EL TITIRITERO Y LA LUNA

«Era como querer abrir una almendra con una pluma.»

¿Qué niño no se siente atraído por el guiñol, por esos muñecos vivos gracias al buen oficio de actores que mueven sus hilos? La demostración de que el guiñol tiene la facultad de embrujarnos está en el hecho de que es un arte milenario.

El titiritero y la luna es un cuento que rinde homenaje a los titiriteros ambulantes, a los cuentacuentos que nos regalan espacios donde los símbolos se visten de fantasía —el teatro es todo símbolo.

El titiritero y la luna descubre a los chicos que la creatividad está ligada a la inspiración. El protagonista del cuento se esfuerza por encontrar nuevas historias, llenas de magia y de tradición, con que entretener a las familias que acuden a las funciones que ofrece en el barrio de Triana y en la Plaza de Santa Ana. Pero un día, el actor despierta con la mente en blanco y…

La historia del titiritero nos cuenta que fantasía es un hada que, cuando menos te lo esperas, te toca con su varita y que la imaginación no reconoce edades y le hace piruetas a las fronteras.

¡Qué libro tan bonito ha escrito Samy Bayala! ¡Y qué ilustraciones tan fascinantes! Ante los ávidos ojos de los niños, el pirata Barbanegra, el payaso Serpentina y la princesa Dulcinea cobran vida, gracias a los dibujos de Marina Seoane.

Tuve de niña mis titiriteros. Fueron los hermanos Camejo; ellos, fundadores del Teatro Nacional de Guiñol, consiguieron que los niños de mi Habana contáramos las horas que nos separaban de las funciones de los fines de semana. En el escenario del sótano, de un edificio llamado Focsa, los títeres de Camejo me instruyeron con sus moralejas. Han pasado muchos años y no los he olvidado.

El titiritero y la luna tiene las tapas blandas, buena letra y está publicado por el sello Alargalavida, de la editorial Bilenio. El libro está recomendado para niños menores de diez años.

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