“Chavales, nunca olviden que el mar es inmenso y el vaso es muy pequeño”.

Sus pies grandes y sus dedos como tenazas se agarraban a las rocas para evitar que el oleaje se lo llevara. Arriba, por encima de la cabeza del muchacho, en lo alto del acantilado, las copas de los pinos del bosquecillo se mecían indolentes, las vacas pastaban en los prados, las ovejas esperaban la época del trasquilado y las flores competían con colores y fragancias.

El buscador de percebes se acercaba a las rocas donde los crustáceos habitaban cuando la marea bajaba, pues la vida era dura allí y el marisqueo era la única fuente de ingreso de su familia. El chico vendía su producto al balneario del pueblo, que era famoso por sus aguas termales, su barro y sus carnosos percebes.

Sucio y mojado, el muchacho se presentaba en las termas antes del ki-ki-ri-kí de los gallos. Chisco tenía prohibido acercarse en otros horarios, así como pasar por otros senderos que no fueran los destinados al servicio. Chisco entregaba lo pescado en la cocina, que era pesado y mal pagado por el encargado, y marchaba sin levantar la mirada del camino que lo conducía a casa.

Pero un día sucedió algo que llamó su atención: unas avecillas se bañaban en la fuente donde los huéspedes bebían del agua tan rica y tan cara que hacía que hombres y mujeres de lugares muy lejanos acudieran a aquel pueblecito encajado entre el mar y las montañas.

La alegría de los pájaros lo sedujo. Las aves trinaban y Chisco creyó que lo invitaban, se acercó a la fuente y bebió del agua mágica y cara. ¡Ah!, pero cuando unos cuantos sorbos pasaron por su garganta el joven sintió un enorme dolor, sintió cómo su piel se abría, cómo su sangre patinaba y caía tiñendo el agua que del caño de la fuente, indolente, corría.

“Esta agua no es para ti. Te dije que no te acercaras”, bramaba el administrador del balneario mientras lo aporreaba: “¡Largo, y que sepas que mañana no recibirás paga”.

Con la cabeza ladeada, como un pájaro con las alas dañadas, Chisco se perdió entre el follaje del hermoso jardín.

II

Al día siguiente, y antes del amanecer, la madre despertó a su hijo:

-Chisco, vamos, levanta, en nada estará la marea baja.

Y el muchacho, serpenteando por los caminos, llegó a las rocas bañadas por el fuerte oleaje. Con el sol ya nacido, Chisco se presentó en el balneario con sus redes llenas de percebes.

-Déjalos en esa mesa. Ya sabes que hoy no tendrás paga -dijo, sin mirarlo, el jefe de la cocina.

-No, si usted quiere mis percebes tendrá que pagar por ellos.

-¿Cómo te atreves a hablarme de ese modo? ¡Fuera de aquí antes de que… ! -gritó, con voz de trueno, el hombrecillo de ojos de acero.

-Me voy, pero conmigo me llevo el fruto de mi trabajo -respondió el percebeiro cogiendo su bolsa de redes.

-¡No puedes llevarte los percebes! ¡Es el plato más estimado de nuestros huéspedes! ¿Acaso pretendes arruinarnos?

-Mientras usted no pague por ellos, señor, míos son -alegó, con firmeza, el muchacho.

-Muy bien, muy bien… -contestó el encargado tirando sobre la mesa unas cuantas monedas, pues se había percatado de que Chisco había descubierto que los ojos son para ver y la voz para defenderse.

-No -respondió Chisco-, por ese dinero no se los vendo.

-Pero, ¿entonces… ?

-A partir de ahora, usted pagará por mi percebes lo que realmente valen. Soy yo quien pone precio a mi trabajo.

Y Chisco fue justamente remunerado. Ahora anda con la cabeza erguida, coloreando sus pupilas con el azul del cielo, igualito que los pájaros cuando trinan.

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