sábado , 16 diciembre 2017
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El desenlace.

ramon-casas1Tuvo una sospecha. Tuvo una certeza.

-Entonces, ¿tiene usted escrito el libro?

-No del todo, aún no he decidido el final.

-Pero el plazo ha vencido, lleva varios meses de retraso y no podemos esperar más.

-Aún no está terminado. Ya le avisaré   -dijo y colgó el teléfono.

Era una tarde tranquila. Un barquito naranja se dirigía impaciente hacia no se sabe dónde y, en su huida, dejaba una estela blanca dibujada en el mar, que parecía encontrarse muy pendiente de él por la forma en que lo balanceaba.

La novela estaba casi terminada desde hacía mucho tiempo y estaba, cosa que nadie sabía, escrita a mano. La mente sólo le dictaba los verbos cuando ella hacía uso del papel perfumado y la estilográfica que había comprado en el anticuario. Así fue como surgió la relación entre su letra cursiva y su personaje de ficción.

Allí está el libro, papel sobre papel escrito, oliendo a rosas. Sólo falta el final, la liquidación del argumento, el finiquito del personaje. No, nunca terminará esa novela, no quiere dejar de escuchar lo que cada noche el protagonista -hecho a su medida- le tiene que contar. La novela permanecerá inconclusa.

Ella, Penélope, no pondrá fin a su trama; no, no va a tejer palabras mientras espera su llegada. No va a continuar escribiendo, no buscará un final, no lo atraerá hacia ella. No lo esperará. Será Odiseo quien aguarde su llegada. Lo tendrá de inquilino en la nubecita blanca que divisa desde su ventana. Sí, así será hasta que la muerte venga a buscarla.

Entonces él, casto que escapó de las féminas manos lectoras, conocerá el amor sólo por ella.

Huele a yodo, a algas, a mar y a rosas. El viento se cuela por las rendijas de la ventana y deja en los cristales puntitos blancos de sal.

Nota a pie de página: Sin ser consciente, y aunque nunca lo escriba, Penélope ha decidido el desenlace de su novela.

firma gabriela6

Mujer escribiendo una carta, dibujo, tinta a la pluma y lápiz grafito sobre papel, Ramón Casas, 1892.


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