Unas sombras oscuras, que ocultaban unos ojos insomnes, husmeaban a través de las persianas blancas de la ventana. Los dedos abrían las láminas de madera y se afanaban por buscar el ángulo preciso para que las pupilas enfocaran hacia el trovador que, en la escalera del portal de enfrente, amenizaba las mañanas del mercado con sus canciones. La voz masculina, elevada con la ayuda de la brisa temprana, se colaba por los rincones de la casa de Ana. Aquel canto, alegre unas veces y otras melancólico, se volvió totalitario, pues ella respiraba al ritmo de las cuerdas de la guitarra.

Un músico callejero, un forastero, provocó una seria disputa en el alma de Ana. La esperanza y la desconfianza se vieron las caras. La esperanza le hablaba de nuevas oportunidades. Pero la desconfianza, con el poder que otorga el miedo, la paralizaba al sostener con firmeza que los peligros rastrean toda aventura. Y mientras cada mañana el cantautor amenizaba la jornada, ella desgranaba su historia y luchaba con su alma.

Cuando el músico se llevó su aliento rimado a otra parte, Ana tomó una decisión. El conserje cuenta que la vio atravesar el portal bañada en L’Air du Temps. Dice que aquella noche iba radiante. Dice el portero, que era poeta, que Ana fue recibida por una lluvia de estrellas.


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