Entre pupitres es como un acordeón cargado de melodías que nos devuelven al pasado. La escuela, y lo que alrededor de ella se mueve, es la protagonista principal de esta antología que rezuma vivencias de infancia de los autores escogidos para aparecer en ella.

Relatos, fragmentos y capítulos de novelas, donde maestros y alumnos comparten experiencias, textos de escritores idos y de escritores vivos de diferentes partes del mundo, rescatarán para el lector de este libro escenas y escenarios de su niñez.

Entre pupitres pone a prueba la nostalgia y certifica el enorme poder que este sentimiento tiene sobre el hombre. Todos hemos sido niños mandados por adultos. Todos hemos aprendido en la escuela el alcance que tiene la autoridad, autoridad que, en no pocos casos, es despótica. Todos hemos descubierto, sentados en los pupitres o en los recreos, o en la vuelta del colegio a casa, el acoso, los castigos desmedidos, las abruptas despedidas, la impotencia, los primeros desencuentros, los horarios inhumanos… Pero en la escuela también hemos descubierto el valor de la amistad, de la solidaridad entre camaradas, del conocimiento, del sacrificio… La vida de un adulto está marcada por su infancia. ¿Qué trama del hombre no se ha tejido antes en una escuela?

Maestros y alumnos son los personajes de Entre pupitres; aunque de vez en cuando se cuelan en los textos algunos padres casi siempre desbordados. El colegio es la segunda fuente de conocimiento en la que bebe un niño, la primera fuente es el hogar. De la carencia o la abundancia de afecto, comprensión, respeto y compromiso que un chaval reciba de su formador dependerá el desarrollo de su singularidad. Una escuela puede ser sepulcro del pensamiento o abono para la inteligencia. El camino lo marcan los maestros y los programas de estudio. No es lo mismo una lección aprendida con amor que una rimada al compás de una vara de cerezo o caña.

Entre pupitres recoge experiencias de todo tipo. Su lectura acelera el corazón. Lees, cierras los ojos y pescas anécdotas vividas y se te presentan caras de amigos de infancia que creías olvidadas. Y esto es así a pesar de que la mayoría de las historias recogidas en el libro tienen lugar en colegios del siglo XIX o de principios del XX, hecho que demuestra que la educación primaria ha sido, es y será el pilar que sostiene a la sociedad y que los problemas asociados a la formación académica se presentan parecidos a los nuestros en tiempos y lugares ajenos, porque pronunciar educación es pronunciar humanidad.

Entre pupitres recoge relatos de Edmundo de Amicis (1846-1909), Braulio Foz (1791-1865), Miguel de Unamuno (1834-1936), Armando Palacio Valdés (1853-1938), Alphonse Daudet (1840-1879), Katherine Mansfield (1888-1923), Ion Luca Caragiale (1852-1912), Jesualdo Sosa (1905-1982), Encarnación Molina Escabias (no encuentro cuando nació ni cuando murió), Joaquim María Machado de Assis (1839-1908), Manuel Marinello (1870-1940), Pierre Loti (1850-1923), Enrique Pérez Díaz (1958), Isabel Agüera Espejo-Saavedra (1938), José María de Pereda (1833-1906), Hans Cristian Andersen (1835-1872), María Francisca Dapena (1924-1995), Miguel González San Martín (1953), Gabriela Mistral (1889-1957) y Seve Calleja (1953).

Seve Calleja es el responsable de la antología que hoy reseño y que cierra con un cuento suyo titulado El principito en mi clase, un relato realmente bonito. El libro incluye prefacio, introducción y postfacio. Señalo aparte las pequeñas notas a pie de página que aparecen en cada historia y que son muy prácticas, pues informan al lector de lo fundamental de la vida y de la obra de cada autor.

Hubiese estado bien encontrar en estas páginas algún cuento de los muchos que, sobre maestros y alumnos, tiene el escritor canario Eduardo González Azcanio. ¡Quién sabe si en una nueva edición hallamos uno de sus relatos!

Entre pupitres está publicado por El Desvelo Ediciones. Es un libro ideal para volver a la infancia.


LA ORACIÓN DE LA MAESTRA
A César Duayen

¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra.

Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes.

Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto. Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba, la mezquina insinuación de protesta que sube de mí cuando me hieren. No me duela la incomprensión ni me entristezca el olvido de las que enseñé.

Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más.

Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para que no renuncie a la batalla de cada día y de cada hora por él.

Pon en mi escuela democrática el resplandor que se cernía sobre tu corro de niños descalzos.

Hazme fuerte, aun en mi desvalimiento de mujer, y de mujer pobre; hazme despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión que no sea la de tu voluntad ardiente sobre mi vida.

¡Amigo, acompáñame! ¡Sostenme! Muchas veces no tendré sino a Ti a mi lado. Cuando mi doctrina sea más casta y más quemante mi verdad, me quedaré sin los mundanos; pero Tú me oprimirás entonces contra tu corazón, el que supo harto de soledad y desamparo. Yo no buscaré sino en tu mirada la dulzura de las aprobaciones.

Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser complicada o banal en mi lección cotidiana.

Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas, al entrar cada mañana a mi escuela. Que no lleve a mi mesa de trabajo mis pequeños afanes materiales, mis mezquinos dolores de cada hora.

Aligérame la mano en el castigo y suavízamela más en la caricia. ¡Reprenda con dolor, para saber que he corregido amando!

Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos. Le envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda. Mi corazón le sea más columna y mi buena voluntad más horas que las columnas y el oro de las escuelas ricas.

Y, por fin, recuérdame desde la palidez del lienzo de Velázquez, que enseñar y amar intensamente sobre la Tierra es llegar al último día con el lanzazo de Longinos de costado a costado.

 


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