EL AGUAMANIL

Dibujo, Renoir, lápiz y carboncillo, sin fecha.

 

Ante sus pupilas la noche pasó lentamente. Como siempre, se levantó con el pisar sordo de sus pies cansados, andar que le recordaba otros pasos que aún no había olvidado.

Aquella noche, una voz, llegada desde muy adentro de su alma, la invitó a plantar dos rosales, uno rojo y otro blanco, bajo el peral.

La misma voz le aconsejó que regara las plantas con el aguamanil que, con su forma de león fiero, reposaba, olvidado, en la vieja capilla de la casona.

Sembró los rosales un martes, al alba. El mismo día que descubrió que un escuálido perro deambulaba más allá de las cercas de su masía.

—Que abran la verja —dijo a Valdés—, que lo adecenten.

—¿Para qué quiere un can flaco y con pulgas, señora?

—Cuando el perro ladra dicen que la suerte cambia.

El perro limpio y bien comido se instaló en la escalera del porche. Afligido en su riqueza, sin nombre y sin arrullos, esperaba una caricia, una voz que lo llamara.

Aguamanil hispano-árabe de bronce grabado, siglo X.

En campo de tierra fértil se alzaba aquella hacienda llamada por todos El Recodo de la Muerte, debido a sus arroyuelos secos y a sus fuentes ciegas, a sus árboles sin hojas y a las enormes mariposas de alas negras. Era extraño, pues unos metros más allá de la masía, en el campo abierto y labrado, los tonos verdes jugaban con un dorado trigal.

Una inquieta quietud reinaba en la propiedad.

—No darán flores, no darán… —se quejaba la señora, regando las rosas con el aguamanil de bronce—. Es inútil este empeño; no darán flores, no darán…

Pero una noche estrellada, antes de irse a dormir, la viuda tocó la campanilla.

—Valdés, haga entrar a Califa, que suba a la habitación.

—No hay nadie en casa, señora, hoy sólo estamos usted y yo.

—¡Abra la puerta, Valdés!

—Pero… ¿a quién?

—¡Al perro, Valdés, al perro!

Esa mañana despertó con el corazón gozoso, entreabrió la ventana y el viento mudo y suave rozó su cara.

En el lienzo que se extiende ante su mirada, dos rosas, una roja y otra blanca, despuntaban entre el embrollo de lavandas y zarzas. Por fin, la tristeza y la paz firmaron la alianza. Califa descansaba a los pies de la cama.

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