EL SABBAT

El sabbat es un libro apasionante. Es la autobiografía de un hombre que lo tuvo todo y lo perdió todo. Un hombre que vivió sumergido en el escándalo, que tuvo grandes apoyos y buenas oportunidades que no le sirvieron para nada, porque su sino trágico lo llevó a cometer las peores bajezas contra todos y contra sí mismo. Un ladrón, alcohólico, traficante de obras de arte, estafador, proxeneta, colaboracionista de la Gestapo y maravilloso escritor. Un hombre que quiso quererse, pero no pudo.

Maurice Sachs escribe esta autobiografía en el año 1939, poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. EL sabbat recoge en sus páginas la vida de la Francia de entreguerras, pero también es un retrato descarnado del régimen de Vichy donde la delación, la corrupción y el asesinato conformaban un tripartito bien avenido. Por este libro pasan todos los pintores de la Escuela de París y escritores como Cocteau, el matrimonio Maritain, Gide, André Malraux, el editor Gaston Gallimard y un montón de amigos más a los que les hace una verdadera autopsia. Sachs fue el perejil de todas las salsas servidas en mesas burguesas.

Estamos frente a un ser que pretende, escupiendo su vida en un papel, saldar todas sus cuentas y pedir disculpas por tanto daño ocasionado. Pero creo que no lo consigue porque, aunque es su intención pedir perdón, puede más su condición humana, que termina traicionando sus buenas intenciones. Sachs ya puede describir las bondades de un buen amigo que termina escupiendo veneno sobre él. Es un personaje trágico en el concepto literal del término: no tiene escapatoria y es plenamente consciente de ello. Así se describe: «Debe haber algunas impurezas para que la vida se desarrolle, pero no muchas. Yo siempre había tenido demasiado estiércol en el alma».

Alice Prince, conocida como Kiki de Montparnasse, Man Ray.
(Reina de los cafés de los años 20 y musa de Chagall, Soutine, Cocteau y muchos otros. Murió en mitad de la calle en la más absoluta miseria.)

Este francés, hijo de judíos joyeros, vivió la adolescencia en el París de entreguerras, el París loco, ávido de fiestas, donde circulaba el dinero y donde todo se vendía y se compraba, el París donde las candilejas del teatro nunca se apagaban, el París de los coleccionistas de arte, de Chagall, de Picasso, de Max Jacob, de Cocteau (el que le inicia en el mundo de la bohemia y al que trata despiadadamente dándole el puesto de «hábil agente de publicidad»).

Sobre su generación escribió:

«Era maravilloso tener veinte años en aquella época. Era el reino del júbilo (…) pero era peligroso… pues casi todos los fundamentos humanos que la facilidad de vivir proponía a los jóvenes de entonces estaban marcados por la falsedad (…). Generación herida y zarandeada, a la que nadie tuvo tiempo de darle un esqueleto moral, que se educó más o menos sola durante la guerra y cuya adolescencia iba a ser vivida en un mundo lleno de euforia.»

Sobre la generación de 1939 escribió:

«(…) no sale de una guerra sino que se prepara para hacerla (…) La juventud de hoy odia la frivolidad, teme incluso la alegría, cree en la seriedad y hasta en la virtud del aburrimiento (…). Tiene en la cabeza las conquistas sociales, materiales, vitales; creen en la política como nosotros creíamos en la poesía (…) está por la monarquía, el fascismo o la democracia como nosotros lo estábamos por el cubismo, el surrealismo o el dadaísmo, con rabia, con obstinación pero con un orgullo y un nivel más violentos que los nuestros.»

Cena en Le Boeuf sur le Toit, 1922.
(Restaurante bar de la farándula de la época. Sachs lo cita.)

Maurice Sachs intentó ser sacerdote en un arranque que tuvo por querer cambiar su vida, y para ello contó con la ayuda de Jacques Maritain, aunque de más está decir que los capítulos dedicados a esos seis meses que aguantó dentro del seminario son delirantes. Escribe sobre sus intenciones:

«Pretendía levantar entre las tentaciones y yo una barrera infranqueable, un seto negro que la bestia humana no pudiera atravesar».

Y refiriéndose a la sotana que llevaría gracias a un permiso especial -los seminaristas no visten hábito- ironiza:

«El negro alarga y adelgaza: uno se siente guapo. Era una vanidad a la que nunca conseguí ser insensible. Si recuerdan que de niño soñaba con ser niña, podrán fácilmente imaginar que esa insatisfacción (…) se vio de repente colmada cuando, con la dos manos, como una chica, levantaba un poco los faldones para subir las escaleras».

Toda esa etapa fue como su vida, una farsa.

«Me emborraché, y luego la vida me arrolló, me dispersó, me arrastró(…)». Maurice Sachs nunca cambió porque nunca aceptó que él era la fuente de sus problemas. A pesar de que reconoce el daño que causó a su alrededor, en sus memorias intenta justificar su comportamiento victimizándose por ser judío, porque creció en el seno de una familia rica y desestructurada, porque tuvo la mala suerte de caer en manos del frío y depravado Cocteau, porque le tocó vivir en una sociedad enloquecida, porque llegaron los nazis a París, porque tuvo que marchar a Estados Unidos y allí la gente no lo comprendió (se casó con una norteamericana a la que abandonó por un joven con el que vivió cuatro años de intenso amor). Siempre un pero para justificar sus mezquindades y su carácter inmoral.

De izquierda a derecha, Maurice Sachs, Jean-Loup Simian, Louis Emié y Max Jacob, fotografía, Burdeos, 1926.

Al escribir esta autobiografía novelada tiene dos propósitos. El primero es el de conseguir el perdón y redimirse. Pero juega sucio y es hipócrita, pues obvia una parte de la historia y es la que lo vincula con el alto mando nazi -quizás no supo cómo explicar al mundo su función de chivato porque lo hacía con la única intención de medrar. Aunque también hay que decir que la lista de los intelectuales franceses colaboracionistas es bastante larga. En todo caso, para conseguir este primer deseo, utiliza un lenguaje rápido y descarnado y abre su vida privada en canal.

El segundo propósito es el de consagrarse como escritor y tengo que decir que lo consiguió porque estamos frente a una autobiografía producto de un novelista con mayúsculas.

«Le Sabbat. Souvenirs d’ une Jeunesse orageuse», primera edición, Corra, 1946.

¡Cómo escribe Sachs! Es apasionante leerlo, comienzas el libro y tragas y tragas páginas con ganas de saber más. Y te indignas y te reconcilias con él una y otra vez. En estas memorias se mezclan el arrepentimiento y la confesión con el cinismo que siempre lo acompañó. En este ajuste de cuentas, que es El Sabbat, el orgullo le jugó una mala pasada, le impidió pedir explícitamente perdón. Por eso, su primer propósito quedó anulado. Sin embargo, los años veinte y treinta de la Francia del siglo XX, salidos de la pluma afilada y descarada de Maurice Sachs, te mantendrán sentado en el sillón.

Muchos han escrito sobre él, pero es la primera vez que en España se publica sus memorias. Escribió El Sabbat con treinta años. Cinco años más tarde moría a manos de un nazi que le pegó un tiro en la cabeza y lo dejó tirado en una cuneta. Dicen que está enterrado en una fosa que pone «epígrafe anónimo». Existen varias versiones sobre su muerte, pero parece ser que esta es la más acertada.

El sabbat estuvo entre los títulos más vendidos en el año 1946 en Francia y es considerado un libro de culto. Puedes conseguirlo en la editorial Cabaret Voltaire.

Jean Cocteau, su amigo-enemigo escribió: «Soy la mentira que dice siempre la verdad». Esta proclama bien puede compartirla con su desleal discípulo Maurice Sachs.

ENLACES RELACIONADOS

Algunos poemas de Max Jacob.

Una entrevista con Marc Chagall (James Johnson Sweeney). Y los poemas de Rimbaud y Apollinaire dedicados al pintor.

Otto Dix. Tríptico de la gran ciudad. EL tríptico profano.

Berlín secreto (Franz Hessel).

El oro de Cajamarca (Jakob Wassermann).

El arte de entreguerras en Italia (1917-1933). Retorno a la belleza.


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