Se agitó. Comenzó a mover la cabeza hacia un lado y hacia otro balbuceando nombres cosidos al pasado. De ella salía una voz desconocida.

Entre el trajín de un ir y venir estéril de hombres con batas blancas, los nombres pronunciados quedaron olvidados en la habitación aséptica.

Libre de tristezas y de refugios inútiles, mientras el desconcierto decidía el instante en que daría paso a las lágrimas, el alma de Ofelia escalaba un arco iris que la encauzaba hacia el infinito.

Cuando las llamas rindieron tributo a su cuerpo, la trapecista se balanceaba en un rayo de sol -fue la necesidad de creer, y no el responso fúnebre de un cura marchito, lo que transformó mis deseos en certezas.

La muerte escogió para mi madre un día soleado. Y con la muerte de mi madre, la muerte dio paso a otro ciclo de mi vida: la madurez. El tiempo del hombre es igual al tiempo de las margaritas.

Fotografía de María Gabriela Díaz Gronlier.


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