EL PERAL DE ESPERANZA

«En tanto que haya alguien que crea en una idea, la idea vive».
José Ortega y Gasset

Boscaje con flores rojas, gobelino, Manufactura Real de Aubusson, lana y seda, siglo XVIII.

 

EL PERAL DE ESPERANZA

En los primeros días de abril despertó el peral y sus ramas, hasta entonces desnudas y oscuras, se cubrieron de perlas que brotaron en flor. Cuando floreció llovía, como llueve en primavera, con arrebatada alegría.

Fueron los años, o mas bien lo que el tiempo acumulado roba a la memoria, lo que sugirió a Esperanza, la mujer más longeva de la comarca, la idea de transformar su árido terruño en un lugar para pensar. En un lugar que le ofreciera un espacio propicio para despertar recuerdos vividos, porque, se decía: «quien su pasado pierde es papalote a la deriva».

Esperanza pasaba largas horas bajo el peral y mientras más lo mimaba, más su mente despertaba. Sin embargo, al no saber explicar a sus vecinos la nitidez de sus evocaciones, estos la abandonaron: se había convertido en un peligro para el gentío que giraba en la noria de los titulares periodísticos del día a día, multitudes incapaces, debido al turbador ruido interior que los agotaba, de recordar pasajes de la historia y asociarlos al trajín de la vida cotidiana.

Esperanza no decayó. Había algo en su interior que le decía que debía mantener al árbol con vigor. Y no solamente eso, sino que también debía ofrecerle un césped esplendoroso, donde las flores y las mariposas mostraran la armonía de los colores de la naturaleza. Así que continuó con su tarea y las ramas del peral cantaron, movidas por el viento del atardecer; y llevaron el canto a los corazones donde el miedo se había instalado. Era el mundo de Esperanza un mundo empeñado en abatir cualquier chispazo de identidad. 

Pasaron los años y la tierra, salvo en el pequeño rincón de Esperanza, se secó. Los alimentos naturales se volvieron prohibitivos y mientras las manzanas y las carnes eran elaboradas en factorías con ingredientes desconocidos, en el peral anidaban los pájaros y en las lavandas bebían las abejas.

El terruño de la anciana era como esos museos que muestran obras que nos convierten en personajes de otros tiempos, porque su dimensión es simbólica. Era el único lugar de la tierra donde no llovían lágrimas, quien a él se asomaba recuperaba la sensación que provoca la felicidad, pues veía más allá de lo que, realmente, mostraba la finca de Esperanza.

Veía lo perdido. El jardín de Esperanza era como un caleidoscopio que cuando lo giras te ofrece la imagen de un bello boscaje, con su puente de piedra y las vacas pastando. Con los huertos en todo su esplendor, con las gotas de lluvia embalsando en las hojas de los frondosos árboles, con las familias compartiendo complicidades y maestros compartiendo saberes… Y, por un instante, se sentían libres de las espesas nieblas traídas por la ignorancia y por la indiferencia. ¡Ay…!, por un instante veían a la eterna anciana pasear por la alegre rosaleda púrpura.

Hoy desperté con ganas de escribir pero sin un tema específico, así que di al subconsciente la oportunidad de expresarse sin amarras. Y ha querido hablar de soledad y de miedo. Está inquieto porque sabe que es en uno mismo y no en el «hombre-masa», delineado con esmero por Ortega y Gasset y codiciado por la «Agenda 2030», donde se encuentra el verdadero secreto de la felicidad.

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