sábado , 18 noviembre 2017
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Esta es mi respuesta al final abierto que dio Henrik Ibsen a Casa de muñecas, su más afamada obra de teatro.

El banco de piedra.

“En cualquier parte hay un centro en el mundo”.
Mircea Eliade

Fotografía de Omar Robles. Bailarinas de ballet en las calles de Cuba.

Cuando llegó a la finca, luego de un viaje que duró varios días, halló el jardín deshecho: los rosales y los galanes de noche estaban muertos y los bojes y laureles crecían desordenados, olvidados de las podas de antaño. Encontró la casa oscura y al polvo dormitando sobre los muebles afrancesados. Olía a humedad y la armonía reinaba sobre el abandono.

Nora sintió que su respiración rompía la calma que se había instalado tan cómodamente en aquel lugar. Se acercó a la mesa donde las fotos familiares, sostenidas aún por las molduras de perfiles dorados, seguían empeñadas en conservar los instantes para las que fueron creadas. Las observó, pero no tuvo la tentación de acariciarlas. A su mente volvió el pasado ordenado y sometido a los deseos de Torvaldo Helmer, y recordó el día en que decidió partir, a pesar de su reconfortante casa y sus adorables hijos. Ahora, el silencio y aquellas partículas grises le hurtaban las respuestas que había ido a buscar. Estaba sola y el polvo había sellado lo oculto. Los secretos no eran más que fantasmas ahogados en aquel espacio que el tiempo había incorporado a su inventario.

Nora estornudó y cerró la puerta. Ni siquiera se llevó consigo la foto en la que toda la familia aparecía riendo, todos sentados a la mesa a la espera de que Torvaldo tronchara el pavo.

Las ramas vestidas de espinas y flores de la buganvilla cubrían la tapia. Se sentó en el banco de piedra, frente al emparrado cargado de frutos. Los trinos de los pájaros asaeteaban el silencio impidiendo que éste se adueñase de la tarde. La fuente, donde jugaba de niña con barcos de papel, se le presentaba vestida de musgo. En el agua flotaban hojas secas y pardas. Nora recogió una rama y se acercó para remover el agua sucia acumulada en ella. Una rana saltó.

Nora había dado tanta importancia  al tiempo ido, que no había dejado volar los asuntos turbios del pasado, pues les había dado amparo en la fortaleza que había construido con temores cotidianos.

Comienza a llover en ese trozo de cielo. Nora se levanta, se dirige a la puerta de la verja y el silencio de la tarde-noche se hace eco de un nuevo portazo.

Esta es mi respuesta al final abierto que dio Henrik Ibsen a Casa de muñecas, su más afamada obra de teatro.

 

 

 

 


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