EN EL FIRMAMENTO

Dante en el Empíreo, grabado, Gustavo Doré.

 

Esta noche  sólo tiene una estrella y se hace difícil verla, porque las nubes juegan. Dicen los antiguos que la noche es la madre del día y que ambos disfrutan haciéndose compañía.

Pero mis ojos, convertidos en testigos momentáneos, comprueban con asombro que, tras la armónica imagen, una disputa cruenta por la primacía ensucia una relación en hipótesis destinada a viajar en comitiva.

Desde hace años descubrí una estrella clavada en el mismo sitio y brillando como ninguna. «Espera algún desenlace; en el mundo de los astros el tiempo corre sin prisa», me dije.

Anoche busqué en los libros de astrología cuerpos centelleantes, fijos y tercos —como el lucero que espío gracias a mi telescopio—y encontré la siguiente descripción: Esfera luminosa clavada en el firmamento, masa indolente, carro fúnebre a la espera de un resultado absoluto —una lluvia de estrellas.

Sigo observando, pero por ahora no hay nada que desdiga lo que afirman los antiguos. Los días y las noches continúan dándose paso con amable cortesía.

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