“Iba a volver la noche, pavorosa en la soledad misteriosa del mar”.
Federico de Ibarzabal


El escritor Gustavo Eguren afirma, en la introducción a su antología sobre cuentos cubanos dedicados al mar, que el mar no tuvo el protagonismo que merecía en la narrativa isleña hasta bien entrado el siglo XX. En Cuba, durante siglos, el mar fue como ese pariente que pasa como una sombra por nuestra casa.

Cuenta Eguren que las razones por las que el mar no fue un motivo importante de inspiración para nuestros autores hay que buscarlas en las circunstancias en las que la isla evolucionó. El progreso del país dependía del mar; y tierra y mar estaban bajo el tutelaje de la colonia española. Los barcos iban y venían cargados de mercancías, noticias, novedades científicas, tecnológicas, políticas…, pero sus tripulantes eran españoles y las naves se construían en astilleros europeos. Cuenta Eguren que en época de la colonia “el único hombre de mar nacido en estas tierras por aquellos tiempos -más de guerra que de mar- de quien tenemos noticias, lo fue a despecho de las autoridades españolas: Diego Grillo, negro y pirata por más señas…”

La tradición marina en nuestra literatura comienza a partir de 1959, afirma el antólogo, quien explica que esta novedad en nuestra narrativa se dio gracias a la nacionalización de la propiedad privada, la construcción de astilleros, la creación de cooperativas pesqueras, de flota propia… El mar es personaje frecuente en nuestras letras cuando el cubano inicia una relación intensa con él. Pero en nuestra narrativa anterior a 1959 el mar también existe y, personalmente, me gustan más los cuentos de antes que huelen a yodo y a sal que los de después de la revolución con su tufillo propagandístico.

El mar es el eterno amo de nuestras costas y, aunque el cubano no haya tenido autoridad sobre él durante siglos -primero por la intervención de España en nuestros destinos y luego por la de Estados Unidos-, hay presencia de mar en nuestra literatura. Hay cuentos sobre asedios de piratas, tormentas, pescadores famélicos, amores bendecidos por la brisa marina y hombres devorados por monstruos de colmillos infectados. La suma no hace mayoría, pero donde hay calidad no es necesario cantidad.


El hombre se inspira en sus experiencias personales. El autor refleja en sus obras las circunstancias que vive, incluso esta característica se da en el género de la literatura fantástica. Por eso no fuimos del todo ajenos al mar. Desconocedores de la alta mar, sí; pero no de la mar cercana, la transitada por botes de pescadores en busca de su sustento, la frecuentada por el cubano amante de los chapuzones. Además, la imaginación alcanza lo que al cuerpo se le niega y el arte se alimenta de ficción. Si una cosa está clara para todos, seamos o no escritores, es que el mar es todo drama -la bahía de La Habana era un ghetto de tiburones, las villas costeras eran arrasadas por los piratas-, y donde hay drama hay creatividad, hay fábula. El mar tiene su propia dramaturgia, esa es la fuerza que nos atrae hacia él y el eje transversal de toda literatura marítima, literatura donde el individuo se muestra enfrentado a la hechicera del agua.

Naufragios, rescates, visiones, tiburones hambrientos, historias románticas, sobrenaturales, realistas, surrealistas…. El hombre luchando contra las inclemencias del tiempo, los fantasmas, los muertos, los monstruos, los animales que le superan en fuerza y tamaño. Necesidad, ira, envidia, avaricia, soledad, miedo… Cuentos del mar, libro publicado por la editorial Letras Cubanas en 1980, agrupa más de cuarenta narraciones de temática marina. El volumen comienza con un relato del habanero Miguel de Carrión (1875-1929) y termina con tres del villaclareño Arístides Gil Alejo (1952). Bondad, maldad, valor, cobardía, entrega… No hay actitudes ni emociones que no despierte el mar, esa fábrica de sueños y pesadillas.

Y para dar fe de ello he seleccionado tres historias recogidas en Cuentos del mar. Teclearé para ti: Los gallos (Dora Alonso), La agonía de la garza (Jesús Castellanos) y El descubrimiento (Mirta Yáñez). Ilustro la entrada con las pinturas que el ruso Alexander Petrov (1957) realizó para su corto de la obra de Ernest Hemingway El viejo y el mar, cortometraje de ficción ganador del Oscar del año 2000. La novela El viejo y el mar, escrita en Cuba en el año 1952, fue animada mediante la técnica de la pintura al óleo sobre vidrio iluminado. Cuba tampoco se ha distinguido en el género artístico de las marinas, género en el que destacan los países del norte europeo, España y Portugal. Al final de los cuentos dejo el cortometraje El viejo y el mar.

Escribió Azorín en La Voluntad que “un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje”. Los cuentos que aquí les dejos dan buena fe de ello. Pasen y lean y, si es posible, háganlo frente al mar.

LOS GALLOS
Dora Alonso (1910-2001).

Al amanecer el mar le entró por la nariz y la boca, estremeciéndolo.

-¡Qué salado es, carajo!

Probó a mover los brazos y piernas y logró mantenerse en la superficie breves segundos, abarcando la espléndida visión del oleaje, de la espuma y de la costa verdinegra, que en una luz de ensueño se dibujaba a lo lejos.

Le parecía increíble saberse allí. ¿Cuántos años deseó entrar al mar, tentado del pueril afán de chapotear, de sumergirse en aquel ancho mundo que no cesaba de moverse? Inesperadamente se realizaba su deseo y él recibía emoción nueva a través de la piel curtida, de sus manos de guajiro que lo removían locamente.

Al descender por la tibieza del agua profunda, sentía las venas llenas de mar, pudiendo adivinar el extraño movimiento ondulante de sus cabellos esparcidos. De su boca, al debatirse bajo el transparente peso, brotaban burbujas.

Como si jugara, en la misma forma tantas veces imaginada, se impulsó hacia arriba nuevamente, sacando la cabeza y sorprendiendo ahora el solitario vuelo de un pájaro marino.

El alcatraz parecía acechar una mancha de peces. Sin hacer caso del hombre que aparecía y desaparecía, se lanzaba con las alas fuertemente plegadas y girando con todo el cuerpo, clavándose como flecha en el oleaje. Luego levantaba con poderosos y lentos aletazos, volando bajo sobre lo azul.

Los ojos del náufrago se asieron a la plácida visión. Trataba de seguir al pájaro en su vuelo y alcanzó, otra vez, a verle zambullirse, pero cuando emergió, elevándose, no pudo entender lo que había sucedido.

El alcatraz se veía distinto. Tenía el cuello tusado, el ojo vivo, un pico breve y amarillo. La cresta recortada se le arrugaba sobre la cabeza. Lo más hermoso era el arco tornasolado de la cola. Contra el cielo amanecido el transformado pájaro se mantenía inconfundible.

Comenzó entonces a forzar la memoria para recordar aquel gallo, sin conseguirlo. Sacudiéndose con impaciencia las suaves pelusas del ceibo, que volaban libremente por el patio nevando el aire, llegó a la gallera. Dentro de la jaula vio sus gallos cautivos, como finos cuchillos emplumados dispuestos a la carnicería.

Aparecían gallos de agua por todas partes. Llegaban atravesados por la pequeña luz del día, aleteando a su alrededor, empinándose. Cantaban.

El hombre se asustó pensando que algo raro le estaba sucediendo. Una sensación de congoja le oprimía al entender que estaba sintiendo al revés de lo que se ordenaba, y volviendo atrás sus ojos y buscando sus gallos dentro del mar.

Con el pecho inflado de agua verde, con la boca llena de sal, en medio de la vasta soledad, trataba de mirar arriba por desmentir al solitario alcatraz que iba y venía. Pero cada vez que se acercó planeando, zambullendo, volando, vio un gallo fino. Pudo reconocer hasta el talón de hueso y puya que conocía al tacto. Casi en la cara lo alumbraba el revuelo.

El canto llegó también para acompañarle. Descendía con él más abajo, donde todo era negro, donde el agua pesaba, donde doblaban sordas campanas anegadas; donde, quizá iba a quedarse.

Con su última mirada alcanzó a ver, siguiéndole, flotando y acudiendo, todo cuanto había pretendido dejar atrás.

Tuvo fugaz conciencia de morir inútilmente.

LA AGONÍA DE LA GARZA
Jesús Castellanos (1879-1912).

Vuelto a mi playa querida, pregunté por los míos. Mi playa es esa costa chata y riscosa que se duerme en línea temblona más allá del gran boquete de Cárdenas. Los míos son toda aquella población ruda y sincera: Lucio, el pescador de agujas; Josefa, la vieja tejedora de mallas; Anguila, el chico que preparaba la carnada; Pío el carbonero, Gaspar el brujo.

-¿Pío?… ¿Gaspar?… ¿Pero no sabe usted lo que les pasó?… ¡Pos si hasta los papeles hablaron de eso!…

Y en un ángulo del bodegón, entre dos tragos de aguardiente, me contaron el terrible episodio que huele a marisma, a vientre de monstruo, a carne atormentada. “En el nombre del Padre…” Perdonad que me persigne.

Fue el mismo Pío quien lo contó a algunos hombres de mar cuando su razón, como un ave desenjaulada, se escapaba ingrata de su cerebro. Aquel Pío no tenía más apellidos, tal vez ni recuerdos de padres, como si de aquellos manglares verdes hubiese brotado. Su edad acaso madura, por el tono amarillento de su barba arisca, parecía joven por la recia arquitectura de sus hombros. Vivía lejos de toda población, y frente al viento del norte que pasaba iracundo sobre aquella tierra muda y desolada, apilaba sus hornos de carbón, en espera de los arrieros que hasta allí se aventuraban de mes en mes. Cerca de su bohío, al canto de un gallo, otro carbonero, el negro Gaspar, apilaba también sus leños secos de mangles de hicacos, de peralejos retorcidos; y menos mal que en su choza reían las voces de la parienta y los dos chiquillos ayudándolos en la faena. Y más allá, el desierto, y en redor el silencio. Sobre el paisaje simple, donde muy alto a lo lejos azuleaban montañas como una promesa de salud, ascendían lentas las dos columnitas de humo y eran suaves, y eran trémulas; y eran humildes como plegarias aldeanas.

Era una época mala. Aquel mes no se oyeron cencerros por los uveros de la playa. En las tiendas lejanas, a donde llevaban Pío y Gaspar las alforjas alguna vez, oyeron hablar de crisis, de que la seca había empobrecido a todo el mundo. Tal vez. Y lo aceptaban como una cosa inexplicable, porque para ellos el aire se hacía oro más allá de aquellas montañas de esmalte. Vieron pasar iguales otros dos meses, mientras el mar comenzaba a mugir y a empeñacharse, recibiendo el otoño. Había que ir a Cárdenas, ¡qué remedio! “La Garza”, la vieja balandra de Gaspar, herida en los costillares, haría el viaje, y en ella irían todos para que ningún hombre tuviera que esperar al retorno… Se remendó la vela; se calafateó con copal y espartillo. Los negritos enseñaban los dientes como pulpa de coco.

Aprovechando el terral que los empujaba hacia afuera, echaron toda la vela frente al sol que se desleía en púrpuras violetas. A proa, junto al palo, habían metido los treinta sacos de carbón; y en el centro se acurrucó Pío, con la negra y los chicos, mientras Gaspar, la escota a la mano, daba con su cabezota una mezcla esponjosa y negra a la arena ambarina de la playa. Eran aguas de estero, dóciles y sin ruido, y “La Garza”, limpios los fondos por la prolongada carena, saltaba ágil, haciendo gemir el mástil flojo en la carlinga. La vela y el foque se ennegrecían sobre la tapicería oriental del horizonte, como las alas abiertas de un alcatraz errante.

Pero más allá del estero, guardado por la barra de los islotes muertos, como enormes cocodrilos, una línea blanca de espuma les esperaba. Las olas fueron haciéndose gruesas, pesadas, olas de almidón cosido, y “La Garza” adelantaba poco, casi reculando ante el instinto de un peligro. Al fin tomaron una “pasa” estrecha entre dos puntas mordidas por las espumas, de donde se levantaron graznando bandadas de gaviotas. Una ráfaga de aire salitroso les saludó brutalmente, y la chalupa crujió hincando la proa, en una tosca reverencia. La palpitación enorme del mar libre se dilataba hasta el horizonte, dando temblores de fiebre a los encajes de cada ola. De pronto se hizo calma, un minuto apenas; y ya fue un noroeste húmedo, desigual. Se hizo más difícil remontar el mar para entrar directamente en la gran bahía. Gaspar, recortando el trapo, comenzó a voltijear junto a la playa.

Verró la noche a mitad de aquellos esguinces. A lo lejos una luz arrasando con el agua comenzó a parpadear dando trazos geométricos a las olas cercanas. Era el faro de Bahía de Cádiz clavado del otro lado de la línea azul. Casi en el mismo instante una gaviota puso su mancha fugaz sobre el punto de luz.

-¡Jesús! -gritó la negra, santiguándose-: ¿Qué desgracia vendrá?

Los demás no hablaron. Gaspar miraba a las nubes. Pronto comenzaron las rachas duras que acometían bruscamente a la vela. Hubo que ponerle rizos. Mas no bastó; una ráfaga súbita abofeteó el trapo por la banda de babor.

-¡Larga la escota! -gritó Pío.

Pero la cuerda enredada en la cornamuza resistió un segundo, y allá fue rodando, infeliz, sin fueras, la vela con la gente y la carga. Por fortuna la escota rodó al fin y el mástil, chorreando agua, se irguió de nuevo. “La Garza”, aullando por todas las viejas heridas, cojeando con el peso de los lingotes corridos a una banda, volvía a dar la cara al mar; pero los treinta sacos de carbón habían rodado al abismo negro. El mar, ávido y despótico, se había tragado en un sorbo el trabajo de tres meses miserables.

Pío soltó un juramento y Gaspar no pudo contener dos lagrimones, ante los ojos desbordados de los negritos, calados de agua.

-Vamos “pa” atrás -masculló imperiosamente, amarrando de nuevo la lona.

Por un momento creyeron haber perdido el rumbo en la negrura de la noche ya cerrada. Pero el faro les envió desde allá abajo un guiño protector. Tomaron el viento a un largo entre terribles bordadas que arrancaban gritos a la negra y a los negritos.

-¡A remo! ¡Vamos a remo!

La negra, hecha a tostarse en las solanas de la pesca, comenzó a tener a las sacudidas recientes. Pero Gaspar se obstinaba en aferrar la vela. Y he aquí que en uno de los golpes de viento un quejido agrio recorrió el palo y, doblándose por su base, se recostó sobre el agua con todo el peso de la vela. Y fue la decisiva. Una ola enorme favoreció la vuelta, y a poco, lentamente, en golpes compulsivos como las náuseas de un enfermo, fue girando el casco hasta poner al aire la quilla mojada, llena de mataduras. Braceando desesperados cinco cuerpos floraron en su torno hasta coronar la quilla, como inundados que esperan la muerte sobre el caballete de sus casas.

Y comenzó el capítulo dantesco. Al ruido del agua, al olor de la carne humana que se prodiga, un remolino pequeño se produjo allí cerca y, rasgando el moaré negro, asomó visible, siniestra, terrorífica, una espoleta cartilaginosa. Nadie chistó, pero por todos los poros brotó un sudor frío. El tiburón, más temible que los huracanes y los incendios, estaba allí, esperando… Y al primer remolino siguió otro, y otros, y en breve hubo un radio pequeño en que una tribu de monstruos, mantas, tiburones, rayas, se disputaba a dentelladas la presa futura, siguiendo las oscilaciones de una caja rota en medio del mar, adornada con cinco espectros a manera de cresta.

Sobre el bote volcado, todo era un mundo de temblores. El faro, inmutable e irónico, les saludaba mostrándoles todavía la energía del hombre, dominadora del mundo. Pero la familia de monstruos se impacientaba y sus feroces tumultos súbitos esparcían sobre las espumas un hedor acre. Acaso el hambre les dio ánimo y uno de los escualos, sacando su masa blancuzca sobre el agua, acometió un costado de la barca. Del grupo salió un aullido múltiple, y uno de los muchachos, desmadejado, se deslizó sin ruido de junto a su madre.

-¡José!… Condenao, ¿dónde estás? -gritó la negra.

Un ruido brusco de huida, y después un barboteo de agua, al otro lado, les contestó. Gaspar se incorporó convulso: una tintorera ágil como una anguila, saltaba sobre el muchacho: un fue un clamor agudo como el de un cuerpo apuñalado… Las fauces chapotearon, las aletas chocaron…

Gaspar el negro perdió la razón en aquel minuto: salvaje, vuelto a su gallardo abolengo africano, se lanzó al agua puñal en mano, abrazando frenético un lomo pizarroso que le huía. Seis, ocho, diez tiburones “engolados”, codiciosos, se repartieron sus pedazos, poniendo un charco tibio y rojo en la gran masa de agua fría.

Los tres que quedaban eran tres idiotas. Habían asistido a la escena como en sueños, hipnotizados, sólo conscientes para prenderse a la quilla carcomida, enterrando las uñas en la madera. La noche siguió reinando sobre sus cabezas, y el viento, harto tal vez, empezó a amainar aquietando poco a poco el crepitar fúnebre de las olas.

Pasaron los minutos; tal vez fueron horas. Los tiburones, después de rozar muchas veces el casco hueco con tenaz avidez, fueron abandonando el ojeo. De pronto un ligero estremecimiento de la barca los sacó de su estupor; el muñón del mástil tocaba a fondo seguramente, una lucecita débil se encendió de cerca, tal vez a pocas brazas. ¡Salvados! Un egoísmo feroz, ese egoísmo desenfrenado de los náufragos, les hizo olvidar a los muertos.

-¡Auxilio! -demandaron a las sombras circundantes.

El negrito, con la bella inocencia de sus doce años, no dio tiempo a que lo pensaran, y probando primero con un leve manotazo en el agua si en verdad habían desaparecido los tiburones, se lanzó al agua hasta tocar la arena del fondo. Era la playa, sin duda: la vela subía hasta la superficie y el chico podía tenerse en pie y caminar hacia adelante. La negra trató de retenerlo en vano…

Pero pasaron los minutos y el chico, fundido entre las sombras, no contestó a los gritos de su madre.

-¡Yeyo… Yeyooo! -gemía llorosa.

-Espera -murmuró Pío-; él vuelve.

Los ojos de la negra no veían nada: sólo aquella luz, agujereando la noche como para abrir una salida a su desesperación, la fascinaba. Torpe y lenta, dejó ir, balbuceando lamentaciones como un niño, su grasa hacia el agua, irguiendo en balance súbito la proa donde Pío se acurrucaba; el agua dormida le abrió paso… Y debió recibirla con amor, porque a poco sus respuestas fueron débiles; y luego nada; luego sólo la noche callada y el quejido doliente de la barca vieja.

Pío, el carbonero, pudo ver crudamente toda su situación de abandono. A corta distancia tal vez había una tierra donde todos dormían sosegados, seguros de su suelo y de su techo; no muy lejos tampoco surcaban el mar enormes trasatlánticos punteados de luces, atestados de gente feliz, de marinos que formaban su porvenir y ricachones que se hacían el amor sobre los mimbres de popa. Los talleres hervirían aún palpitando de fuerza, y en los lupanares correría sin freno la orgía. Sólo él, en medio de la humana cadena que se deseaba y se apoyaba, en mutuo esfuerzo, era el eslabón perdido que a nadie hacía falta. Y de ningún puerto saldría a buscarlo una barca de salvamento. Levantando el puño en alto lanzó una imprecación a las estrellas, testigos irónicos de su agonía, y en el cerebro le iba penetrando algo negro como tinta.

-¡Acabemos! -se dijo, arrojándose al mar de frente a aquella luz que parecía alumbrar la ruta de la muerte. De repente le faltó el terreno.

-¡Aquí es! -murmuró-. ¡Mi madre!…

Pero pudo rehacerse y ganar su posición anterior. Un corte de la roca submarina, a ángulo recto, cerraba allí la tierra alfombrada de arena en que habían varado. Junto al cantil resbalaba violenta y terrible una corriente profunda, que no habían podido vencer seguramente la negra y su hijo.

De pie en el borde escarpado, sin avanzar ni retroceder, sin vestigios de casco destrozado, se estuvo allí el náufrago hasta el alba, sonriente como una querida largamente esperada. La marea, subiendo poco a poco, le hizo muchas veces cerrar los ojos y rezar un Padrenuestro para morir. Y hubo unos minutos en que ahogándose tuvo que levantar la barca para que sobrenadase la cara como una medusa flotadora…

A la madrugada lo recogieron los obreros de una draga que trabajaba frente a la bahía, a muchas millas de la ciudad. Después apagaron tranquilamente la luz de una lámpara de señales, de una lámpara que tuvo aquella noche un gran papel y fue homicida sin saberlo.

Cuando pudo hablar Pío y contar este relato, se vio que lo mezclaba con palabras incoherentes. A los pocos días hubo que ponerlo en observación.

EL DESCUBRIMIENTO
Mirta Yáñez (1947)

La prensa de la época recoge lo ocurrido. El vapor había partido varias semanas atrás desde la metrópoli en dirección a la populosa villa de San Cristóbal de La Habana. Después de sortear lloviznas y corrientes de poca prisa, encajó su destino frente a las costas de esa ciudad.

El buque venía sobrecargado. Era costumbre de las compañías navieras costear el viaje con el abarrote de las cubiertas con españolitos de medio pelo y bolsillos menguados que, hacinados durante toda la travesía, alimentándose de queso rancio, respiraban de antemano las promesas prometidas, utópicas minas transformadas con el paso de los años en bodegas, ferreterías, quincallas. Las familias de moneda constante y sonante navegaban en camarotillos privados, aunque incómodos y víctimas igualmente de la pestilente vecindad de las especies recogidas en las escalas por anteriores puertos.

Estas familias salían de vez en vez a tomar el fresco y a emparejarse con el Almirante y la cuadrilla que le acompañó en la empresa de descubrir un Nuevo Mundo. Cada cual, a su manera, venía de conquista. Labriegos de alpargata y morral, caballeretes afrancesados, señoritingas que entreojeaban con avidez a salvajes voluptuosos y bien dotados, todos se columpiaban sobre el Golfo de México imitando el gesto del vigía.

En uno de estos camarotes viajaba una familia castellana. Marido y mujer, dos hijos y una pariente pobre que hacía las veces de sirvienta.

Arrastrado por los rumores de fortunas instantáneas, Ramiro se había lanzado a la aventura de cruzar el océano con todos los bienes en su haber.

Antonia era uno de estos bienes. Hija de aristócratas arruinados, con destino a convento, fue rescatada de la casa paterna por aquel hombre de bigotes almidonados, próspero comerciante que la resucitó y le dio dos hijos.

Durante los diez primeros años de la vida matrimonial la pareja marchaba sobre ruedas. En la mesa, como en la cama, Antonia hacía derroches de minuciosidad y delicadeza, pensaba Ramiro. “No deseo nada más. Le correspondo con un exceso de energía”. Energía que distribuía hábilmente entre sus trabajos y los momentos de ternura.

Ramiro era un hombre apacible. Y se había dejado enloquecer por la idea de establecerse en la nueva tierra. Ah, allá donde los que se marchan no regresan y si lo hacen traen consigo tales cuentos y memorias, Antonia, que no puedo quedarme quieta sin tentar la suerte.

Los preparativos fueron largos. Desde que se sembró en la familia el germen de la formidable mudanza, hasta el instante mismo de zarpar en Canarias, transcurrieron dos interminables años en que la quietud hogareña se vio embrollada por trámites, envoltorios y despedidas.

El viejo marqués, despojado de sus nietos, no dejaba pasar día sin aportar alguno que otro signo trágico. “Caeréis en desastre: fiebres desconocidas, peces que trituran hasta los huesos, encuentros con caníbales”. En agrias disputas con su yerno le reprochaba su tozudez. Antonia no habló palabra sobre el viaje. Aplacada por la terquedad del esposo y consternada, por otra parte, por la melancolía del padre, Antonia pasaba las tardes en la iglesia o en la habitación, recogida en sí misma. “Seguiría a mi marido aunque se empeñe en llegar hasta el borde de la tierra plana, y allí se lanzara de cabeza”, pensaba.

Pero mientras se acercaba el día de la partida y desde el preciso día en que llegaron con los carruajes al punto de arrancada, Antonia fue sufriendo lentamente un cambio. Se le notaba, de través, un destello alegre, semejante al de los primeros tiempos de su matrimonio, cuando a la sola mención de su sino tronchado de monja, se le erizaban los vellos de felicidad y deseo, como si el recuerdo de su virginidad de antaño aumentase el disfrute de su nueva situación. Algo parecido le ocurría esta vez.

Y no supe a derechas lo que le pasaba hasta el momento de levar anclas, cuando la descubrí en el extremo del buque con los ojos clavados en el mar. Le hablé, la tomé del brazo, le señalé a su padre desprendido en sollozos sobre el muelle, pero todo fue inútil.

Estaba Antonia embargada por una sensación novísima. Durante treinta y cinco años de su vida había estado rodeada de áridas mesetas, oscura vegetación, secas murallas. Ver el mar por primera vez no fue nada comparable con todo lo que le habían contado. Fue como si se le rompiera por debajo de la piel una nueva mujer. Lo llegó a comparar con su noche de bodas cuando pudo sentir que, bajo un sentimiento profundo de dicha y sorpresa, se arrastraba un dolorcillo estable, punzante. Como eso era el mar.

Con estupor, Ramiro fue comprendiendo, de manera rudimentaria, que poco a poco le nacía un rival. De aquella mujer dócil en diez años de vida compartida, no estaba quedando ningún rastro. Antonia lo abandonaba todo para correr a cubierta y contemplar el horizonte con ojos perdidos para la razón. Los hijos quedaron en manos de la prima, quien se ocupaba de asearlos y darles el alimento, y que de paso se encargaba del marido con atenciones que le recordaban a Ramiro, con angustia, los tranquilos años de antes.

La travesía era larga y penosa por esos tiempos. De obligación pasarse días enteros sin salir del camarote para aliviar los mareos y los bandazos de la oleada. Duro le era al hombre mantener a Antonia encerrada. Una fuerza dominante la lanzaba afuera, y sin dirigirse a nadie, ni escuchar consejos, se acodaba en las barandas donde permanecía horas y horas sin diferenciar el día de la noche.

Cuando al cabo de las semanas se anunció la tierra, una oleada de tranquilidad invadió el espíritu de Ramiro. La idea de que su matrimonio podría volver a ser como antes le confortó. Me atormenta la idea de no poder fijar en una criatura viviente los celos que me cocinan a fuego lento las entrañas, pensaba. Por su mente cruzaron extrañas maquinaciones de cómo alejar a su mujer de aquella influencia devastadora; cambió los planes de establecerse en la capital, construyó en el aire una casona cercada de montañas que imitaran la forma de vivir en la tierra natal y, finalmente, rodear a Antonia de cuidados. Que le hagan olvidar para siempre este itinerario que tan funesto ha sido para nuestras vidas.

Una mañana, lo primero que vieron los ojos de los emigrantes fueron las espinosas montañas orientales. La embarcación hizo su entrada con lentitud en el puerto de Santiago de Cuba, última escala antes de llegar a La Habana.

Sólo dos personas descendieron del navío. Uno de ellos fue un polizón avispado que ver tierra y saltar por los cordeles como las ratas, fue todo uno; el otro fue el marido que, atolondrado por la decisión de asentarse lo antes posible en el interior de la Isla, determinó desembarcar en Santiago para realizar con prisa las gestiones, en tanto viajaba por tierra con rumbo a la capital. Por el impaciente deseo de recuperar a mi esposa, a mi Antonia.

El azar se puso de manera curiosa en su contra.

El vapor siguió camino. Ramiro pudo ver todavía mientras se confundía en la lejanía, la mirada extraviada de Antonia que más allá de las montañas y la costa se perdía sobre el mar.

Lo demás es del dominio público. El marido hizo el resto del viaje por tierra, disputando palmo a palmo el tiempo para llegar a la villa y recibir a su familia. Llegó a la ciudad en medio de un fuerte ventarrón y su único pensamiento fue para el barco que debía haber hecho su entrada esa misma tarde en el puerto habanero. La primera noticia que recibió fue que el vapor se había presentado en la mañana y los fuertes vientos no le habían permitido la entrada en la bahía; lo segundo que viví esa madrugada fue el desanidarse de una tormenta tropical como no la recordaban los vecinos en mucho tiempo, ah los del navío; lo tercero lo presintió y fue como un lanzazo en el corazón; el buque iba a ser tragado por las aguas. Y con él sus hijos, su dinero y su mujer.

Corrió al muro, que como un cinturón de piedra contorneaba el puerto, y trató de distinguir, entre la neblina del amanecer, el maderamen familiar de la embarcación. Pero también todo fue inútil. Y todos los intentos en los días sucesivos para dar con el barco, tanto fuera al menos con los aparejos del desastre, ya fueran hechos por Ramiro como por la gobernación insular resultaron en vano. El navío se había perdido para siempre.

Nadie conoció jamás qué ocurrió, ni cuáles había sido los últimos minutos de la trágica gente que había quedado a bordo. Nunca se supo si verdaderamente se había tratado de un naufragio. Se recordaron por esos días las viejas historias de buques fantasmas que continúan navegando durante siglos, impulsados por no se sabe qué fuerzas misteriosas. De cualquier manera, no era difícil imaginar a Antonia prendida de la borda, anhelante, tocado el corazón por el primer amor, sin hollar jamás la tierra firme.

 


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