ÉDOUARD VUILLARD: EL PINTOR DE LAS SENSACIONES

«Arte es lo que tú ves, la emoción que produce».
Paul Gauguin

Autorretrato con bastón, óleo sobre tabla adherido a lienzo, h. 1891-1892.

En la rica lista de nombres de artistas que marcaron un hito en la Historia del Arte moderno se encuentra Édouard Vuillard, (1868-1940). La pincelada rápida, una nueva interpretación del color y del encuadre, que incorpora la asimetría y la figura cortada que aportó la fotografía, abrieron un capítulo nuevo y trepidante en la pintura que despide al siglo XIX y que inicia la era de las vanguardias.

Vuillard se sumó a uno de los cauces abiertos por la corriente del río impresionista. Vuillard escogió para iniciarse al grupo de los nabis, el inspirado en el uso de la paleta y en la reducción de las formas del Gauguin «haitiano», aunque, una vez seguro de su quehacer y disuelto el movimiento en 1900, optó por separarse de lo novedoso —fue su tiempo el de las corrientes estéticas que se devoraron unas a otras.

Interior con mesa de trabajo o Cámara nupcial, óleo sobre lienzo, 1893.
(Decorado abarrotado para una escena íntima).

Ventana abierta a la noche, óleo sobre lienzo, 1930.
(Luego de un corto período de «objetividad», el pintor vuelve a su intención primera y aunque ya no está de moda el papel pintado funde con tonos de ocre los objetos que rodean a la borrosa figura que comparte azul con el cojín y el florero. Este es un cuadro de su última etapa).

Édouard Vuillard se dedicó a lo que realmente le apetecía: buscar un lenguaje visual que representara la relación que existe entre el mundo interior y su entorno. Sus figuras son introspectivas y sus obras, por tanto, son espejos de sus impresiones.

Y se convirtió en el cotilla de los interiores de los hogares acomodados de su Francia, de modo que nos ofrece, a espectadores como yo que gustamos del curioseo de tiempos pasados, un cuadro general de modas del hogar y modas del vestir, así como de costumbres y de oficios.

Los amigos del autor (y su madre), gouache con cola, sobre papel montado sobre lienzo, 1909.

¡Oh…!, y porque nadie puede sustraerse a su entorno, y el suyo fue particularmente intenso —Belle-Époque, Primera Guerra Mundial, período de entreguerras—, también nos muestra con variopintas técnicas estéticas, que utiliza según conveniencia, el espíritu de una época.

La cantante, pastel sobre papel, h. 1891-1892.
(¿A que el uso del punto de vista alto nos sugiere cómo era la modelo? ¡La Belle-Époque con sus espectáculos nocturnos y sus bailarinas, con su deseo de mandar al olvido a la honda aflicción que marcó al Romanticismo, ¡con sus ansias de celebrar el asentamiento de la modernidad!)

Flores, óleo sobre cartón, 1905.
(La temática de la naturaleza muerta). 

La soledad posee una mansión de infinitos salones con puertas abiertas, pero tiene como única aliada a la intimidad.

La soledad es la dueña de la llave que nos introduce en el universo de las sensaciones, pues es en soledad cuando lo que duerme en la hondura de la mente… ¡despierta! Esta condición humana siempre sedujo a Édouard Vuillard. 

El sueño, óleo sobre lienzo, 1892.
(Bidimensionalidad y paleta reducida y empastada para simbolizar el sueño. El tema y la manera de representarlo son singularidades del grupo de los nabis).

La nuca de Misia Natalson, óleo sobre cartón, 1897-1899.
(Misia, pianista polaca esposa de Thadée Natanson, fue uno de los amores platónicos del pintor. El matrimonio Natanson introdujo a Vuillard en el ambiente parisino de la alta burguesía y le abrió una nueva vía de inspiración: el mundo del vodebil. Es época de nuevos clientes).

Habitaciones con sus cosas y posturas naturales, típicas del modelo que para él posó, son capturadas por el pincel, que unas veces opta por los colores vivos y otras por tonos más álgidos, que unas veces se decanta por grandes superficies de color plano y otras por dar protagonismo a los decorados, que unas veces es más «efectista» y otras más objetivo con el entorno social —naturalismo—. Pincel que gusta de entrelazar líneas sinuosas y rectas y de crear alternancias de espacios sombríos y luminosos.

Interior, madre y hermana del artista, óleo sobre lienzo, 1893.
(Usaba los diseños de las telas y del papel pintado de las paredes para conseguir el efecto de fusión del personaje con su entorno. Por cierto, aquí construye el relato usando
 el plano inclinado).

Mujer barriendo, óleo sobre cartón, 1899-1900.
(Otro recurso pictórico es el juego de líneas).

La selección de una manera de pintar —técnica— depende de la capacidad que ofrezca de mostrar cómo influye la cotidianidad en el modelo que posa, pues es esto lo que importa a Vuillard. «No pinto retratos. Pinto personas en sus casas», afirmaba.

Absortos en sus pensamientos desfilan los personajes retratados por Vuillard, quien, aunque con menos intensidad, pintó paisajes y bodegones; así como decorados, programas y vestuarios para dramas simbolistas que fueron interpretados, a finales del XIX, en el Théâtre de l’Oeuvre de Lugné-Poë.

Pierrot, tinta negra y gouache blanco sobre papel, h. 1890-1891.
(La actriz Félicia Mallet interpretando «El hijo pródigo», película sonorizada que fue exhibida en la Exposición Universal de 1900).

Retrato de Lugné-Poë, óleo sobre lienzo, 1891.
(Por los escenarios de Lugné-Poë pasaron dramaturgos como Ibsen, Maeterlinck, Strindberg, Oscar Wilde, Bernard Shaw, Máximo Gorki, Nikolái Gógol, Gerhart Hauptmann, Björnson, Georges Bataille, Régnier, André Gide, Paul Claudel…).

Las dramatizaciones teatrales marcaron su obra, no sólo por lo que aprendió en cuanto a representación de las emociones, sino también porque de ahí hizo suya la peinture à la colle, el temple con cola que se utilizaba en las escenografías y que, entre otras bondades, le ofrecía un rápido secado y menos brillo al minimizar los reflejos de la luz artificial.

Biana Duhamel como Miss Helyett, pastel sobre papel, h. 1891-1892.
(Vuillard utilizó diferentes materiales, como acuarela, tinta, óleo, pastel, tela, cartón, papel, cerámica…).

Mujer con blusa de lunares, plato de cerámica, 1895.

Sin embargo es el retrato, temática que se hace fuerte en su catálogo a partir de 1912 que es cuando consolida su amistad con los Natanson, lo que hizo que el pintor se convirtiera, durante más de veinte años, en el retratista más codiciado de las clases acomodadas, que ven como unas veces sus figuras se funden con el fondo y otras se muestran mejor contorneadas y que sienten que lo representado no es sólo físico, sino imágenes visuales que revelan algo más.

Madame Fried, pastel sobre papel, 1924.
(El ensimismamiento, característica de sus protagonistas). 

El personaje en su entorno, desentendido del mundo exterior, centrado en sí mismo. A Vuillard lo que le interesa capturar es esto. Para él no es prioritaria la experimentación pictórica, que tanto arrebata a sus compañeros de oficio.

En sus obras se aprecian premisas nabis, simbólicas, impresionistas, fauves, postimpresionistas, naturalistas… Y también los japonismos —la escuela Ukiyo-e, del periodo Edo, fue manantial para los primeros ismos.

Mi abuela, óleo, 1892
(Puntillismo).

El jardín, óleo sobre lienzo, 1900.
(La influencia de la xilografía japonesa).

¿Cómo dar al silencio una silueta? ¿Cómo hacer visible lo invisible? ¿Cómo dibujar gestos que descubran a las almas en su intimidad?

¿Y cómo representar visualmente un tiempo que te despertaba con nuevos inventos científicos y tecnológicos, avances que facilitaban la vida cotidiana, a la vez que despertaban el volcán de las dudas y hacían que el hombre, lento como es para asimilar los cambios rápidos, padeciera inseguridades?

Cena, óleo sobre lienzo, 1889.
(¿Cómo eternizar lo que se desvanece en el mismo instante en el que ocurre? Es otra de las preocupaciones de Vuillard).

Retrato de Ker-Xavier Roussel, pintura a la cola sobre papel montado en lienzo, h. 1930-1935.
(Roussel, cuñado del artista, en su taller y rodeado de los elementos necesarios a su oficio).

Edouard Vuillard era pintor. Él tenía como herramientas su pincel, su paleta y un variado surtido de soportes, así que aprovechó sus recursos para reflejar su convencimiento de que el silencio tiene su rostro, su modo, su forma y su gestualidad, aunque nos parezca imposible.

Es la gestualidad —¡oh, el teatro!— la que desvela que el subconsciente ha pasado al estado «activo». Por eso, el artista exige sólo una cosa al espectador: ¡observación! 

Bajo los árboles, óleo sobre cartón adherido a lienzo, 1897-1899.
(Se supone que las figuras están al aire libre, pero, si te fijas, tanto la luz como el espacio es artificial y los personajes, al igual que en los ambientes domésticos, se fusionan con la naturaleza. Compara con el cuadro que dejo a continuación. A pesar de los años que los separan sigue esa atmósfera cerrada).

Interior en Amfréville, moquillo a base de pegamento realzado con pastel sobre cartulina, 1907.
(La falta de profundidad suele ser otra constante en su obra).

Los protagonistas de su primera etapa parecen no estar porque han sido fundidos con su entorno —¿presentía la agonía del arte figurativo?— ; pero esos personajes, casi asfixiados por un espacio sin fondo y el amontonamiento decorativo, ¡existieron!

Y también, ¡cómo no!, existieron los de su etapa naturalista, a los que agracia con algo más de iluminación natural y de desahogo, porque Vuillard no creaba personajes: él pintaba a familiares, amigos y clientes.

Madame Bonnard, óleo sobre cartón, h. 1895-1900.
(La mujer, pieza fundamental del hogar de la época, es la figura predominante en sus cuadros).

Mujer desnuda frente a la chimenea, pastel sobre papel, h. 1922-1925.
(Mientras otros compañeros de oficio se dejaban seducir por el movimiento de los cuerpos en el espacio —futuristas y divisionistas—; mientras otros, como Otto Dix, usaban la sátira para reflejar la falsa alegría del mundo de entreguerras y otros convertían hombres en figuras geométricas, avanzando hacia el abstraccionismo, Vuillard continuó pintando mujeres atrapadas en sus telas de araña).

La figura humana es la protagonista de su obra y da igual que Vuillard nos la muestre en espacios interiores o en callecitas y jardines. Da igual si la luz que le otorga es artificial o si disfrutan de una natural.

El pintor siempre nos mostrará un modelo volcado hacia su interioridad, sabedor de que es el silencio el aliado que tiene para adentrarse en las profundidades del alma, para conectar con su Yo. Esta es una particularidad de la estética nabis a la que no renunció.

Dos mujeres en el bosque, pastel sobre papel, 1890.
(El simbolismo en los nabis). 

Antoinette David-Weill y su sobrino, pintura a la cola sobre pastel y papel, h. 1930.
(Siempre lo digo: ¡Hay que fijarse en la fecha de los cuadros para ver qué ha dejado atrás un pintor y qué continúa llevando en su mochila! En él solamente cambió, y no drásticamente porque nunca abandonó el figurativismo, la manera de reflejar lo que nunca abandonó: el hombre absorto en entornos cotidianos).

El universo pictórico de Édouard Vuillard nos revela, de manera subliminal, cómo el hombre moderno fue sustituyendo los entornos naturales —la temática del paisaje es escasa en su catálogo— por los espacios urbanos, consintiendo que el consumismo desenfrenado lo alejara de los grandes escuderos de la vida: la familia, el aire puro y el sol.

Figura del dolor, pastel y carboncillo sobre papel, 1890-1891.

El hombre moderno ha consentido que vampirizaran su identidad. Ha permitido que llenaran sus horas de ocio con todo tipo de banalidades que tienen como única función la de alejarlo de la soledad que despierta a la conciencia.

La modernidad ha creado un mundo, el que hoy vivimos, donde la desesperanza tiraniza a la dicha. Recuperemos el silencio que nos ayuda a pensar.

El latido del silencio revela —parafraseo a Juan Ramón Jiménez— lo que «parece sumido / en un nostálgico sueño». 

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