“A propósito de una riña de gatos”.


Riña de gatos, Francisco de Goya, óleo sobre lienzo, 1786.

Un martes cualquiera del año pasado, mientras los carruajes tirados por caballos llevaban a los embajadores extranjeros a presentar sus cartas credenciales al Jefe del Estado, entre el ir y venir desde el Palacio de Santa Cruz al Palacio Real, se produjo en la calle Mayor de Madrid el siguiente incidente entre Prudencio y Bienvenido, dos escritores con suertes distintas. Así sucedió:

-¡A usted lo estaba yo buscando! -le espetó, con voz de trueno, Prudencio a Bienvenido cuando este abandonó El Anciano Rey de los Vinos, la taberna donde acababa de dar una conferencia informal.

-¿A mí? ¿Por qué?

-A usted mismo, señor. !Así es!

-¿Es que ha sucedido algo grave? ¿Ha muerto algún editor importante? ¿Otro poeta se ha suicidado? ¡Por Dios Santo, qué sucede! Me está asustando con tantos aspavientos y gritos.

-¡Páginas de la 42 a la 100! ¡Páginas de la 42 a la 100! -chillaba Prudencio a voz en cuello con un libro en la mano que no dejaba de sacudir-. ¿Es que no le da vergüenza? ¡Exijo una reparación del daño! ¡Páginas de la 42 a la 100, de la 42 a la 100! -manoteo del libro en las narices de Bienvenido y un fiero rugido-: ¡Estafador!

-¿Se ha vuelto usted loco o le ha dado un golpe de calor? Por el amor de Dios, ¿qué le pasa? ¿A qué viene este espectáculo, Prudencio?

-¡Usted es un plagiador! -el dedo índice apuntando a Bienvenido, los clientes de la terraza de la tasca y los viandantes arremolinándose alrededor de los dos-: ¡Y no diga que no! ¡Bien sé que lo es! ¡Y tanto que lo sé! -esta última frase casi sin aliento salió de sus labios.

-Ah, es por eso que la está liando parda. Cálmese, que tampoco es para tanto, Prudencio. Pero si ya no se llevan los derechos de autoría, debería saberlo -respondió Bienvenido en tono conciliador, y añadió: -Debe usted aprender a apreciar lo maravilloso que es que otros se fijen en su redacción, que compartan sus oraciones, sus frases, sus párrafos… Debería, en vez de protestar, estar orgulloso de que me fijara en su obra, como otros se fijarán en la mía. Así gira esta rueda, amigo.

-¡Cínico! ¿Qué está usted diciendo? -y buscando complicidad en el público-: ¿Escuchan lo mismo que yo? ¡Está reconociendo el plagio! No es más que un ladrón.

-No haré aprecio a sus insultos, de verdad. Es evidente que usted no comprende el mundo en el que se mueve.

-Lo que no entiendo es su desparpajo. Bienvenido, sepa que voy a tomar medidas legales.

-¡Ay!, usted no es más que un burgués tiquismiquis agarrado a sus palabras. Ya le digo, hombre, los tiempos cambian -los ojillos maliciosos clavados en la víctima-. Sus principios están trasnochados y sus amenazas están fuera de lugar.

-¡Basta! ¡Palabra de honor que lo llevaré a juicio!

-Lo perderá, y tanto que lo perderá. Mire, si lo que quiere es dinero hay editoriales siempre dispuestas a llegar a un acuerdo -nosotros, el público, nos mirábamos y comenzábamos a murmurar-. Puedo interceder por usted, pero si acepta comisión, eso sí, quiero el compromiso de que no presentará otra escenita como esta. Se dejará copiar, aceptará las normas de nuestro negocio. ¿Qué le parece mi oferta?

-¡Miserable! ¡Cómo se atreve a plantearme una cosa así! ¡Es indignante!

-¡Qué lástima verlo tan desubicado! -una mirada indulgente.

-No le consiento ese tono misericordioso. Le prometo…

-¿Sabe qué?, haga lo que le parezca. A fin de cuentas este es un país libre. Además, del cabreo suelen salir ideas muy bien escritas y nosotros, los célebres, andamos faltos de argumentos bien planteados… como los suyos.

-Es que no doy crédito a lo que escucho. ¿Cómo puede alguien que se llama escritor afirmar algo así?… -gritos de egoísta, sectario, talibán.

-Prudencio, escuche la reacción del público, lo abuchean. Oiga, hoy en día, gracias a nuestra democracia y a Telecinco, cualquiera puede ser artista, escritor, músico o lo que le dé la gana -aplausos a las palabras de Bienvenido.

-Es delirante, irresponsable y demagógica toda su justificación.

-Tiene usted, compañero, con ese brío que gasta, un caudal formidable de frases a aprovechar. Pero, no se equivoque, no estoy defendiéndome. No tengo por qué.

(Silencio. Se corta el aire con navaja).

-Lo sentaré en el banquillo.

-Mire, tengo algo de prisa -y limpia en la camisa sus gafas de cristal ahumado antes de continuar con su retintín-. Pero, desde ya, le doy las gracias por su colaboración en mi novela. Ya sabe usted que ha ganado el Premio Tal y que está nominada para el Y cual. Usted tiene talento, hombre, piense. Piense y no desperdicie el tiempo en pleitos. A fin de cuentas, mis laureles también son suyos, ¿no?

-Déjese de sorna y contésteme, si puede. Dígame, ¿cómo se defienden los derechos de autor si cualquiera puede expoliar el pensamiento de un hombre y la forma en que lo expresa?

-¿Expoliar? Pero que tremendo es usted, Prudencio. Expoliar, dice… -sonrisa burlona y nuevos aplausos del público.

-La propiedad intelectual es sagrada, señor. Usted no tiene, por lo que se aprecia, ni idea de lo que significa su pérdida.

-¡Bah!, olvide eso. Apúntese a la cultura del reciclaje y ya verá qué bien le irá.

-Yo…, mi libro…, ¡mis páginas de la 42 a la 100…! -dijo con voz pastosa-. ¡Mis páginas de la 42 a la cien…!

-Parte de su libro es mi libro, ¿comprende? Si no se hubiese puesto a desgañitar aquí, en medio de la calle, que esas páginas las escribió usted primero, ¿quién lo iba a saber? Pues cuatro gatos que, como usted, se autopublican. Mire, Prudencio, me cae bien. En serio, hágame caso y apúntese al Facebook y al Twiter, use las redes sociales.

-¿Las redes sociales…?

-Pues, sí. Intercambie, ¡caramba!, ponga lo suyo y coja lo ajeno, como todo el mundo. Le lloverán Me gustas, se sentirá estupendo. ¡Aur revoir!, amigo. Piense en lo que le he dicho -ovación generalizada y partida del triunfador.

Bienvenido se marchó con paso apresurado dejando plantado en la acera a un Prudencio indignado, humillado, estafado, deprimido y mareado por el ir y venir de los carruajes de época escoltados por la Guardia Real a caballo.

La verdad es que no sé cómo despedir a Prudencio. No sé si dejarlo plantado como un tentetieso boquiabierto mirando a la nada o encaminado hacia el metro de Ópera comiéndose las pocas uñas que aún le quedaban.


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