EL CULTIVADOR DE MELODÍAS

A los guajiros de mi tierra

Ilustración de Karín Barrera.

 

A la aurora está el cultivador labrando el huerto.

Pisa la tierra, toca la tierra, observa la tierra. La arcilla se moldea bajo su arado.

Va hilando los surcos con sus pisadas. Y espera a las aves mientras trabaja.

El primero en arribar a las ramas ha sido el zorzal, que llega exhibiendo su amarillo pecho.

Luego se ha presentado el tomeguín, que aún no ha caído preso. Inquieto se posa en un tallo el melodioso sinsonte.

Y también el goloso totí, y el repetitivo juanchiví, y el virtuoso ruiseñor acuden gustosos.

(Las ramas se balancean.)

El hombre deja los guantes y las semillas a un lado y, con paso tranquilo, se acerca a la sombra del árbol.

(Se escucha una voz clara, como las aguas de un mágico lago.)

El guajiro canta, la brisa ni siquiera roza la hierba, y la melodía se eleva.

Honra al hombre sufrido el silencio de los pájaros, que son los reyes del canto.

El águila, planeando sobre la copa del árbol, deja caer una pluma a los pies del arado.

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