“Ronco balbucea un loco canciones vacías…”
Georg Heym

Georg Heym

Hastío, miedo, furia, desidia, perros hambrientos ladrando a la nada. El viento azuzando a la muerte. Astros como péndulos del tiempo. Las estaciones más sombrías y trágicas. La emoción revelada a través de los colores, donde los blancos, grises y oxidados tienen espacio preferente en las metáforas. El agua en todos sus estados. El agua en el origen (ἀρχή) de todas las cosas. La naturaleza, un paisaje de fondo que se niega a ser anulado, que se revuelve ante el asedio de fábricas, trenes y barcos. Georg Heym (1887-1912) fue un poeta expresionista que legó a su obra su alma romántica de acento baudelariano. En su poesía, Berlín, la gran urbe alemana, engulle al hombre que la anda.

El día eterno es el único poemario que Georg Heym vio publicado, pues los otros se editaron después de la muerte del autor. En El día eterno, Heym se centra en el hombre moderno, al que describe entregando su voluntad y su alma a un sistema atractivo y letal. El poeta comprendió el poder destructivo del vacío existencial que se gestaba en su mundo. Heym no sólo presintió las trágicas consecuencias que acarrea la renuncia a la identidad, sino que intentó alertar a sus contemporáneos, a través de sus versos tristes y visionarios, de los peligros de la uniformidad, la autocomplacencia y la negación de todo principio ético y filosófico.

Las chimeneas humeantes de los versos de Heym, las chimeneas que tiñen de hollín el cielo de Berlín, son símbolos de la deshumanización de la vida y del desprecio del hombre burgués por la naturaleza.

Heym es un poeta dramático que construyó atmósferas góticas -herencia de los románticos-. El vate buscó de aliado a la muerte, le ofreció el papel de protagonista, convirtiéndola en diosa de su poesía. Sus versos, angustiosos y emotivos (“El canto brama poderoso en su tormento”, leemos en las Nubes), son el espejo de la época que inicia el “acoso de la libertad individual” (El mundo de ayer, Stefan Zweig).

Es curioso cómo el destino juega con nosotros. Heym, quien dio al agua una presencia relevante en su  obra, murió ahogado al intentar salvar a un amigo. Fue rescatado en un féretro de hielo. Murió en el río Wanssee el 16 de enero de 1912. Dejó cuatro libros: El Dios de la ciudad (1910), El día eterno (1911), Umbra (1912) y Marathon (1914).

Una humanidad al estilo nietzscheano es lo que ansiaba Goerg Heym, poeta en deuda con los románticos y con las Pinturas Negras de Francisco de Goya (1746-1828), que son, por cierto, las que utilizo para ilustrar las poesías que leerás a continuación. Pinturas Negras (1820-1823) es el nombre de la serie que reúne los catorce óleos que Goya pintó para decorar dos de las habitaciones de su casa de campo La Quinta del Sordo. Las obras murales fueron trasladadas a lienzos y se encuentran en el Museo del Prado, que es de donde las tomo prestadas.

Edición y traducción de Montserrat Armas.

La editorial Trotta ha publicado El día eterno. El libro consta de un prólogo y cuarenta y un poemas, de los que he escogido ocho con la intención de despertar tu interés por este poeta que se ubica en los inicios del expresionismo alemán. Un poeta para quien “el hastío sin límites” era la verdadera tara de la sociedad moderna.

El expresionismo, más que un movimiento vanguardista al uso, fue un refugio donde se reunieron voces de diferentes países y de variados estilos. Los expresionistas se alzaron contra la sociedad idiotizada huyendo de cualquier manifiesto o corriente estética que los emparejara entre sí. Pero coincidieron en la necesidad de expresar, a través de imágenes poderosas, su compromiso con la defensa de la individualidad.

Y ahora les dejo con los pigmentos oscuros de Goya y los poemas descriptivos de Heym. Me chiflan estas alianzas que ponen en jaque al tiempo y muestran el poder eterno de las buenas artes que son, parafraseando a Baudelaire, el hombre apreciado por Heym y que tanto admiró a Goya, “las profundamente humanas”.


POEMAS

El Santo Oficio.

LOS INDOLENTES
A Ernst Balcke

Una vieja barca, que en el puerto en calma
al atardecer amarrada se mece.
Los amantes que tras los besos duermen.
Una piedra, que profunda se halla en el pozo verde.

El descanso de la Pitia, como el reposo
de los grandes dioses tras un largo banquete.
El cirio blanco, que al muerto empalidece.
Las cabezas leoninas de las nubes en torno a un valle.

La sonrisa de un tonto convertida en piedra.
Jarrones polvorientos donde pervive la fragancia.
Violines rotos en el desorden de los suelos.
Antes del ímpetu de la tormenta, el aire inmóvil.

Una vela, que en el horizonte brilla.
La fragancia de los brezos, que a las abejas guía.
El dorado del otoño, que corona hojas y tallos.
El poeta, que percibe la maldad del necio.

(Mayo, 1910)

Perro semihundido.

EL HAMBRE

Se ha colado un perro y enorme abre
su hocico rojo. Larga, sale su lengua azul.
Se revuelca en el polvo. Sorbe la hierba marchita,
que de la arena arranca.

Vacías sus fauces, como un enorme portón,
de donde cae, lentamente, gota a gota,
un fuego que su vientre abrasa. Y una mano,
con hielo, lava su ardiente esófago.

A través del humo se tambalea. El sol, una mancha,
la puerta roja de un horno. Ante sus ojos danza
una media luna verde. Y desaparece.

El frío, con su mirada fija, desde un agujero abierto y negro.
Cae, y todavía siente cómo el espanto aprieta
con puños de hierro su garganta.

(Noviembre, 1910)

Saturno.

EL DIOS DE LA CIUDAD

Se sienta despatarrado sobre un bloque de casas.
Los vientos se acumulan sombríos en torno a su frente.
Lleno de furia mira a lo lejos, adonde
en soledad se pierden las últimas casas en el campo.

Desde el atardecer le brilla a Baal su panza roja,
en torno a él se arrodillan las grandes ciudades.
Las campanas de las iglesias hacia él se alzan,
innumerables, desde un mar de negros campanarios.

Como danza de Coribantes brama la música
de multitudes por las calles.
Humo de chimeneas, nubes de fábrica,
hacia él se elevan, azulados como aroma de incienso.

La tormenta se inflama en sus cejas.
El oscuro atardecer se adormece en la noche.
Las tempestades revolotean, y como buitres miran
desde su cabellera, que se eriza de cólera.

Él levanta en la oscuridad su puño carnicero.
Lo agita. Un mar de fuego, veloz, recorre
una calle. Y el vapor ardiente ruge
y la devora, hasta que tarde despunta la mañana.

(Diciembre, 1910)


Duelo a garrotazos.

LOS PRISIONEROS II

Pisan con fuerza alrededor del patio en estrecho círculo.
De un lado a otro, sus miradas vagan en el espacio desnudo.
Buscan un campo, un árbol,
y rebotan en el blanco de los muros desnudos.

Igual que giran en los molinos las ruedas,
así da vueltas la huella negra de sus pasos.
Con la cabeza tonsurada de un monje,
así, desnudo y reluciente, se halla el centro del patio.

Cae una lluvia fina sobre sus cortas chaquetas.
Llenos de pena miran hacia arriba la pared gris,
donde hay cajas delante de pequeñas ventanas,
como paneles negros en una colmena.

Se les aprisca, como ovejas para el esquileo.
Sus lomos grises se aprietan en el establo.
Y el eco de chanclos, como un traqueteo,
resuena afuera en el descansillo.

(Septiembre, 1910)

La Romería de san Isidro.

ROBESPIERRE

Gruñe para sí. Sus ojos miran fijos
la paja del carro. Su boca masca una flema blanca,
que absorbe y traga por los carrillos.
Por fuera, entre dos cabrios cuelga su pie desnudo.

Cada sacudida del carro lo lanza hacia arriba.
Como cascabeles suenan las cadenas de sus brazos.
Se oyen resonar alegres las risas de los niños,
que sus madres alzaban sobre la multitud.

Le hacen cosquillas en la pierna, él no lo nota.
Entonces se detiene el carro. Alza la vista y
mira, negro, el patíbulo al final de la calle.

La frente gris ceniza, cubierta de sudor.
La boca se tuerce horrible en su rostro.
Se espera el grito. Pero nada se escucha.

(Junio, 1910).

Dos viejos.

BERLÍN III

Chimeneas, en un día invernal, muy distantes
entre sí, se alzan y soportan su peso,
palacio del cielo negro, que se oscurece.
Su borde inferior arde como peldaño dorado.

A lo lejos, entre árboles deshojados, alguna casa,
cercas y cobertizos, donde la metrópoli refluye,
y sobre raíles helados con dificultad se arrastra,
pesado, un largo tren de mercancías.

Negro, piedra sobre piedra, se alza un cementerio.
El ocaso rojo, con gusto a vino fuerte,
que los muertos contemplan desde sus fosas.

Se sientan a lo largo del muro y al son de la Marsellesa,
viejo canto de guerra, tejen gorros de hollín
para el hueso desnudo de sus sienes.

(Diciembre, 1910)

La lectura.

LOS PROFESORES

De a cuatro se sientan en la mesa verde,
atrincherados en los bordes altos de su tablero.
Se acuclillan calvos en los volúmenes,
viejos calamares sobre la carroña.

A veces asoman sus manos sucias de tinta
negra. Sus labios, a menudo silenciosos,
se abren de golpe. Y sus lenguas se mueven,
trompas rojas sobre las pandectas.

A veces parecen desvanecerse a lo lejos,
sombras en la pared encalada de blanco.
Luego sus voces suenan como lejanas.

Pero de pronto sus bocas crecen. Una tormenta blanca
de espumarajos. Luego, silencio. Y en el margen
se agita el parágrafo, una lombriz verdosa.

(Noviembre, 1910)

Las parcas.

LOS DURMIENTES
A Jakob van Hoddis

Más oscuro aún sombrea el seno del agua.
Abajo, en lo profundo, arde una luz, una marca roja
en el cuerpo negro de la noche, donde sin límites
se hunde el abismo. Y sobre el valle oscuro,

con alas verdes sobre la marea oscura
aletea el sueño, el pico rojo oscuro,
donde se marchita un lirio, el saludo de la noche,
la cabeza de un anciano amarilla y muerta.

Agita sus plumas como un pavo real.
Los sueños, como un soplo lila, pasan
en torno a su ala como rocío blanquecino.
Se sumerge en su nube, en el humo.

Por la noche caminan los grandes árboles
con larga sombra, que penetra en el corazón
blanco de los durmientes; la luna helada los
vigila, y gota a gota profundo en la sangre vierte

sus venenos, como médico experimentado.
Extraños se hallan el uno del otro, mudos, en el odio
a los sueños oscuros, en la rabia oculta.
Y sus frentes blanquecinas se vuelven por el veneno.

El árbol de sombras se aferra a sus corazones
y hunde sus raíces. Se eleva
y los chupa. Gimen de dolor.
El árbol se alza en la torre de la noche; en la puerta

del silencio ciego. Vuela en sus ramas
el sueño. Y su ala fría roza
la noche pesada, que se tiende sobre los durmientes
y de blanco escarcha sus frentes atormentadas.

El sueño canta. Un sonido de violeta enfermiza
choca con el espacio. La muerte camina. Vuelve a
alisar algún que otro cabello. Una cruz, ceniza y grasa,
así ella pinta sus frutos en el año marchito.

 


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