EL VIEJO ÁRBOL
«Sé flexible como un junco, no tieso como un ciprés».
El Talmud

El jardín de Chapultepec, Ofelia Gronlier Lamar, acuarela y tinta.
Caen sus fuertes y nudosos brazos por culpa de otros brazos que lo sierran. El día, avergonzado, envuelve en la neblina al viejo árbol y al hombre que sin piedad lo hace pedazos.
—¿Por qué lo talas? ¿Está enfermo, acaso? —preguntó, inquieto, el caminante.
—La sombra, que en verano me regala, en otoño se convierte en hojas muertas —contestó el dueño, sin alzar la mirada.
—¡No lo abatas, te abrasarás al sol! —exclamó, con voz potente, el peregrino.
—Pero en otoño no tendré que recoger las hojas secas.
—¿Es que no comprendes…? Perderán su color las hortensias y marchitarán las calas del amor —replicó el viajero, pasando su mano por el rostro para ahuyentar su dolor.
—Pero en otoño no tendré que recoger las hojas muertas.
—Lo sembraste y él te regaló su rumor —insistió el caminante, mientras escuchaba el ruido ensordecedor del serrucho. Y, como una letanía:
—No tendré que recoger las hoja muertas.
—Gemirás al recordar el cantar de las avecillas que en el árbol anidaban y cuando sientas la ausencia de la brisa que con las verdes hojas coqueteaba. Pero, ¡eso sí!, en otoño… ¡no tendrás que recoger las hojas secas! —dijo, irónicamente, el peregrino. Y retomó su andar.
Era triste la tarde. Atrás quedaba el grueso tronco del álamo bañado en su resina.


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