Pagó y se bajó del taxi. El viento azotaba los árboles y los rótulos de los comercios, y la persistente lluvia creaba riachuelos que buscaban caminos por donde correr ligeros. Se quedó parada bajo el paraguas, mirando, con los ojos irritados por culpa del frío húmedo, la puerta oscura de roble que la devolvería a su pasado. De vez en cuando, un coche pasaba muy cerca y la salpicaba. Quería andar, una voz interior la azuzaba y le gritaba, “¡ahora, ahora!”, compitiendo con el lamento de las ramas desnudas y las invocaciones de las gotas de lluvia devoradas por los charcos; pero sus piernas seguían atornilladas al sitio en el que el taxi la había dejado.

El barrio mostraba la estampa de siempre. Nada parecía haber cambiado. “La puerta, quizás, la puerta está más gastada”. Abrió y entró en las penumbras de la casa y, sin encender la luz, se dirigió al butacón ubicado en la ventana del salón. Lo desenfundó, corrió las cortinas y se sentó a contemplar el torso tallado en piedra del parque de enfrente, que ofrecía la imagen de un hombre mutilado. ¡Cuántas citas amorosas no habían tenido lugar bajo su sombra! ¡Si la escultura hablara…! Tiritaba.

Lentamente la tarde expiró y la vista le ofreció un escenario en niebla. La noche plomiza entró en la habitación acompañada de la luz de las farolas de su acera y de las del otro lado de la calle. Dejó que las horas la adormecieran. Se sentía derrotada. No recuerda cuándo se levantó, cuándo se quitó la gabardina y encendió la lámpara polvorienta del salón, cuándo taconeó por el pasillo hasta su antiguo cuarto; no recuerda en qué momento retiró la colcha y cuándo se tumbó, vestida, sobre la cama.

“¡Si hubiera dado el primer paso…! Es el hombre quien debe dirigirse a Él, si no es imposible la Revelación. Debo dar ese paso, debo…”. Y se giró en el lecho buscando una postura que la reconfortara, que la hiciera olvidar su miedo, su angustia, que le permitiera hallar un sitio donde posar sus dolorosos recuerdos y sus canas. De cara a la pared, encontró una grieta en forma de Cruz que huía hacia las jambas de la ventana. Era como una raíz en busca de un cielo amenazante cargado de nubes histéricas, un cielo que estrellaba contra los cristales de su cuarto gotas de lluvia como esquirlas de laja. Ella sólo quería un día de Gracia, un solo día de felicidad. Pero estaba tan exhausta… que dejaría, ¡oh, perdóname, Señor!, la llamada para cuando brotaran yemas en las ramas.


Nota: Dibujo de Manuel Díaz Martínez, 2001.


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