EL BOSQUE

El bosque, Natalia Gonchova, óleo sobre lienzo, 1913.

-No acudas allí, el bosque está maldito, el fuego lo arrasó y desde entonces ni un pequeño brote ha nacido.

-¡Cuidado, no te acerques, que la luz en el bosque duerme!

-Nada puede hacerse, todo está perdido.

-El bosque ardió en el verano y en la más absoluta pobreza hemos quedado.

-¡Por favor, no vayas donde el silencio a la muerte llama!

Estos eran los consejos que unos aldeanos harapientos daban a un hombre desconocido que un día de invierno apareció, como por arte de magia, en el lindero del bosque.

El hombre iba descalzo y vestía su cuerpo con un largo camisón de lino blanco, tenía una mirada intensa, grandes cejas pobladas y una nariz como el pico de un tucán. La boca, desde donde salía una voz segura, se protegía detrás de una esponjosa barba.

-Agradezco sus consejos -dijo, y, observando detenidamente al grupo, preguntó sobre las decisiones que habían tomado para salvar la arboleda.

La aparición de aquel ser, surgido desde la nada, inquietó a los aldeanos que lo rodeaban, que empezaron a hacerle preguntas, preguntas que el extraño respondía con una agradable sonrisa. Cuando los lugareños se cansaron de interrogarlo, señalando el bosque calcinado, el extranjero dijo:

-Al menos lo habrán llorado. Los ha alimentado durante mucho tiempo; por eso espero que…

-¡¿Quién llora por un alcornoque?! ¡¿Quién por un corzo o un ciervo, quién por un oso o un zorro?! -contestaron, a voces, los leñadores.

-Pero, ¿entonces…?

-Nosotros sólo lloramos por el trabajo perdido, por la mala suerte que hemos tenido.

-¿Y qué han hecho contra la adversidad?

-Llevamos meses planeando cómo salir de aquí.

-¿Eso quiere decir que, desde que el bosque ardiera, sólo piensan en huir?

-¿Qué otra cosa puede hacerse con una arboleda mudada en un montón de cenizas?

-Veo que el fuego también quemó las voluntades -comentó el extranjero. Y, afligido, se dirigió  a la tierra calcinada.

-¡No entres! ¡No podremos rescatarte! ¡Mira que está maldito! ¡Andarás a oscuras! ¡Te asfixiarás! -gritaron, acobardados, al ver que el hombre no les hacía caso.

Girando sobre sus pasos, el extraño los enfrentó:

-Tú, acércate, dime: ¿acaso el bosque no te alimentó? Y tú, ven aquí, responde: ¿por qué, si del bosque desconfiabas, confiaste tu familia y tu vida a él?

Nadie contestó. Entonces, el viajero comenzó a retirar con los pies descalzos los rastrojos. Cuando llevaba andado un buen trecho, y el camino estaba marcado, exclamó:

-¡Bienaventurados sean los que consigan que el viento vuelva a mecer las ramas de las hayas! Aquel que entre en el bosque volverá a creer. Aquel que decida seguirme recuperará la fe.


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