EL VENGADOR

«No nos dejes caer en la tentación».

Una vida holgada y que ha sido ahogada en la injusticia provoca que una pequeña ciudad alemana pase a formar parte de los lugares que destacan por el exterminio de parte de su población. En El vengador (1838), el misterio que envuelve los sucesos sangrientos hace que vaya in crescendo el pánico en la comunidad.

El vengador cuenta una vendetta de honor, que es narrada por el profesor que da alojamiento al rico soldado ruso, cuyo romance con una bella dama es condenado al fracaso por culpa del desquite.

¡Oh!, pero el autor no tiene el propósito de escribir una novela de crímenes, aunque en el relato hay muchos. El vengador cuestiona la justicia que la ira toma por su mano cuando quienes ejecutan las leyes son corruptos. 

El 22 de enero de 1816 un comerciante da un espléndido baile a donde acude lo más granado de la región. Es en esa velada donde se inicia la cadena de hechos truculentos que pondrán en evidencia lo que realmente buscaba Thomas de Quincey (1785-1859): exponer conductas humanas en situación de estrés individual y colectivo.

Thomas de Quincey, retrato de John Watson Gordon, óleo sobre lienzo, 1846.

La inseguridad, la desconfianza, las confabulaciones, la «anarquía de las pasiones perniciosas», la deshonra, la corrupción, la depravación, la crueldad, la traición, la vulnerabilidad… En El vengador el caos lo abarca todo porque nadie sabe quién morirá. Nadie conoce el sentido de las ejecuciones, ni quienes son los asesinos. Nadie puede dar respuesta al ¿por qué, precisamente, a ellos les pasan estas cosas tan tremendas? —Baudelaire diría que es un relato sobre «la trama de horrores que acompañan a la civilización».

El vengador es un texto rico en estéticas que se suceden. Hay elementos del Esteticismo y mucho del Romanticismo gótico, manifestado no en la descripción de ubicaciones sombrías sino en lo espeluznante de la trama. La novela, que muestra la necesidad del autor de exaltar la individualidad, ofrece respuestas melancólicas, recelosas y pesimistas que se revelan a través de un lenguaje personal, cargado de bellas metáforas y que es capaz de mantener el suspense hasta el final.

«El hombre en manos del destino» sufre dolor y desamparo. Pero ese dolor y desamparo, a diferencia de la tragedia griega, no es de orden religioso: el origen del drama está en la actitud de otros seres humanos, de modo que se puede modificar lo que el teatro clásico nos presenta como «lo trágico», como la fatalidad del destino. Afirmaba Dante que «cada uno se reviste de la llama en la que arde». Y es verdad.

Dibujo de tiza de Thomas con su nieta Eva y Emily y Margaret, dos de sus hijas, realizado por James Archer, proviene de descendientes directos del escritor.

Puedo seguir hablando de El vengador; sin embargo, creo que es misión del lector libar las esencias de una novela que nos ofrece un entramado de conflictos personales y nos muestra a un protagonista consciente de las causas de su sufrimiento y dispuesto a que el hartazgo no lo venza —pasan años hasta que materializa la voluntad de desagraviar a los suyos—. Cuando Thomas de Quincey escribió esta trama ya los individuos de su sociedad comenzaban a sentir la soledad en masa o, lo que es igual, la angustia de la vida moderna.

En 1816, un lugar tranquilo del nordeste alemán es redimido de sus culpas mediante una cruel represalia que deshumaniza a la mano que la ejecuta, pues la «voz de la venganza» no se detiene ni ante el amor de una esposa, de temperamento romántico, que se sentía «pájaro capaz de remontarse y volar».

El vengador se encuentra dentro del catálogo de la editorial Eneida y está traducido por Pilar López Losada. Es, también, una denuncia antisemita.

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