EL ORO DE CAJAMARCA

«Fijaos, la tortuga de oro bebe sangre.»

El oro de Cajamarca es una novela histórica; es decir, una novela que utiliza un hecho histórico para decirnos algo, por lo que estamos dentro del género de la ficción. Hago hincapié en este aspecto porque me he tropezado en no pocas ocasiones con lectores del género que dan por válida toda la información que leen. Y, sí, en estos libros hay historia, pero historia novelada.

«El siguiente relato fue escrito por el caballero y posterior monje de clausura Domingo de Soria Luce en un convento de la ciudad de Lima, en el que decidió aislarse del mundo trece años después de la conquista del Perú.», nos informa el autor.

Domingo de Saraluce es el personaje principal de la novela, es quien narra la historia que en ella se cuenta. Y lo hace en primera persona, a modo de descargo o confesión, escribiéndola como una crónica.

Domingo de Saraluce (o de Soria Luce, también llamado así) fue un soldado que estuvo bajo las órdenes de Francisco Pizarro (1478-1541) y, por tanto, estuvo en Perú con él y con Diego de Almagro (1475-1538). Pero NO presenció el hecho que nos describe, pues se encontraba en San Miguel de Piura (mucho más al norte del país) cuando se producen los acontecimientos que narra en primera persona. Tampoco se retiró a un monasterio de clausura: fue soldado durante casi toda su vida y comerciante al final de la misma.

Domingo de Saraluce siempre estuvo ligado a Perú, país donde recibió la orden de Caballero de la Espuela Dorada en gratitud a los servicios prestados a la Corona. Saraluce formó parte de «Los trece de la fama» y murió en un barco que lo regresaba a España. Está enterrado en Panamá.

Pisarro y «Los trece de la fama» o «Los trece de La Isla del Gallo», Museo del Quai Branly.

La novela narra la conquista del Perú bajo las órdenes de un militar, analfabeto y muy hábil, y de su tropa sedienta de oro. Todos los soldados que aparecen en la trama existieron y estuvieron bajo el mando de Francisco Pizarro. El Imperio Inca era reino de Atahualpa, príncipe que fue secuestrado y asesinado por los españoles.

«Nadie tenía posesiones, todo era de todos y todo -no sólo la tierra- era propiedad del Inca, ese ser de procedencia celestial.», leemos en un pasaje del libro.

Pero, ¿quién fue realmente Atahualpa? ¿Un hombre noble, respetable, amigo de la paz como aparece en la novela? No. Atahualpa usurpó el trono a su medio hermano Huáscar y para conseguirlo metió a su pueblo en una guerra civil; tenía un enorme ejército al que había dado la orden explícita de masacrar a los pueblos y las tribus aliadas a su hermano, que tampoco era un ser celestial.

Atahualpa fue un conquistador que organizó campañas militares para ampliar sus dominios y que utilizaba las pieles de los vencidos para hacer tambores. Cuando los españoles pisaron Perú se encontraron con esta situación, que nada tiene que ver con la descrita por Wassermann en su novela (para el autor, el mundo recién descubierto era algo así como el sitio donde Dios plantó el huerto).

Atahualpa

En su novela, Wassermann no menciona a los esclavos del príncipe, ni tampoco que las dulces y bellas doncellas hijas del Sol fueron mancilladas por su cacique antes que por los españoles. La veneración que el pueblo tenía por su príncipe no era otra cosa que verdadero pánico por cómo se las gastaba el último emperador de Tahuantinsuyu. Así que sí, la conquista de América fue sangrienta y fue un acto imperialista de dominio y sumisión, pero los nativos formaban un ejército que tenía por costumbre pisotear a los prisioneros, como símbolo de victoria, en la Plaza de Armas del Cuzco.

En el prontuario que escribió Domingo de Saraluce sobre el quechua, el euskera (era vasco) y el castellano encontramos una acertada reflexión sobre la destrucción de las culturas y las civilizaciones: «Y lo que no entiende el que ha salido vencedor acaba por morir».

Dice el dicho popular que «cuando se dicen medias verdades estas se convierten en mentiras», pero el refrán tiene validez cuando hablamos de historia, no de ficción; por eso es que hay que diferenciar entre una novela que utiliza la historia como telón de fondo (llamada por muchos novela histórica) y los hechos que responden a la realidad (historia).

Y ahora voy a entrar en la historia, pero en la que envolvió y se tragó a Jakob Wassermann y que creo que es la que realmente está detrás de El oro de Cajamarca.

Menorá

El oro de Cajamarca se editó en 1928, tres años después de la edición del primer volumen de Mein Kampf y el mismo año que vio la luz el segundo volumen donde Hitler expone los fundamentos ideológicos de lo que fue el nacionalsocialismo.

Jakob Wassermann (1873-1934) era alemán y judío. Tuvo una infancia difícil, huérfano de madre comenzó a trabajar muy pronto como ayudante en una librería. Wassermann se hizo a sí mismo, sin ayudas ni palmaditas en la espalda. El escritor disfrutó en vida de los elogios del público y de la crítica hasta que en 1933, con Hitler como Canciller del Reich, se instauró la censura y el el novelista fue considerado contrario al «espíritu alemán».

Hermann Hesse, Thomas Mann y Jakob Wassermann, 1931.

Thomas Mann llegó a escribir sobre la obra del novelista judío: «Wassermann es la estrella mundial de la novela».

El argumento de El oro de Cajamarca está inspirado en La historia de la Conquista del Perú, crónica escrita en 1847 por el historiador hispanista bostoniano William H. Prescott (1796-1859). Para mí, este hecho es importante porque demuestra que el escritor conocía los acontecimientos que relata. Sin embargo, al descompensar la balanza de manera tan exagerada llamó mi atención. Y me hice la siguiente pregunta:

«¿Qué era lo que, realmente, quería plasmar Wassermann en su novela?»

«El oro os concede el valor de tocarlo todo y de apropiaros de todo. Y cuando lo obtenéis, destrozáis la esencia de cada cosa», reflexiona el autor en otro de los pasajes.

En El oro de Cajamarca aparece lo peor del hombre: la avaricia, la injustica, la envidia, la traición, la brutalidad, el odio, el recelo, la pérdida de control sobre sí mismo, la destrucción de la civilización y la cultura. Exhibe el autor en su obra el alma envenenada, reflejo de un país enfermo que vive en la miseria. Jakob Wassermann escribe sobre el sufrimiento.

Pero, ¿por qué? ¿Cómo era la Alemania que andaba Wassermann?

La Primera Guerra Mundial dio paso a unos años de prosperidad en los que se intentó recuperar aquello  que se había destruido y Alemania se convirtió en el país con mayor industria de Europa. Circulaba el dinero; y la cultura, los cafés y los cabarets vivieron tiempos de esplendor.

Alemania inauguraba autopistas, abría aeropuertos, celebraba eventos… Todos bailaban al ritmo del foxtrot hasta que, el 24 de octubre de 1929, llegó el «jueves negro» y la Bolsa de Nueva York se hundió.

Con el comienzo de la Gran Depresión, Alemania se fue al garete: las industrias dejaron de producir, llegaron las quiebras en masa y el 30% de la población se quedó en el paro. Además, los alemanes tenían una enorme deuda que pagar (Tratado de Versalles). El pueblo, empobrecido y humillado, se vio en la tesitura de tener que acudir a la Asociación de Beneficencia Obrera para subsistir. No había dinero, no había oro, sólo inflación y miseria.

Entonces, como las desgracias gustan de compañías, apareció Hitler pronunciando su primera alocución en el Palacio de Deportes de Berlín.

¿Cuándo? En 1928, el mismo año que sale a la luz El oro de Cajamarca.

Desde mi punto de vista, el libro de Wasssermann es una alegoría sobre la situación alemana; incluso creo que es una novela premonitoria.

Las matanzas descritas en su libro —el holocausto del pueblo inca y la desaparición de su cultura— le sirven para llamar la atención, para avisar de la llegada del huracán que se tragaría al pueblo judío que, al igual que el de Atahualpa, quedó paralizado ante el horror y optó por un «no hacer» y dejarse arrastrar por las hordas sedientas de sangre y de avaricia conducidas por hombres con gran poder de convocatoria y ambiciosos, que tuvieron la habilidad de inyectar en las almas débiles la obsesión por el oro —oro es poder—. Wassermann hace una traslación: en Pisarro veo a Hitler.

La Mascapaicha del Imperio Inca, que adornaba la cabeza del príncipe Atahualpa, fue mancillada como lo fue la Menorá, símbolo del pueblo hebreo.

Sapa Inca Huascar con la Mascapaicha (corona real).

Los españoles llegaron para colonizar unas tierras que consideraron sin dueños, pero, a diferencia del nazismo y esto hay que tenerlo en cuenta, no tuvieron nunca la intención de eliminar a los pueblos nativos por una cuestión racial. Ahí está el mestizaje interétnico que lo atestigua. Fueron muchos los españoles que levantaron la voz avisando a la Corona de los atropellos que se estaban cometiendo en América y el asunto no se archivó. La controversia de Valladolid (1550-1551) da buena prueba de ello.

El oro de Cajamarca se lee de un tirón y, como has podido comprobar, tiene más de una lectura. El libro se encuentra dentro del catálogo de la editorial Navona. Antes de terminar la reseña quiero destacar la traducción de Miriam Dauster, que hace que el texto ruede silenciosamente, y también dar las gracias a la editorial por la publicación de esta excelente novela.

firma gabriela3

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