EL AMOR, LAS CAMELIAS Y LAS ROSAS

Árbol de pino, Arthur G. Dove, óleo sobre lienzo, 1931.

«Ese joven conmueve, hasta cuando ríe, su mirada ofrece tristeza», reflexionan las flores a su paso.

«Lleva consigo pesados recuerdos que lo vencen», piensa el amor cuando el melancólico lo invita, saliendo de su aislamiento, a escuchar sus desamparadas palabras.

Mientras…, va cayendo la tarde de otoño, florece un amanecer de mayo y muere una noche de invierno.

«Ese joven es una hoguera ardiendo, es una brasa viva. Sabe que lo oculto se ha sublevado y se entrega voluntario al despecho de un recuerdo que ha despertado», suspiran las frágiles margaritas.

—¿Qué puede el amor frente a un ser que se siente derrotado? ¿Qué puede hacer el amor frente a alguien que sólo sueña con rescatar caricias del pasado? —pregunta la flor de tigre, flor de un sólo día.

—¡Hala…, pues todo! —responden, al unísono, las apasionadas camelias—. Él lo puede todo, porque el amor, aplicando la fusta sobre la espalda del tiempo trotador, regresará los hechos a su origen, los clasificará y archivará, según corresponda, por fecha de caducidad y materia. ¿No creen?

«Pero lo que afirmas no sucederá hasta que el mozo descubra que para ser liberado debe ofrecer algo más que palabras al amor», arrullan las rosas blancas cuando él las roza a su paso.

Y las flores danzaron los acordes que el viento tocaba.

firma gabriela6

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