sábado , 18 noviembre 2017
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Dos románticos: Lord Byron y Samuel Palmer.

“¿Dónde están los ausentes? Contesta pronto ¡oh tierra!”
Lord Byron

Maizal a la luz de la luna, acuarela, pluma, tinta sobre papel, 1830.

Hoy invito a mi blog a un poeta y a un pintor, ingleses los dos. Hoy la lírica y las artes plásticas se funden bajo el manto del Romanticismo.

Hoy se reúnen dos almas melancólicas, dos almas de oído fino, dos hombres que escucharon la voz del universo, trino para los escogidos.

Hoy, uniendo en un mismo espacio al pintor Samuel Palmer y al poeta Lord Byron, podremos gozar del tono sombrío de un paisaje misterioso, casi divino, y una poesía inquieta por culpa del desasosiego.

Hoy, al leer los poemas y contemplar los grabados, sentiremos el mayor de los silencios: el silencio que habita en lo hondo de la naturaleza, donde la alharaca que distrae a la vida no llega.

Hablo del sentimiento profundo, del espíritu turbado no por imposición del miedo, sino por el libre albedrío de la tristeza.

Hablo de ávidos observadores de invisibles estrellas.

Los poemas que he escogido han sido traducidos por María Alfaro quien, además de dedicar sus esfuerzos a la traducción de poetas ingleses, escribió versos y entendió muy bien el alma del noble inglés. Lord Byron nació en Londres en 1788 y murió en Grecia en 1824. Samuel Palmer nació en Londres en 1805 y murió en Surrey en 1881.

El valle del maíz, aguafuerte.

MI ALMA ESTÁ EN TINIEBLAS

Mi alma está en tinieblas… Pulsa, rápida, el arpa,
armonioso sonido que aún puedo soportar;
que tus dedos ligeros y suaves se deslicen
sobre las cuerdas tensas, en un tenue vibrar.
Si en el alma doliente una esperanza queda,
las notas melodiosas en ella sonarán,
y de mis ojos secos de lágrimas de fuego
brotarán disipando mi oscuro malestar.

Haz que tu melodía sea profunda y loca;
no dejes que la risa profane tu canción,
porque es preciso ¡oh arpista! que llore amargamente
para que el alma triste no estalle de dolor.
He cultivado tanto mi pena y mi tormento
que un silencio sin sueño me ha roto el corazón,
y ahora estoy sometido a la dura condena
de sucumbir al canto, de sufrir de amor.

(Fechado en Seaham en 1815).

Temprano en la mañana, aguafuerte, 1825.

ESTROFAS ESCRITAS EN UNA COPA FORMADA POR UNA CALAVERA

No te asustes. No pienses que estoy loca.
Contempla en mí la sola calavera
que diferente a una cabeza viva
vierte su contenido sin tristeza.

Viví y amé. Bebí cual tú; ya he muerto
y mi esqueleto abandoné a la tierra.
Llena mi copa. No temo tu daño;
tiene el gusano una mayor vileza.

Más vale contener sabroso zumo
que alimentar inmunda gusanera;
escanciar la bebida de los dioses
que convertirse en pasto de las fieras.

He de resplandecer para otros seres
donde una vez brilló mi inteligencia.
Cuando la luz de la razón nos falta
el vino nos compensa con largueza.

Bebe siempre que puedas. Que otra raza
-cuando tú y yo durmamos bajo tierra-
te salvará de su mortal abrazo
brindando por los muertos y las muertas.

¿Y por qué no? Si en una vida breve
la amargura rebosa de la testa,
limpia de polvo y libre de gusanos
puede servir como esta calavera.

(Escrito en Newstead en 1808).

Paisaje con niña, tinta y gouache sobre cartulina, 1826.

TE VI LLORAR

Te vi llorar… Las lágrimas ardientes
brotaron de tus ojos de turquesa
como dos gotas claras de rocío
que temblaran sobre unas violetas.
Te vi reír… El brillo del zafiro
junto a tu resplandor quedó en tinieblas;
apagada ceniza junto al fuego
de tu altiva mirada de princesa.

Lo mismo que las nubes en el cielo
-tonos profundos, suaves y dorados-
no pueden ser barridas por las sombras
que oscurecen al sol en el ocaso,
así tu risa alegre y placentera
-dicha inocente y pura para el alma-
como la luz del sol, deja una estela
de dulce claridad por donde pasa.

(Fechada en Seaham en 1815).

Crepúsculo tardío, pluma y tinta sobre papel.

DAMOETAS

Ante la ley, un niño; efebo por sus años,
en su cerebro anidan los malsanos deleites;
encadenado al vicio y del placer esclavo,
del mal y la mentira es la imagen viviente.
Maestro en el engaño desde que abrió los ojos,
voluble como el viento, espíritu alocado;
sus víctimas, mujeres; juguetes, los amigos,
para el mundo un anciano, en la escuela, un muchacho.
El largo laberinto de oscuras tentaciones
para Damoetas es carrera sin obstáculos.
Conflictos y pasiones le sacuden sin tregua,
y apurando hasta el fondo la copa del pecado,
saturado de vicio destroza las cadenas
que ayer fueron su gloria y hoy su castigo amargo.

(Decía Lord Byron que cuando lo obligaron a abandonar Harrow, para ir a estudiar en Cambridge, se sintió como “una especie de lobo entre el rebaño”. Eso ocurrió en 1805, año en que escribió este poema).

Pastores bajo la luna llena, aguafuerte, 1830.

RECUERDO

¡Ya está! Lo he vislumbrado en mis ensueños;
la esperanza borrada del futuro;
contadas son mis horas de alegría;
me ha helado el huracán de la desgracia.
La aurora de mi vida envuelta en niebla.
¡Adiós amor, fortuna y esperanza!
(¡Fuera el adiós también para el recuerdo…!)

(Escrito en 1806 y publicado por vez primera en 1832).

Escena en el campo, aguafuerte, sin fecha.

DESPEDIDA DE NAPOLEÓN
A los franceses

¡Adiós, patria! La sombra de mi gloria
oscureció la tierra con mi nombre
y me abandona ahora. La página
más negra o más brillante de su historia
se llena con mi fama. He batallado
con un mundo que sólo me ha vencido
cuando la luz fugaz de la conquista
me conducía lejos. Y he luchado
con pueblos que me temen solitario,
único prisionero entre millones.

¡Adiós, Francia! Cuando me coronaba
tu espléndida diadema hice de ti
la joya y el asombro de la tierra.
Pero hoy, tu inconsistencia decretaba
que te dejara igual que te encontré…

Tu gloria ha decaído. Está hundida
en tu propia grandeza. Con los pechos
partidos en la lucha, triunfé
y el águila de vidriosa pupila
subió mirando al sol de la victoria.

¡Adiós, Francia! Si en tu glorioso cielo
la libertad se extiende una vez más,
recuérdame. La violeta azul
sigue creciendo y esmaltando el suelo
y aun marchita, tu desolado llanto
la haría florecer. Y todavía
me sería posible el ahuyentar
las sombras. Si al conjuro de mi canto
se rompe un eslabón de la cadena
llama al jefe que hubieras elegido…

(Escrito en 1816 en la villa Diodati, cerca de Ginebra. Publicado en 1830).

A los pies del árbol aguafuerte, 1825.

ESTROFAS PARA CANTO

Espíritu tan bello como el tuyo
jamás salió de la prisión humana
a iluminar el orbe de lo santos.
¡Qué resplandor irradia de tu alma!
Eras divina ya cuando vivías.
Tu esencia que, inmortal, a nada iguala,
deja sin fundamento nuestra pena.
Dios puso en ti su gloria y su morada.

¡Sea ligero el césped de tu tumba!
¡Terso y brillante como la esmeralda!
¡Que sombras doloridas no despierten
recuerdos tristes que de ti nos hablan!
Flores tiernas y un árbol siempre verde
broten en el lugar donde descansas.
Que no vean cipreses nuestros ojos.
¿Por qué llorar? ¡Oh bienaventuranza!

(Publicado por primera vez en 1815).

La nube brillante, tinta y acuarela sobre papel, 1833.

LÍNEAS ESCRITAS EN UN ÁLBUM, EN LA ISLA DE MALTA

Como en la fría losa de un sepulcro
un nombre atrae la vista del viajero,
así también en hoja amarillenta
mi nombre surgirá de tus recuerdos.
Y cuando leas este nombre mío
al azar, transcurridos unos años,
recuérdame como si fuera un muerto
que allí su corazón dejó enterrado.

(Escrito en Malta en 1809).

Ilustración para las Bucólicas de Virgilio, pluma y tinta negra, grafito, papel, 1880.

ARISTOMENES

Ha muerto Pan. Los dioses del Olimpo
guardan silencio desde sus riberas,
y a través del murmullo de las olas
-Jónico Mar- la voz tremante ruge
cuando proclama el tránsito del dios.
¡Qué no ha muerto con él! Falso o sincero
era muy dulce el sueño que poblaba
los arroyos de seres con aletas.
Sueño feliz que adornaba los bosques
y las aguas con ninfas retozonas
que jugaban persiguiendo a deidades,
o reían entre abrazos de dioses
de heroica y noble raza cuyos nombres
repite el eco en mares y montañas.

(Escrito en Cefalonia en 1823 y publico por vez primera en 1887).

Iglesia entre árboles, tinta sobre cartulina, 1830.

ÚLTIMAS PALABRAS SOBRE GRECIA

¿Qué me importan a mí gloria y honores
pasados o futuros? Ni siquiera
el grito clamoroso de este pueblo
que acaba de nacer. Por él yo diera
mi vida, o despreciara una corona,
no siendo de laurel. Su enojo fuera
a mi locura apasionada, igual
que el ojo frío de serpiente artera.
El pájaro inocente de alas rotas
que en el aire sutil se tambalea,
camino de la muerte va girando,
desgarrado su orgullo en la pelea.
¡Cómo crece este amor que me fascina!
¡Oh magia poderosa! ¿Oh fortaleza
que puede más que la flaqueza mía!
¡Delirio inigualado en su grandeza!

(Sin fecha. Fue publicado por vez primera en 1887).

Dibujo para una escena pastoral, tinta y gouache sobre papel, h.1831.

FRAGMENTO

¡Colinas de Annesley, desnudas, yertas
donde inocente paseé de niño!
¡Tempestades del Norte que rugían
sobre las verdes copas de los pinos!
Ya no seduciréis mis largas horas
ni rondaréis mis sueños favoritos.
¡Ni volverás, mi Mary, sonriente
a ser mi deleitoso paraíso…!

(Escrito en 1805. Dedicado a Miss Chaworth, el amor adolescente del poeta y, según los que le conocieron, su gran amor).

La alondra común, aguafuerte, 1850.

AMOR Y MUERTE

Sí, te he observado cuando el enemigo
estaba cerca, y yo dispuesto siempre
a golpearle. O a mí, quizá, o a ti…
Prefiero no esperar la salvación
antes que repartir con mi adorada
algo, no siendo libertad o amor.

Te observé en la rompiente. Y en la roca
tropezó nuestra proa. La tormenta
rugía y tú, frágil y asustadiza,
temblorosa, te abrazabas a mí.
Mi brazo fuerte quisiera ser tu barca
y mi pecho tu eterna sepultura.

Te he observado cuando la fiebre ardía
en tus pupilas y mi duro lecho
arreglabas tendiéndome en la tierra;
cuando extenuado por largas vigilias
me negaba a levantarme de allí
si una tumba temprana me ofrecías.

El terremoto sacudía muros
y los hombres rodaban como ebrios.
¿A quién busqué por el salón en ruinas?
¿Qué salvación, feroz, me obsesionaba?
La tuya nada más. Sólo tu suerte
y tu vida contaban para mí.

Cuando la convulsión de la agonía
niegue el aliento a mi angustiado pecho
y expresión a mi mente oscurecida,
sólo hacia ti mi espíritu turbado
se volverá con estertor de muerte
y más frecuencia de lo que deseara.

Así fue y será siempre. Y, sin embargo,
no me has querido nunca. Ni en tu vida
has de poder quererme. Que el amor
no depende de nuestra voluntad,
y no debo culparte, pues mi sino
es amar en silencio y sin respuesta.

(Noviembre de 1824. Último poema escrito por Lord Byron. Lo encontraron dentro de sus papeles, iba  acompañado de una nota que aclaraba que estos versos no tenían una destinataria en particular).


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