EL DIABLO EN LA PLAYA

Grabado, Collin de Plancy, «Diccionario Infernal».

Anda el diablo dando vueltas por la playa. Está inquieto, se mueve entre los bañistas que, ajenos a su pérfida mirada, se abandonan sobre las toallas y las tumbonas. El diablo necesita alimento para su olla, pero aún no se decide, no sabe si ir a la caza selectiva o simplemente arrasar con todos.

Chillan las gaviotas, el cielo se vuelve negro y entra el pánico en la playa. El diablo, escupiendo fuego, por fin traza un sendero sobre las aguas. Juega a ser Moisés, pero es el diablo, no lo olvidemos. No ha ido hasta allí para salvar almas, sino para hundirlas y arrastrarlas hasta el averno, su cálida morada.

Ahora es el dueño de la playa. La gente corre aturdida, grita y busca una salida. El diablo sabe  que todos lo escoltarán. Seguirán el surco trazado por él. Esa línea recta, iluminada, es como un imán. El diablo escupe fuego y marca el camino. El coro de gritos inunda la playa. Todos van entrando, pisoteándose, empujándose. El agua que moja los pies, que sube hasta la cintura y sigue… subiendo y subiendo. Ya no se escuchan voces, ya no se distinguen los cuerpos, sólo se ven manos alzadas intentado proteger, del brutal encuentro con las aguas, los móviles de última generación.

El diablo ofrece a sus creyentes hermosas tumbas de corales.

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