EL HERMANO

Miradas desencontradas, Fernando Miguez, carboncillo.

Los ojos del hermano se posaban en todas las cosas y por esa razón ella creía que observaban. Pero no, aquellos ojos, tan claros y rasgados, estaban entrenados para el disimulo.

La hermana intentó encontrar señales que la orientaran rasgando minutos y horas al tiempo, buscando un dolor, una pena que lo asediara, un lago de lágrimas donde alguna vez se sumergiera. «¿Será capaz de distinguir lo real de lo imaginario?», se preguntaba, indagando en las distraídas pupilas del hermano.

Una tarde, mientras daban un paseo por la avenida de los viejos olmos, pisando las hojas caídas, escuchándolas crujir, ella descubrió lo que hasta entonces le había pasado desapercibido: el dolor imaginado, el que no se expone, era el que surcaba el rostro de su hermano.

Era eso, era… ¡el miedo! lo que lo había alejado de las gentes; fue el miedo quien le arrancó de un mordisco el arrullo de los sueños. Vuelvo a sus ojos porque ahí, en sus heridas pupilas, fue donde ella descubrió el enigma.

¡Que tarde tan triste la de aquel día!

firma gabriela6

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