EL VIEJO ÁRBOL

El jardín de Chapultepec, Ofelia Gronlier Lamar, acuarela y tinta.

Caen sus fuertes y nudosos brazos por culpa de otros brazos que lo sierran.

El día, avergonzado, envuelve en la neblina al viejo árbol y al hombre que sin piedad lo hace pedazos.

—¿Por qué lo talas? ¿Está enfermo, acaso? —preguntó, inquieto, el caminante.

—La sombra, que en verano me regala, se convierte en otoño en hojas muertas —contestó el dueño.

—Te abrasará el sol.

—Pero en otoño no tendré que recoger las hojas secas.

—¿Es que no comprendes que tu jardín queda desnudo? Se secará el césped, las buganvillas perderán su color y las calas del amor se marchitarán —replicó el peregrino, y pasó su mano por el rostro para secar el sudor.

—Pero en otoño no tendré que recoger las hojas muertas.

—Desaparecerá la historia que atesoras junto a tu viejo árbol —insistió el caminante, mientras escuchaba el ruido ensordecedor de la sierra.

—Ya no tendré que recoger las hoja muertas.

—Llorarás al recordar el cantar de los pájaros que en el árbol anidaban y cuando sientas la ausencia de la brisa, que con las verdes hojas coqueteaba. Pero en otoño, eso sí, en otoño no tendrás que recoger las hojas secas —dijo, con ironía, el viajero. Y continuó su camino.

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