EL RELOJ DE ELWINGA

«La guerra es la plaga más grande que azota a la humanidad.»

Fotografía de María Gabriela Díaz Gronlier.

Escribir literatura juvenil es tarea difícil. Encontrar el tono adecuado para desarrollar un tema destinado a un público que ya no cree en la existencia de animales parlantes y al que le aburren los textos con moralejas claras, pero que aún no tiene la madurez intelectual para comprender el complicado entramado que exige la narrativa adulta, es, como digo, tarea compleja.

Las dificultades técnicas a las que se enfrenta el autor que escribe para jóvenes son muchas. Tiene que buscar una trama que enganche y tiene que contarla en un lenguaje que no hiera la susceptibilidad de un lector que, a esa edad, se cree mayor de lo que es y se estima capacitado para solventar cualquier dificultad de interpretación. Si a estos requisitos le sumamos una historia real y escabrosa, la complejidad aumenta, pues las claves del éxito no sufren alteraciones en las lecturas por edades. La literatura infantil y juvenil que engancha es aquella que enseña entreteniendo. Es aquella, por tanto, que se gana el respeto de su público.

El reloj de Elwinga es una novela histórica protagonizada por tres muchachos que comparten, desde perspectivas diferentes, una experiencia atroz. Es un rompecabezas que va armándose en la medida en que vamos pasando las páginas del libro y los personajes nos van narrando sus experiencias.

En El reloj de Elwinga, el miedo y la soledad condicionan la vida de tres chicos que ven con impotencia cómo la intolerancia se traga su mundo. Pero El reloj de Elwinga es también un canto a la esperanza, canto simbolizado en el reloj que una misteriosa anciana entrega en un bosque a Moshé, el niño judío que dejó Polonia para buscar, junto a su familia, una vida más próspera en Berlín.

Sandra Franco Álvarez y Juan José Monzón Gil, los autores del libro, nos ofrecen una novela que se lee de un tirón, pues sus diálogos son ágiles y el texto es muy visual. Pero la sencillez de la forma viste un fondo que requiere reflexión.

Los autores inducen a los jóvenes a realizar un proceso más complejo que el de una lectura rápida: ellos los animan a analizar lo escrito. Y con esto consiguen convertir hechos crueles en algo instructivo: los jóvenes empatizan con lo que leen, pues son capaces de sentir las almas del judío Moshé, de Sophie, la niña berlinesa cuyo padre trabaja para el Tercer Reich, y de Josefina, la chica canaria que no olvida cómo las Brigadas del Amanecer le arrebataron a su padre.

Hay libros con diferentes propósitos. Están los libros que sólo ofrecen placer, están los que tienen una naturaleza utilitaria y están los que unen placer e información. El reloj de Elwinga pertenece a este último grupo.

En El reloj de Elwinga hay mucho dolor, porque es un libro fiel a los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en la Europa de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Es un libro sobre el nazismo y sobre el franquismo, sobre la intolerancia, el racismo y la represión; entonces, ¿cómo no reflejar dolor, miedo y desamparo en  asuntos de tanta crudeza? Mas, como he dicho antes, también es un libro esperanzador porque da testimonio del inmenso poder que tienen la amistad, el compromiso y la solidaridad.

Como toda novela histórica, El reloj de Elwinga fusiona la realidad (fechas, lugares, hechos…) con la interpretación que sobre esa realidad hacen los autores. Y a esa suma se añade la interpretación que aporta el destinatario final. En la narrativa histórica los hechos objetivos comparten espacio con ideologías.

El reloj de Elwinga, además, es resultado de la suma del mundo aludido (campos de concentración, Juventudes Hitlerianas, Noche de los cristales rotos, Secciones Femeninas, Franco, Hitler…) y el mundo ficticio, del que deseo resaltar el guiño que hacen los autores a la fantasía presente en los cuentos clásicos. Ese niño y su perro perdidos en el bosque, el búho, la anciana que los cobija en su cabaña… ¡Ah!, qué buen gancho para empezar una historia; pues el subconsciente nos lleva a la magia de las lecturas de antaño y ya estamos predispuestos a pasar un buen rato.

Antes de finalizar la reseña, deseo señalar algunas de las curiosidades que encontramos en la novela. Una de ellas tiene que ver con el personaje de Josefina, inspirado en una experiencia real, otra tiene que ver con los haikus de Sandra Franco, otra con el descubrimiento de una colonia nazi en Gran Canaria, otra con…

Sandra Franco me pidió que le regalara una fotografía que representara lo que la lectura de su libro me inspiró. De ahí que en mi reseña El reloj de Elwinga esté entre lavandas. Cuenta una leyenda antigua que esta planta, que era guarida de mortales reptiles, se usaba como remedio contra las mordeduras de las serpientes. Esta dualidad, que no es más que alegoría de la vida, es la primera razón por la que rodeo el libro con las espigas de flores aromáticas.

El lenguaje de las plantas, rico en historias, me ofrece otra versión sobre las lavandas que me recuerda un pasaje fundamental de la novela y, por tanto, se convierte en mi segunda razón para esta foto. En esa tradición se asegura que quien nos regala un ramo de lavandas nos está diciendo que somos su recuerdo más preciado —¡ese reloj Sophie, ese tictac que te acompañará en tu nuevo viaje! 

El reloj de Elwinga está editado por Alargalavida, tiene muy buena letra y un breve diccionario, intercalado entre los capítulos, que permite una mayor comprensión de la historia narrada. El libro está ilustrado por Elena Ferrándiz.

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