EL DIVÁN


Arcimboldo, Diane Arbus, Mondrian Ghost, Arturo Rodríguez, óleo sobre lienzo, 206-2017.

Y llegamos al desenlace de la sesión.

-¿Afirma usted, entonces, que ahora que ha decidido ser ciego contempla mejor el mundo? -pregunta el psiquiatra.

-Así es, doctor -el paciente está acostado en el diván con las manos sobre el pecho.

-Reconocerá que su afirmación, cuanto menos, es sorprendente.

-No lo sé… Puede que sí… Depende de si se deja llevar por lo aparente. Pero… -y entre suspiros-: No lo sé, la verdad. Creo que depende del interlocutor.

-Caballero, se da cuenta de que no es posible afirmar que se ve cuando se tienen los ojos cerrados. Estoy convencido de que lo que desea es alejar los pesares de su vida. Usted lo que siente es dolor.

-¿Dolor? ¿De qué dolor habla? ¿Del dolor físico o del dolor del alma? -el paciente sigue acostado en el chaise longe en la misma posición que tomó desde que se inició la sesión.

-Hablo de la soledad, de la bruma, del temor, de la angustia. Hablo de… -manifiesta el psiquiatra mostrando evidentes signos de impaciencia-. Dígame, señor, ¿tanta es la confianza que tiene ahora en sí mismo?

-Mire usted, a esta pregunta sí le puedo responder.

-¿Y bien…? -el doctor, con los ojos bien abiertos, se inclina hacia el interrogado, no quiere perderse ni el más mínimo gesto de su semblante.

-Puedo afirmar, y afirmo, que soy, desde que elegí ser ciego, un hombre libre -contesta el hombre sin que se pudiera percibir en él ni un ápice de inquietud-. Ahora las respuestas las hallo dentro de mí. Desde que las imágenes externas han dejado de acosarme, la vida exterior, oculta por el espejismo de la realidad y por el falso gozo, se desnuda ante mí.

(Silencio. El psiquiatra, en un acto inconsciente, baja la pestaña del despertador que avisa el final de la consulta.)

-Sé que le sorprenderá lo que voy a preguntarle -se escucha decir al doctor con voz trémula-, pero necesito que me diga ¿cómo me ve?

-Obviamente, con los parches que llevo en los ojos no puedo ver su silueta -el médico abre la boca para decir algo pero es interrumpido por su paciente-: No, no es necesario. Entiendo su pregunta, doctor.

(Silencio.)

-Pues bien, ahí va. Usted tiene el desencanto en la mirada y sus palabras se ahogan en la decepción. Usted está empachado de imágenes visuales que han convertido en cenizas sus fantasías. Usted es un traidor a sí mismo que vive en un ficticio regocijo. Eso es lo que puedo decirle y, créame, lo siento. Es usted un buen tipo.

-¡Madre de Dios! Y, si es así, ¿por qué sigue acudiendo a estas sesiones?

-Por una razón: porque usted me necesita.

(El paciente se levanta, se asoma a la ventana y vuelve a levantar la pestaña del reloj. El psiquiatra se acuesta en el diván.)

-Y bien, como siempre, ¿no? -pregunta el enfermo-. Saco hora en recepción para la próxima semana. Nos vemos, doctor.

(Silencio.)

Afuera, el ciego y su paraguas esquivan sin dificultad los surcos que el aire frío y la lluvia cavan en la tierra.

 


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