paja no hacía frío. La paja seca, el pasto, las flores del campo, exhalaban el calor del sol veraniego. Zlateh comió con frecuencia; mordisqueaba de arriba, de abajo, de izquierda y de derecha. Su cuerpo irradiaba un calor animal, y Aarón se acurrucó junto a ella. Siempre había querido a Zlateh, pero ahora era como una hermana. Estaba solo, separado de su familia, y quería hablar. Comenzó a hablar con Zlateh.

-Zlateh, ¿qué piensas de lo que nos ha ocurrido?

-Maaa -contestó Zlateh.

-Si no hubiéramos encontrado este montón de paja, estaríamos ya congelados -dijo Aarón.

-Maaa -fue la respuesta de la cabra.

-Si la nieve sigue cayendo así, tendremos que estar aquí durante varios días -explicó Aarón.

-Maaa -baló la cabra.

-¿Qué significa “maaa…”? -preguntó Aarón-. Sería mejor que hablaras claramente.

-Maaa. Maaa -dijo Zlateh.

-Bien, entonces dejémoslo en “maaa” -dijo Aarón pacientemente-. Tú no puedes hablar, pero yo sé que tú comprendes. Yo te necesito a ti, tú me necesitas a mí. ¿No es cierto?

-Maaa.

Aarón tenía sueño. Hizo una almohada con un poco de paja, apoyó su cabeza y se durmió. También Zlateh quedó dormida.

Cuando Aarón abrió los ojos, no sabía ya si era de mañana o de noche. La nieve había tapado la ventana. Trató de limpiarla, pero cuando consiguió penetrar con todo el largo de su brazo, no había llegado todavía al exterior. Por suerte tenía aún su bastón y pudo abrirse paso hasta la nieve de afuera. Todavía estaba oscuro. La nieve seguía cayendo y el viento silbaba, primero con una voz y después con muchas. A veces tenía el sonido de una risa diabólica. También Zlateh se despertó, y cuando Aarón la saludó, ella contestó “maaa”. Sí, el lenguaje de Zlateh consistía sólo en una palabra, pero ésta significaba muchas cosas. Ahora estaba diciendo: “Debemos aceptar lo que Dios nos da: calor, frío, hambre, satisfacción, luz y oscuridad”.

Aarón se había despertado con hambre. Ya había comido lo suyo, pero Zlateh tenía mucha leche.

Durante tres días Aarón y Zlateh se quedaron en el pajar. Aarón siempre había querido a Zlateh, pero en estos tres días la amó más y más. Ella lo alimentaba con su leche y lo ayudaba a mantenerse caliente. Lo confortaba con su paciencia. Él le explicaba cuentos, y ella levantaba siempre las orejas y atendía. Cuando él la palmeaba, ella le lamía la cara y las manos. Después decía “maaa”, y él sabía que eso significaba “yo también te amo”.

La nieve cayó durante tres días, aunque después del primero ya no fue tan espesa y el viento se aquietó. A veces Aarón sentía que nunca había existido un verano y que la nieve había caído siempre, desde que él pudiera recordar. Él, Aarón, nunca había tenido ni padre ni madre ni hermanas. Era una criatura de la nieve, nacida de la nieve, y también lo era Zlateh. Estaba todo tan tranquilo en la paja que sus oídos sonaban en esa quietud. Aarón y Zlateh durmieron toda la noche y buena parte del día. En cuanto a los sueños de Aarón, eran sobre el tiempo cálido. Soñaba con campos verdes, árboles cubiertos de pimpollos, arroyos claros, pájaros que cantaban. A la tercera noche la nieve había parado, pero Aarón no se atrevió a buscar su camino hacia casa en medio de la oscuridad. El cielo se aclaró y la luna brilló, formando redes plateadas sobre la nieve. Aarón cavó un camino y miró al mundo. Era todo blanco y silencioso, con sueños de esplendor celestial. Las estrellas eran grandes y cercanas. La luna brillaba en el cielo como en un mar.

En la mañana del cuarto día Aarón escuchó el sonido de campanas de trineo. El pajar no estaba lejos del camino. El campesino que conducía el trineo le señaló el camino: no hacia la ciudad y hacia Feyvel el carnicero, sino de vuelta a la aldea. En el pajar, Aarón había decidido que no se separaría de Zlateh.

La familia de Aarón y sus vecinos habían buscado al muchacho y a la cabra, pero no habían encontrado su rastro durante la tormenta. Temían que se hubieran perdido. La madre de Aarón y sus hermanas lloraban por él; su padre estaba silencioso y triste. De pronto uno de los vecinos llegó corriendo a la casa con la noticia de que Aarón y Zlateh venían por el camino.

Hubo gran alegría en la familia. Aarón les contó cómo había encontrado el pajar y cómo Zlateh le había alimentado con su leche. Las hermanas de Aarón besaron y mimaron a Zlateh y le dieron una ración especial de zanahorias cortadas y de pieles de patata, que Zlateh devoró con apetito.

Nadie pensó otra vez en vender a Zlateh, y ahora que el tiempo frío terminó por llegar, los aldeanos necesitaron de nuevo los servicios de Reuven el peletero. Cuando llegó la fecha de Hanukkah, la madre de Aarón pudo freír tortitas todas las noches y Zlateh tuvo su porción. Aunque Zlateh tenía su propio cobertizo, a menudo venía a la cocina, golpeando a la puerta con sus cuernos para indicar que estaba preparada para hacer una visita, y siempre era admitida. Por las noches, Aarón, Miriam y Anna jugaban al dreidel. Zlateh se sentaba cerca de la estufa, mirando a los niños y el titilar de las velas de Hanukkah.

De vez en cuando Aarón le preguntaba:

-Zlateh, ¿te acuerdas de los tres días que pasamos juntos?

Y Zlateh se rascaba el cuello con un cuerno, sacudía su cabeza de barba blanca y emitía el único sonido que expresaba todos sus pensamientos y todo su amor.


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