ELLAS Y YO. IDENTIDADES DE PAPEL

«La obra es la emanación, la proyección de uno mismo.»
Matisse

Hablar de otros, aún cuando esos otros no son más que personajes de ficción, es una forma de hablar de uno mismo. Es una manera tentadora, por las infinitas opciones que presenta, de ofrecer nuestras ideas navegando en tramas e historias que ocurren al margen del tiempo. Pero esas ideas, por muy fantasiosas que nos parezcan, hunden sus raíces en el subconsciente de quien las formula. Este hecho es una faena, pues devuelven las imágenes a la realidad. Un lector, un espectador, un oyente atento puede descifrar los misterios encerrados en las varas mágicas de las hadas, en la olla removida por las brujas de Shakespeare, en los juegos geométricos de Picasso.

La literatura, por muy fantasiosa que nos parezca, esconde la voz de quien la crea. En la introducción del libro Ellas y yo. Identidades de papel, la autora se plantea si es más difícil escribir sobre otras que sobre una misma.

¿Es más difícil escribir memorias que inventar historias?

En el título se halla la respuesta. Ellas se refiere a otras. Yo es la autora. Y Otras y Yo, las dos partes en las que se divide el libro, representan a la mujer, única intérprete de los pasajes. Escribiendo sobre otras, Elizabeth escribe sobre ella misma. La protagonista de Terror en la biblioteca, por citar uno de sus relatos, es un personaje de ficción que en un punto indefinido del texto se vuelve real. «Me interesa este tema: me interesa la presencia de la biografía en la escritura», afirma en el prólogo.

Da igual que la protagonista salga desnuda a escena o vestida con los tules de la imaginación. Esa protagonista que salta de relato en relato, unas veces con voz rota y otras con una voz de pinzón anunciando primavera; esa protagonista de calmas, angustias y risas, con altibajos emocionales, con deseos incumplidos, con amores realizados, con miedos disfrazados; esa protagonista que es mostrada girando al compás del mundo, que es mente pensante, cuerpo sintiendo, que busca su espacio; esa protagonista somos tú y yo… y todo lector del libro, sea hombre o mujer.

Elizabeth Hernández Alvarado, fotografía de Nieves Delgado.

Hay en el hombre una voz femenina, como en la mujer hay una voz masculina, porque la identidad, como la arcilla, es porosa. De ahí la necesidad de no excluir al otro, de conocer aquello que nos une y aquello que nos diferencia. Conocer nos lleva a comprender. Y el que comprende empatiza, siente. Por eso digo que es un obra libre de etiquetas, un libro para cualquier lector sensible a un nombre de mujer.

Ellas y yo. Identidades de papel reúne cuarenta y un relatos escritos a modo de flash. Las narraciones son disparos a la conciencia. Son retazos de la vida de cualquier mujer, cavilaciones que sólo tienen su espacio en la intimidad. Con un lenguaje claro y fluido, alejado de toda predicación, Elizabeth Hernández Alvarado manifiesta su compromiso con la igualdad de género.

Ellas y yo. Identidades de papel se encuentra dentro del catálogo de Mercurio Editorial.

A continuación les dejo El misterio del espejo, una de las reflexiones-ficción de Elizabeth Hernández Alvarado.

EL MISTERIO DEL ESPEJO

Hace unos días que me sorprendo cuando paso frente al espejo porque me encuentro con una mujer que me resulta bella y lejana. A pesar de no estar recién peinada ni llevar nada de maquillaje, está guapa, realmente guapa. Hay algo en su rostro que transmite serenidad, paz, quietud. Mirarla es como contemplar un lago de aguas cristalinas. Me pregunto si esa dama llena de sabiduría únicamente existe dentro del espejo, en ese mundo paralelo al que Alicia se atrevió a cruzar y al que yo miro con desconfianza.

Se han convertido en encuentros gratos que apenas duran unos instantes, instantes robados al ritmo de la realidad, unos segundos en los que el tiempo se para, se queda inmóvil, callado. He de reconocer que no los prolongo ni vuelvo atrás para volver a encontrarme con ella. Simplemente paso por delante y pienso: «qué mujer tan hermosa».

Esta mañana me miró directamente, me sonrió y enseguida me aparté asustada. Se quedó allí esperándome, yo me asomé con sigilo para comprobar si había sido un error pero allí seguía, con su sonrisa calma y tranquilizadora, no hubo palabras, solo aquella mirada contundente, firme, embriagadora. Escondida contra la pared, me agaché para salir del baño sin que me viera, pero me había visto, sin duda alguna, me había visto. Me quedé en cuclillas junto al lavamanos, sujetándome las rodillas y mirando la puerta desde lo que me parecía una distancia inabarcable. El suelo está frío y yo aterrada.

ENLACES RELACIONADOS

La tentación de la manzana.

Poemas (Ernestina de Champourcin). Dedicado al Día Internacional de la Mujer.

Escritoras. Retrato de mujeres (Virginia Woolf).

Tres mujeres (Sylvia Plath).

Ellas hicieron historia (Marta Rivera de la Cruz – Cecilia Varela).

Dulce María Borrero. “Horas de mi vida”. Poemas.

Paul Delvaux y sus mujeres pintadas.

Antonio González Croissier: “Una azotea para Alejandro”.


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